VALENCIA / Asmik Grigorian, inolvidable

Valencia. Palau de Les Arts. 19-X-2024. Ciclo ‘Les Arts ès Lied’. Asmik Grigorian (soprano). Lukas Geniušas (piano). Canciones de Chaikovski y Rachmaninov.
Soprano en radiante plenitud, dotada de una voz tan prodigiosa como su naturaleza artística, la lituana Asmik Grigorian (1981) se ha convertido en una de las estrellas indiscutibles de la lírica contemporánea. Adorada en Salzburgo ‒donde su ha convertido en su reina actual‒, añorada en Bayreuth y deseada por los mejores teatros y auditorios, su voz lírico-spinto, gobernada por una bien forjada técnica, le permite desenvolverse en un amplio espectro vocal, desde las Violetta, Mimì o Nedda de sus comienzos en Lituania y Letonia, a roles más dramáticos, como Senta (referencial en Bayreuth 2021), Rusalka, Salome Jenůfa, Marie en Wozzeck y hasta Turandot, personaje que, con el éxito de siempre, cantó por primera vez el pasado diciembre en la Ópera de Viena. Pero en Valencia, en el Palau de Les Arts y su exclusivo ciclo “Les Arts ès Lied”, ha debutado con un recital de canciones rusas. Chaikovski y Rachmaninov en el corazón del alma romántica. No se puede cantar ni decir mejor. Un sueño de recital.
La hija del célebre tenor armenio Guegam Grigorian y de la soprano lituana Irena Milkevičiūtė aterrizó a València bien acompañada por el pianista moscovita Lukas Geniušas (1990), un virtuoso del teclado ‒lo puso bien de relieve toda la velada, también en los dos preludios de Rachmaninov que tocó en solitario‒ que se reveló como el mejor cómplice de una artista de tantas exigencias y sutilezas como la Grigorian. Fue un recital íntimo y turbador. Un viaje circular a la esencia de los más hondos sentimientos y sueños. Ajeno a cualquier postureo o verborrea. Sin tonterías ni hojarasca ni oropeles. Un encuentro con lo mejor de la poesía y de la música rusa. Grigorian y Geniušas (segundo premio del Concurso Chopin de Varsovia, en 2010, el mismo año que lo ganó Yulianna Avdeeva) cristalizaron ese misterio en el que la palpitación del arte se impone incluso sobre la admiración que despiertan sus servidores.

Grigorian es una antidiva que se adentra en carne viva en el secreto y la concisa historia de cada canción. Esencia y sentido. Chaikovski y Rajmáninov abrazados por el genio penetrante de dos artistas que convierten texto y melodía en expresión y vivencia. En el alma de la poesía rusa, de la música rusa. Desde “El tumultuoso baile” de Chaikovski a la “Disonancia” de Rachmaninov que cerró este rusísimo viaje romántico, Grigorian y su cómplice Geniušas recalaron en nostalgias y evocaciones, en amores y distancias. Una lágrima. Soledades y esperas. Atardeceres y disonancias. Noches de luna llena. Aguas primaverales. Misterios y silencios… Basta repasar los títulos de las 17 canciones del programa para sentir la sustancia de este recital incontable, en el que el silencio absoluto del público certificaba el mimetismo de éste con la obra de arte, convertido en liturgia por obra y arte de sus intérpretes.
¡Verso y melodía! ¡Armonía y palabra! La voz al servicio de la expresión, la inteligencia como inductora de emociones. Cada sílaba, cada nota, cobró sentido, estilo y razón en un fraseo tan natural como evidente. Trivial hablar de vocalidad, color vocal y demás lugares comunes en un recital en el que solo importó la música y su sentido poético. En el que, además, el teclado cantó con la efusión e intención de la voz. Chaikovski y Rachmaninov liederistas como Schubert o Strauss. Nadie que haya vivido este recital puede pensar lo contrario. Inolvidable.
Justo Romero
(fotos: Miguel Lorenzo)


