VALDEGOVÍA / Reencuentros en Añana

VALDEGOVÍA / Reencuentros en Añana

Valdegovía. Iglesia de los Padres Pasionistas del Santuario de Angosto. Schubertíada de Valdegovía. 18-VII-2020. Judith Jáuregui, piano. Obras de Schumann, Brahms y Beethoven. • 25-VII-2020. Cosmos Quartet. Fernando Arias, violonchelo. Obras de Schubert.

La pequeña iglesia del Santuario de Angosto mostró una estupenda entrada en los dos conciertos de la Schubertíada de Valdegovía, los primeros después de meses para muchos de los allí presentes. También para Judith Jáuregui era el primero y la emoción del reencuentro se veía en sus ojos junto a la alegría de volver a tocar en público, por lo que fue natural que la música pareciera posarse en un pozo de melancolía; después de una década dando conciertos entre nosotros sin que su espíritu, que ha ido volando de un lado a otro, haya perdido la enorme vitalidad de sus inicios, en Schumann (Arabesque) y en Brahms (op. 118) Jáuregui tocó con la madurez de los músicos que saben detenerse a pensar, con el poso de las carreras que miran lejos y que van acumulando, paso a paso, todo tipo de recuerdos. A la Sonata n° 4 de Beethoven le vino peor la acústica del lugar, pero no por ello dejó Jáuregui de juguetear con la rabiosa, potente y luminosa escritura de la pieza, de encender la chispa divina que solo se enciende cuando, como ella, se ama la música a manos llenas.

Schubert, que compuso siempre avasallado por las necesidades de la vida cotidiana y sin conseguir el reconocimiento del público en su propia ciudad, Viena, murió sin ver publicado su Quinteto de cuerda en Do mayor, D. 956, una obra que valdría por sí misma para reservarle un lugar entre los grandes compositores de la historia. Lo que destaca en ella es su tremenda capacidad perturbadora, que lo retrata como un hombre vital y enérgico dispuesto a dejar su impronta en el mundo y, al mismo tiempo, como un ser humano consciente de lo perverso que podía ser el destino. A diferencia de Mozart antes que él, Schubert decidió emplear dos violonchelos en lugar de dos violas, de forma que los músicos del Cosmos y Fernando Arias se adentraron en la obra con un sonido profundo, con unos graves muy presentes, y lo hicieron admirablemente, inclinando el tono del quinteto hacia rincones oscuros, como si todo él fuera una confesión íntima y conmovedora, el relato de un drama sin apenas respiros de felicidad.