Un ‘Quijote’ inagotable para Falla

Lecturas y recreaciones del mito literario
Manuel de Falla fue un compositor que sintió tarde la llamada de la música. Según él mismo confesó, su verdadera vocación no se reveló hasta 1893, pese a llevar ya ocho años cursando enseñanzas musicales. Hasta entonces, cuando contaba con 16 años, el músico había tenido otra inclinación bien definida: quería ser escritor, y de hecho comenzó a practicar esa primera afición realizando diferentes incursiones en el mundo de las letras. Por ejemplo, entre los 13 y los 15 años, Falla publicó regularmente una suerte de revistas caseras tituladas El Burlón y El Cascabel, a través de las cuales el músico en ciernes se hacía eco de la realidad literaria del momento, actuaba como crítico teatral, recogía novedades bibliográficas, escribía artículos de fondo y reproducía fragmentos literarios de sus autores preferidos, además de crear sus propios relatos e intervenir como dibujante. Aunque finalmente Falla decidiera dedicarse a la música, lo cierto es que durante toda su vida el compositor fue “un hombre de libros, un bibliófilo, pero sobre todo lector práctico y apasionado”1, algo que sin duda enriqueció su universo sonoro e influyó en su labor creativa.
Prueba evidente de esa inclinación del músico hacia la lectura es la configuración de su biblioteca personal, conservada en el Archivo Manuel de Falla de Granada. Esta consta de 1.122 partituras y 2.975 libros, muchos de ellos ajenos a su disciplina artística, que revelan sus gustos e intereses por la historia, la filosofía, la religión y, sobre todo, las letras. Según la clasificación de materias realizada por Dácil González Mesa, la literatura ocupa un lugar prioritario en esta colección, con un 51 por ciento del porcentaje global de la biblioteca2. Evidentemente, tras esas primeras tentativas juveniles como escritor, Falla abrazó la composición de forma inquebrantable y absoluta: “Algo como una convicción, tan temerosa como profunda, me impulsó a dejarlo todo para consagrarme completamente al estudio de la composición”, aseveraba el músico3. Pero si repasamos su catálogo, en el que abundan las obras escénicas o inspiradas en la tradición literaria, ¿no podemos concluir que Falla nunca abandonó del todo esa primera vocación? Desde luego, así lo parece, pues la mayor parte de sus obras nacen de esas historias que rondaban en su cabeza.
Este vínculo entre la literatura y la música convierte la biblioteca de Falla en un instrumento doblemente valioso. Los libros que atesoraba no solo servían para alimentar su espíritu y saciar su continua sed de conocimiento, sino que, además, eran el germen de su labor creativa, el punto de partida para la composición. Cuando —terminada la Guerra Civil— Falla partió hacia el exilio argentino, una de las pérdidas más dolorosas para él fue precisamente la de su biblioteca, que quedó sola y empolvada en su casa alquilada de la Antequeruela. Las cartas que dirigió a sus amigos de Granada solicitándoles el envío de algunos volúmenes testimonian esa dependencia de sus libros. Entre otros, pidió que le remitieran una gramática catalana, las poesías completas de Rubén Darío y algunas partituras de Wagner, Verdi, Debussy y Stravinsky, que Falla consultaría para la composición de Atlántida. Llama la atención el modo en que el músico recorría de memoria los anaqueles de su estudio, con una exactitud realmente asombrosa. Así, escribe a Valentín Ruiz Aznar, compositor y amigo, en julio de 1941: “En el estante inmediato (que forma ángulo con aquel) y en la penúltima tabla, [encontrará] la partitura de bolsillo de Don Juan y de Don Quijote de Strauss”4. Parece claro que la biblioteca de Falla, al margen de proporcionarle muchas horas de solaz y esparcimiento, se había convertido en uno de sus principales instrumentos de trabajo.
Manuel de Falla, lector de Cervantes
Los gustos literarios de Manuel de Falla estuvieron muy diversificados. Lo mismo disfrutaba de los clásicos de la literatura medieval italiana —Dante y Petrarca— que de los poetas españoles de la Generación del 27, como Federico García Lorca y Rafael Alberti. Pero es cierto que en su colección hay algunas reincidencias que denotan una predilección particular por determinados estilos y autores. Es el caso de la literatura del siglo xix, muy representada en sus distintas tendencias, entre las que se incluyen el romanticismo, el costumbrismo y el realismo. Autores como José María de Pereda, Pedro Antonio de Alarcón, Benito Pérez Galdós o Salvador Rueda se encuentran entre los más leídos y anotados por el músico.
Posiblemente Falla actuó con Cervantes de la misma forma en que solía hacerlo con sus fuentes musicales, es decir, realizando una lectura selectiva a la vez que intensiva de su obra
También entre los primeros puestos se sitúan los textos del denominado Siglo de Oro —esa “vieja literatura española”, como decía él—, a los que Falla volvió una y otra vez. Luis de Góngora, Francisco de Quevedo, Lope de Vega, Tirso de Molina o Calderón de la Barca maravillaron al autor de El retablo de Maese Pedro, quien trató de conectar esta tradición áulica con los últimos movimientos de vanguardia. Si nos ceñimos al último de los citados, Calderón de la Barca, las incursiones de Falla en su universo dramático fueron recurrentes y muy significativas: desde un fallido proyecto operístico concebido en 1915 e inspirado en la comedia religiosa La devoción de la Cruz, hasta la elaboración de la música incidental para el montaje de El gran teatro del mundo realizado en Granada en 1927; un acto de resonancia nacional con el que los autos sacramentales, prohibidos desde el siglo XVIII, volvieron a escena.
Mención aparte merece Miguel de Cervantes, que se sitúa por derecho propio en lo más alto de la lista de éxitos de la biblioteca falliana. De él se conservan veintiún ejemplares —sin contar los numerosos Quijotes, que analizaremos aparte—, lo que representa una cantidad nada desdeñable. El compromiso de Falla con la historia de la literatura española en general, y con sus autores más emblemáticos en particular, bien podría justificar esta elevada cifra. A ello debemos sumar la alta consideración en que el músico tuvo al escritor, de quien destacaba su pasión, su estilo potente y su carácter eminentemente latino. “Creo que en Cervantes anida toda una estética musical”, afirmaba Falla en 19255, al tiempo que trataba de revivir esos valores cervantinos en su propia obra.

El análisis de esos veintiún volúmenes permite dilucidar cómo fue la aproximación de Falla al autor de El Quijote. Si atendemos a la fecha de edición, estos libros abarcan un amplio lapso —de 1783 a 1941—, lo que prueba el interés del músico por el escritor a lo largo de toda su trayectoria creativa. Evidentemente, el año en que una obra vio la luz pública no tiene por qué coincidir con el de adquisición de esta; de hecho, Falla fue muy aficionado a la compra de libros antiguos y, entre su colección cervantina, se conservan un ejemplar del siglo XVIII y cuatro del XIX. Pero resulta llamativo que el mayor número de volúmenes —siete, en concreto— pertenezca al periodo de creación de El retablo de Maese Pedro, desarrollado entre 1918 y 1923.
Algunas de estas obras se repiten de forma poco habitual, como las Novelas ejemplares —reproducidas total o parcialmente en doce de las veintiuna obras—, o los Trabajos de Persiles y Sigismunda, de la que existen tres copias en su biblioteca. Además, dentro de las Novelas ejemplares algunos títulos tuvieron especial fortuna. Así, por ejemplo, de El celoso extremeño hay siete ejemplares, mientras que La gitanilla, Rinconete y Cortadillo o El licenciado vidriera se repiten hasta seis veces. En este punto, cabe preguntarse para qué querría un compositor tantas ediciones diferentes de una misma novela. No podemos saberlo, pero sí intuirlo: posiblemente Falla actuó con Cervantes de la misma forma en que solía hacerlo con sus fuentes musicales, es decir, realizando una lectura selectiva a la vez que intensiva de su obra. Esto significa que tuvo acceso a una colección limitada de títulos, sobre los que, sin embargo, volvería en diferentes ocasiones a lo largo de su vida, a través de sucesivas relecturas.
Por último, cuatro de estos volúmenes presentan anotaciones autógrafas del compositor, y entre ellos uno —La española inglesa— incluye anotaciones musicales. Dichas marcas recogen términos antiguos, reflexiones de Cervantes acordes con su propio pensamiento, o escenas que pudieran alentar su mente creadora. Una vez más, la biblioteca de Falla, y principalmente los libros de Cervantes, se presentan como un poderoso agente para impulsar el acto creador.
Manuel de Falla, lector de El Quijote
Si nos centramos ahora en la más célebre novela cervantina, el Archivo Manuel de Falla conserva una auténtica colección de Quijotes integrada por treinta ejemplares de muy diversas características, incluidas traducciones al francés, inglés y alemán. Si en el anterior apartado nos causaba extrañeza esa recurrencia sobre determinadas obras, ahora pensamos que es lícito hablar de una auténtica ‘quijotemanía’. Desde luego, las expresiones de Falla y de su círculo de amigos avalan el uso de este neologismo. En una entrevista concedida en Sevilla en 1922, el músico se refería a Don Quijote como un personaje “inagotable”, y solo tres años más tarde reconocía que musicar a Cervantes había sido para él “el más bello de los sacerdocios”. Por su parte, el crítico Rafael Moragas (muy próximo a Falla) reconoció sufrir la “enfermedad del Quijote”, para acabar denominando al protagonista de la novela como un “santo caballero”6. Tamañas hipérboles reflejan el pedestal en que habían situado al Caballero de la Mancha, considerado epítome de la cultura española.
Un recorrido por esa colección de Quijotes fallianos arroja datos similares a los vistos en el anterior apartado. Cronológicamente, las ediciones de la novela pertenecen a fechas muy diversas, lo que vuelve a corroborar el interés de Falla por la obra de Cervantes en toda su trayectoria creativa. Los primeros ejemplares que pudieron ser adquiridos en la juventud del músico datan de finales del siglo xix, mientras que el último —en edición de Rodríguez Marín—acabó de imprimirse en 1944, apenas dos años antes de su muerte, cuando, ocupado en la versión cinematográfica de El retablo de Maese Pedro, el músico se sumergió de nuevo en la novela, recopilando una variada documentación sobre el tema.

Entre esas diferentes ediciones de El Quijote, llama la atención la realizada entre 1880 y 1883 por la editorial Montaner y Simón. Muy posiblemente, se trate de la primera versión de la novela que Falla manejó durante su infancia en Cádiz. Es conmovedor observar la gratitud con la que el músico recibió ese ejemplar en 1927, pasados los cincuenta años, gracias al envío de su amigo gaditano Melquíades Almagro, quien habría conservado algunas de sus pertenencias tras el traslado de la familia Falla a Madrid: “Ayer llegaron los libros (¡magnífico embalaje!): Historia, de Lafuente, y el Quijote […]. No sabes cuán grande ha sido mi satisfacción al recibir estos libros, cuyo envío tanto te agradezco”7.
Desde el punto de vista bibliográfico, esta colección de Quijotes responde a diferentes tipologías y, por tanto, hemos de entender también que a un diferente uso. Encontramos, por ejemplo, dos ediciones facsímiles de las realizadas en 1605 y 1615 por Juan de la Cuesta, esenciales para aproximarse a la obra con el rigor histórico que caracterizaba al músico, la edición crítica de Francisco Rodríguez Marín, de una alta erudición, o la publicación en seis volúmenes de finales del XVIII realizada por la Imprenta Real (1797-1798), muy apreciada por bibliófilos y coleccionistas.
En una entrevista concedida en Sevilla en 1922, Falla se refería a Don Quijote como un personaje “inagotable”, y solo tres años más tarde reconocía que musicar a Cervantes había sido para él “el más bello de los sacerdocios”
Huelga decir que esa fascinación por El Quijote se hizo extensiva a todo cuanto tuviera que ver con la novela. Falla consultó las propias fuentes en las que Cervantes se había documentado, como La historia del emperador Carlomagno y de los doce pares de Francia, que tuvo su primera tirada en Sevilla en 1521, y que el músico adquirió en una edición de 1797. También tuvo conocimiento de las exégesis de la obra realizadas por Miguel de Unamuno (Vida de don Quijote y Sancho, 1905) y José Ortega y Gasset (Meditaciones del Quijote, 1914). Y sucumbió a los encantos de diversas partituras inspiradas en el mito literario, como el poema sinfónico Don Quixote de Richard Strauss (1897) o la zarzuela La venta de Don Quijote de Carlos Fernández Shaw y Ruperto Chapí (1902).
Manuel de Falla, recreador del mito del Quijote
Como cabía esperar, esa labor de Falla como lector asiduo de Cervantes y de El Quijote tuvo sus consecuencias prácticas, de manera que el músico dio vida a los personajes cervantinos a través de diferentes proyectos.
El primero de ellos linda con el juego infantil, pues —según recoge uno de sus primeros biógrafos, Jaime Pahissa—, siendo niño Falla disfrutó a menudo con la representación de algunas comedias inventadas para un pequeño teatro casero, con las que hacía las delicias de sus hermanos; entre dichas obras, el músico recordaba particularmente una protagonizada por Don Quijote, creada por él mismo a tal efecto8. Cuenta Pahissa también que los padres de Falla, movidos por esa inclinación del niño, le regalaron un teatro mejor, con figuras de personajes y decoraciones pintadas. Sería, pensamos, un ejemplar parecido al teatro de mesa comercializado por la editorial Seix Barral (c. 1915), recientemente donado al Archivo Manuel de Falla por una familia gaditana.
Embebido en sus óperas y ballets de temática andaluza —en los que priman las fiestas flamencas y los cuadros costumbristas—, Falla no volverá, desde su niñez, a recrear a Cervantes hasta la década de 1920. Cuando lo hizo, estuvo acompañado del poeta Federico García Lorca y del artista plástico Hermenegildo Lanz, quienes compartían con el músico su afición por las marionetas y sus ganas de renovar las formas tradicionales de expresión. Juntos prepararon una Función de Títeres llevada a cabo en la Fiesta de Reyes Magos de 1923, durante la que se recuperó el entremés atribuido a Cervantes Los dos habladores. Como parte de la música incidental, Falla proyectó el estreno español de algunos fragmentos de la Historia del soldado de Igor Stravinsky, en versión para trío. Fue, qué duda cabe, una sugerente asociación entre la fuente literaria antigua y la música de vanguardia, con la que el compositor reclamaba el carácter intemporal de Cervantes.

Tras estas aproximaciones puntuales, Falla retornó a El Quijote para renovar de raíz su lenguaje musical. Lo hizo con El retablo de Maese Pedro, una ópera de cámara estrenada en 1923, para la que el propio músico escribió tanto la partitura como el libreto literario, tomando como punto de partida el capítulo xxvi de la segunda parte de la novela. La novedad de la obra no pasó inadvertida a nadie. Muchos contemporáneos la recibieron como inicio de una nueva vía compositiva, que mantenía fuertes ataduras con la estética que Falla atribuía a Cervantes: “Todo lo tuyo es decisivo; absolutamente definitivo, créelo. La tarde y la noche de ayer son las que hay que marcar con piedra blanca; El retablo marca una época en nuestra historia… ya lo verás”9, aseguraba Joaquín Nin al autor, tras el estreno en París.
Como exigía el protocolo, la obra está dedicada a quien fuera su mecenas, la Princesa de Polignac, cuya remuneración económica fue condición sine qua non para la materialización del proyecto. Pero en un plano más elevado, Falla declaró haber escrito El retablo “como homenaje devoto a la gloria de Miguel de Cervantes”, por lo que su espíritu —y el de su personaje— subyace en toda la composición. Aunque de manera sintética, el autor nos da la clave de esa presencia en una carta enviada a Adolfo Salazar en 1924:
“Recordará Vd. que con este trabajo he querido rendir un devoto homenaje a la gloria de Cervantes, por el cual cada día siento más profunda admiración, considerándole como uno de los raros artistas tipos de nuestra raza. […] Claro está que pensando yo de este modo, he procurado utilizar en la composición de El r[etablo] ciertos valores éticos y estéticos que se revelan en la obra de Cervantes”10.
Dos años después de terminar esta ópera de cámara, en 1925, Falla declaró su intención de revisitar al mito literario: “A buen seguro que musicalizaré algo más de Don Quijote”, aseguraba durante una entrevista11. Finalmente, no llegó a hacerlo; pero el Caballero de la triste figura, y la estética que latía en él, acompañaron al compositor en el resto de la producción, imbuida de esos mismos valores que Falla había querido ver en la obra de Miguel de Cervantes. ¶
Elena Torres Clemente es profesora e investigadora en la Universidad Complutense de Madrid
Notas
1. Andrés Soria Olmedo: La biblioteca de Manuel de Falla, en: La biblioteca de Manuel de Falla. Programa general de los VI Encuentros Manuel de Falla. Granada, Archivo Manuel de Falla / Orquesta Ciudad de Granada, 2000, pág. 40.
2. Dácil González Mesa:. La biblioteca personal de Manuel de Falla: historia, formación y repercusión en el proceso creativo del compositor. Tesis doctoral, Universidad de Granada, 2019, pág. 336.
3. Carta de Manuel de Falla a Roland-Manuel. Granada, 30-XII-1928. AMF [Archivo Manuel de Falla], 7521-095.
4. Carta de Manuel de Falla a Valentín Ruiz Aznar. Villa del Lago (Argentina), 28-IV-1941. AMF, 7548-041.
5. Pangloss: Un diálogo con Manuel de Falla: El gran músico nos habla de su latinidad y de su obra. La Noche. Barcelona, 6-II-1925.
6. Rafael Moragas: Vida musical. El gran compositor Manuel de Falla, en una interviú, marca sabias orientaciones. La noche. Barcelona, 30-VII-1925, pág. 6.
7. Tarjeta postal de Manuel de Falla a Melquíades Almagro. Granada, 12-II-1927. Borrador manuscrito. AMF, 6691-030.
8. Jaime Pahissa: Vida y obra de Manuel de Falla. Nueva edición ampliada. Buenos Aires, Ricordi Americana, 1956, pág. 26.
9. Carta de Joaquín Nin Castellanos a Manuel de Falla. [París, 26-VI-1923]. AMF, 7333-026.
10. Carta de Manuel de Falla a Adolfo Salazar. [Granada, 1924]. Borrador manuscrito. AMF, 7569-015.
11. Pangloss. “Un diálogo con Manuel de Falla…”, citado arriba.
[Foto superior: Manuel de Falla leyendo en su cuarto de trabajo en el carmen de la Antequeruela. Granada, julio de 1928. Archivo Manuel de Falla]
(Artículo publicado en el dosier “Cien años de El retablo de Maese Pedro”, en el nº 393 de Scherzo, de marzo de 2023)


