Un compositor imprescindible para la música española

Un compositor imprescindible para la música española

Entre las aspiraciones de un compositor siempre está el deseo de que su música se convierta en cotidiana, que adquiera vida propia más alla del ámbito para el que fue creada. Con Antón García Abril (Teruel, 19 de mayo de 1933 – Madrid, 17 de marzo de 2021) surgen infinidad de melodías vinculadas al cine o la televisión, hechas en un momento en el que la industria estaba en pleno auge y las cuotas de pantalla se disparaban impulsadas por la escasez de cadenas. En el inconsciente colectivo de la época habita la imagen sonora de La colmena y Los Santos inocentes de Camus, de películas de Pedro Lazaga, Pilar Miró, Pedro Masó, José Luis Dibildos, Antonio Isasi-Isasmendi, José María Forqué… Y en la memoria de quienes descubrieron el mundo a través de la televisión queda El hombre y la tierra, Fortunata y Jacinta, Segunda enseñanza, Curro Jiménez, Brigada central, Ramón y Cajal

García Abril tenía el don de la inmediación y por él transpira la totalidad de una obra abundante y plural. A veces los espacios eran aparentemente menores como sucede con varias obras pedagógicas, entre las que se incluyen las lecciones para repentizar que aún recuerdan muchos alumnos de solfeo. En otros casos, el peso era mayor. Durante tres décadas, García Abril guió a los estudiantes a compositor como catedrático de la materia en Madrid y en la Escuela de Altos Estudios Musicales en Santiago de Compostela. A todos inculcó valores propios y lo hizo con una convicción inalienable, sin reparar en otras posibilidades a pesar de que su curiosidad musical le llevara a conocerlas. Para cualquier alumno, analizar otros territorios significaba buscar más allá de la enseñanza oficial.

García Abril convirtió su credo musical y su propia música en un objeto de resistencia. Lo sustanció públicamente durante la lectura del discurso de ingreso en la Academia de Bellas Artes de San Fernando dirigido ‘En defensa de la melodía’ (1983), no como adorno de superficie sino como elemento constructivo imbricado con la armonía y el ritmo. A partir de esta fecha surgieron numerosos libros y tesis dedicadas a su obra, lo que amplió la perspectiva estética de su música hacia términos como inconformismo, humanismo, comunicación, libertad…  palabras grandes, exageradas por su derroche, y también innecesarias para concretar a un autor cuya sinceridad artística y extraordinaria capacidad técnica se valen para dejar un rastro enormemente poderoso.

Defenderse contra la vanguardia desfuncionalizada es algo que García Abril aprendió en los cincuenta, cuando en los compositores que apenas habían superado los veinte latía la necesidad de equipararse con lo mejor y más actual de la creación internacional. La España cerril y autárquica también comenzó a relajarse gracias a su entusiasmo. Con frecuencia se cita el grupo Nueva Música, donde García Abril estuvo al lado de Luis de Pablo, Cristóbal Halffter, Ramón Barce, Manuel Moreno Buendía, Manuel Carra… La referencia es puramente simbólica pues el propio grupo apenas tuvo consecuencias más allá de alguna famosa foto y porque desde su fundación se hizo evidente que la reunión era demasiado heterogénea. García Abril ya era consciente de que solo atendería a ‘mi propia voz’ y sobre ella construyó un catálogo sin distinción de géneros y formas, de rasgos perfectamente identificables, con el que logró concitar a intérpretes y público.

Las canciones compuestas por García Abril forman un corpus cuya excepcionalidad depende de la cantidad y calidad de los textos que maneja. El uso de la palabra como principio constructivo culmina con la ópera Divinas palabras, sobre Valle-Inclán, vista en la primera temporada del moderno Teatro Real. Las obras para guitarra son otro hito en el que puede adivinarse una interesante indagación sobre las posibilidades idiomáticas del instrumento. La notable relación de conciertos para este instrumento (Aguediano, Mudéjar, Gibralfaro…) se amplía al piano, el violín, la viola o el violonchelo (Juventus, de las tierras altas, Poemario, Cadencias, Concierto de Gibralfaro…). La orquesta, por supuesto (Celebidachiana, El mar de las calmas, Variaciones concertantes, Hemeroscopium, Lumen…), cantatas (Cantico delle creature, Cántico de La Pietà, Alegrías…), música de cámara incluyendo cuartetos de cuerda y quintetos (El alba de los caminos, El vuelo del viento), páginas instrumentales… El sentido poético de todas las obras alcanza a los propios títulos, tantas veces reveladores de un propósito de evocación.

El cúmulo de premios que se le concedieron revela una labor asentada y reconocida: el Premio Nacional de Música, el de la Fundación Guerrero, el Iberoamericano de la Música Tomas Luis de Victoria, el Premio Aragón, la medalla de oro al Mérito de las Bellas Artes y la Gran Cruz de Alfonso X El Sabio. Antón García Abril fue aragonés de nacimiento y sentimiento, autor del himno de una comunidad en la que se reconocía como hombre recio, seguro, profundamente orgulloso de lo suyo, emotivo. Un compositor imprescindible para medio siglo de música española.