Una especie en vías de extinción

Una especie en vías de extinción

CHRISTOPHER ROUSE: Symphony n. 5; Supplica; Concerto for Orchestra / Nashville Symphony Orchestra. Dir.: Giancarlo Guerrero / NAXOS

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La muerte hace diez meses del compositor Christopher Rouse a los setenta años pareció marcar el final de una línea de compositores americanos que situaron el género de la sinfonía en el corazón de su arte. Y no sólo de compositores americanos. Aparte de Kalevi Aho y Leif Segerstam en Finlandia, David Matthews y Philip Sawyers en el Reino Unido y dos o tres rusos, alemanes o españoles, los compositores parecen haber renunciado a la sinfonía en el siglo XXI. La conjetura es que el público ha perdido interés. ¿Es realmente así? En estos tiempos de Covid no tenemos forma de juzgar, excepto a través de las grabaciones.

Rouse, un gran talento procedente de Baltimore, escribió sinfonías durante toda su vida (siempre estaba trabajando en alguna nueva, hasta completar seis) además de componer once conciertos y un réquiem. Rouse estaba obsesionado con el sonido orquestal y con el modo de hacerlo relevante para el público moderno. Su Quinta sinfonía hace referencia a la de Beethoven en diversas microcitas de frases musicales, no tanto como homenaje al maestro sino como una suerte de comentario dinámico del tema del destino, susceptible de desarrollarse en un diálogo orquestal a una escala mucho mayor.

Rouse puede ser grandioso y arrojado y estruendoso, pero sabe ser también delicado y refinado. Utiliza continuamente el arpa, y permite que las cuerdas controlen la atmósfera incluso en los pasajes más ruidosos. Su manejo del color de la orquesta exhibe un gran virtuosismo, y su conocimiento del gusto y la tolerancia del público limita la duración de la sinfonía a treinta minutos. Giancarlo Guerrero dirige la excelente Sinfonía de Nashville con sutileza y flexibilidad. La media hora pasa en un suspiro.

Las otras dos piezas del álbum –Supplica (2013) y Concerto for Orchestra (2008)- establecen un contraste entre un delicado sentimiento y un ardiente poderío instrumental. Empiezo a pensar que lo que Chris Rouse escribía no eran grandes sinfonías, sino una serie de cartas íntimas de amor a la orquesta, una especie en peligro de extinción en nuestro corto siglo.