Un eclipse con banda sonora (de Haendel a Borodín: la música también ha mirado al Sol… cuando desaparece)

El próximo 12 de agosto millones de personas volverán la vista al cielo. Un eclipse solar, siempre que el tiempo acompañe y las imprescindibles gafas homologadas hagan su trabajo, tiene algo de ceremonia colectiva: durante unos minutos la luz cambia de color, las sombras se vuelven extrañas, el paisaje adquiere una atmósfera casi irreal y hasta quienes conocen perfectamente la explicación científica terminan sintiendo una emoción difícil de describir.
No deja de resultar curioso que un fenómeno tan espectacular apenas haya dejado huella en la historia de la música. Los compositores han escrito páginas inolvidables sobre amaneceres, tormentas, montañas, mares, estaciones, volcanes y planetas. Han convertido en sonido el canto de los pájaros, el rumor de los bosques o el estruendo de las olas. Sin embargo, los eclipses solares, pese a su enorme fuerza simbólica, aparecen en muy pocas obras del repertorio. Quizá porque son demasiado excepcionales. O quizá porque el silencio que los acompaña ya posee una elocuencia difícil de superar.
La gran excepción lleva firma rusa. El príncipe Ígor, de Aleksandr Borodín, comienza precisamente con un eclipse de Sol. El príncipe está a punto de partir a la guerra cuando el cielo se oscurece. El pueblo interpreta el fenómeno como un presagio nefasto y le ruega que renuncie a la expedición: “¡Las estrellas brillan a plena luz del día! ¡La Tierra está envuelta en una oscuridad terrible! ¡Ha caído la noche! ¡Oh, príncipe, renuncia a tu plan! ¡No vayas!”. Él, naturalmente, desoye todas las advertencias. Como ocurre tantas veces en la ópera del siglo XIX, el destino tenía mejores argumentos.
No se trata de un simple recurso escénico. Borodín se inspiró en un hecho histórico: el eclipse observado en 1185 antes de la campaña del auténtico príncipe Ígor contra los polovtsianos. En el Prólogo de la ópera, la música acompaña el fenómeno en su desarrollo completo, desde el repentino oscurecimiento inicial [0’16”] y su culminación [2’01”] hasta el regreso de la luz [3’19”], si bien aquí el compositor parece interesarse menos por la descripción sonora del eclipse, algo somera, que por las reacciones psicológicas de los asistentes.
Hay otro eclipse célebre en la historia de la música, aunque en realidad nunca llega a producirse en el cielo. Es el de Haendel. En el oratorio Samson aparece una de las arias más conmovedoras del Barroco inglés: Total Eclipse. El título podría llevar a engaño, porque no describe un fenómeno astronómico. El eclipse es interior. Sansón, cegado por los filisteos, lamenta haber perdido para siempre la luz del mundo. La oscuridad se convierte así en una metáfora de la derrota, del arrepentimiento y de la fragilidad humana. Es una de esas coincidencias felices de la historia de la música: probablemente sea la pieza más famosa relacionada con un eclipse… sin hablar realmente de uno.
Hay que esperar los últimos estertores del siglo XX para encontrar la obra más ambiciosa en este apartado tanto por extensión (40 minutos) como por concepto y plantilla: Total Eclipse (1999) de John Tavener. El compositor británico otorga al eclipse un valor más metafísico y lo asocia con la metanoia (conversión) cristiana, más en concreto con la conversión de San Pablo. La obra comienza con la crucifixión de Cristo —”sonora, imponente y terrible, aunque resplandeciente”, según Tavener—, mientras que San Pablo es representado simbólicamente por un saxo tenor y un contratenor. La parte orquestal entremezcla instrumentos barrocos y modernos, occidentales y orientales, en una partitura cuya música debería interpretarse en un “éxtasis petrificado”.
Ya en el siglo XXI, la finlandesa Outi Tarkiainen imaginó en The Ring of Fire and Love la belleza del “anillo de fuego” característico de los eclipses anulares, mientras que la estadounidense Clarice Assad ha compuesto recientemente otro Total Eclipse, para piano y orquesta de cámara, que sigue el desarrollo completo del fenómeno, desde la expectación inicial hasta el regreso de la luz. Según explica Assad: “Total Eclipse comienza con un diálogo entre el piano y la orquesta que evoca el poder y el espectáculo de los cuerpos celestes en movimiento. A medida que avanza la música, se adentra en un ámbito contemplativo en el que el tiempo parece suspenderse, explorando el misterioso espacio entre la luz y la sombra. Las armonías, que van cambiando gradualmente, reflejan los sutiles cambios en la luz atmosférica a medida que se acerca un eclipse. Al mismo tiempo, el piano teje delicados motivos que sugieren partículas de polvo cósmico captando los rayos del sol, cada vez más tenues.”
Quizá la escasez de representaciones musicales del eclipse solar tenga una explicación sencilla. Un eclipse dura apenas unos minutos; una sinfonía, bastante más. Traducir musicalmente esa experiencia supone intentar poner sonido a algo que, en realidad, consiste en la suspensión del tiempo. No ocurre nada extraordinario… salvo que todo parece distinto.
Durante siglos los eclipses fueron interpretados como anuncios de guerras, hambres o catástrofes. Hoy los contemplamos con telescopios, cámaras y filtros certificados, sabiendo exactamente cuándo empiezan y cuándo terminan. Hemos perdido el miedo, pero no el asombro. Y probablemente ahí resida su verdadero encanto.
Así que el próximo 12 de agosto, cuando llegue el momento de levantar la vista al cielo —siempre con la protección adecuada—, quizá también merezca la pena dedicar unos minutos a escuchar música. Borodín nos recordará que hubo un tiempo en que un eclipse podía cambiar el curso de la Historia. Haendel, que la peor oscuridad no siempre procede del Sol. Y, cuando todo termine y la luz vuelva a imponerse, quizá descubramos que la mejor banda sonora para un eclipse sigue siendo ese silencio expectante con el que la naturaleza consigue, de vez en cuando, dejar sin palabras incluso a los músicos.


