VALENCIA / Borís Giltburg canta y cuenta los Preludios de Rachmaninov

Valencia. Palau de la Música. 21-XI-2023. Borís Giltburg, piano. Integral de los preludios para piano de Rachmaninov.
Borís Giltburg (Moscú, 1984) se ha convertido en uno de los ídolos de la menor melomanía valenciana. En esta ocasión, en su sexta recalada en apenas cinco años, ha vuelto a encandilar a todos. Su pianismo de altos vuelos y sin tapujos, forjado en Israel bajo la guía de Arie Vardi, ha llegado con un programa apto solo para virtuosos de primera, conformado por la integral de los preludios para piano de Rachmaninov. 24 páginas de máximas exigencias planteadas por Giltburg como conjunto unitario, en el que cada preludio, maravillosamente engarzado con el precedente y el posterior, se antoja pieza ineludible e imprescindible del perfecto mosaico.
Preludios que nada preludian, como escribe Gerardo Diego, el poeta-músico, en Preludios de Mallorca. En esta ocasión cada preludio ‒nacido del precedente‒ fue perfecto preámbulo del siguiente, en un relato perfecto preludiado en su totalidad por el verso suelto que es el popular y temprano Preludio op. 2 nº 3 en do sostenido menor, convertido así en pórtico ideal de las dos grandes series de preludios de Rachmaninov: los diez del Opus 23 y los trece del Opus 32. 24 preludios que configuran, de acuerdo con el criterio unificador de Giltburg, una serie tan redonda y cohesionada como los 24 Preludios de Chopin o los 24 de Debussy.
En sus reiteradas visitas a la capital del Turia, promovidas siempre por el Palau de la Música, tanto en recitales como junto con la Orquesta de Valencia, Giltburg ha dejado inequívoca constancia de su pianismo de temple y fuego, de sutiles nitideces. Cantable y poderoso. De horizontes cuyas amplitudes no distraen la atención al detalle. Cantó y contó cada preludio con apasionado talante romántico, sin jamás cargar artificiosamente el peligro lacrimógeno que conlleva la música posromántica de Rachmaninov. Giltburg toca con asombrosa naturalidad los enrevesados y peligrosos compases de estos preludios nacidos de la mano de quien es uno de los grandes pianistas de la historia, y de ahí, que la escritura de Rachmaninov, como las de Liszt, Albéniz o Prokofiev, sea tan sustancialmente pianística y lógica.
Dinámicas enormes que se expanden desde pianísimos cargados de cuerpo y silencio, de un lirismo de corte chopiniano ‒¡cómo dijo y cantó el Preludio op. 23 nº 4; o el Op. 32 nº 5!‒, hasta la apasionada sonoridad de preludios como el Op. 23 nº 6, o la centelleante vivacidad del Op. 32 nº 8. Giltburg extrema los límites sin que por ello nada se perciba forzado o artificioso. Menos aún exagerado.
Su virtuosístico Rachmaninov es natural y genuino. Lejos de cualquier reto o exhibición. Bien teñido de colores, registros y timbres sonoros. Tan auténtico y propio como él mismo, quien, en medio de la hazaña, se repliega para otorgar protagonismo único a la obra de arte que tiene bajo los dedos. La condición de Borís Giltburg de servidor fervoroso de Rachmaninov ‒cuya música, desde los conciertos a los Études-Tableaux, sonatas o preludios, ha llevado al disco en versiones que son referencia‒, quedó patente en esta nueva visita.
Al final, tras más de dos intensas horas de música, llovieron bravos y aplausos de un público pianístico y a todas luces melómano; fino degustador de la excelencia que irradiaba el escenario. Aún pudo disfrutar de dos propinas cargadas de oportunidad: un arreglo pianístico de Rachmaninov de una delicia violinística de Kreisler (Liebeslied), y el preludio “Gota de agua” (Opus 28 nº 15) de Chopin. Nada mejor para cerrar definitivamente este viaje de preludio en preludio que tanto hubiera disfrutado el poeta-músico.
Justo Romero
(Foto: Live Music Valencia)


