TURÍN / Una segunda oportunidad para ‘la otra’ Bohème

Turín. Teatro Regio, 6-XI-2026. Matteo Lippi, Anna Goryachova, Alessandro Luongo, Francesca Dotto, Simone del Savio, Francesco Salvadori, Matteo Peirone, Pablo Gálvez, Manuela Custer, Manuel Pieratelli y Roberto Covatta. Orquesta y Coro del Teatro Regio. Dirección musical: Andrea Battistoni. Dirección escénica: Francesco Micheli. Ruggero Leoncavallo: La bohème.
Sobre el verismo pesaba un prejuicio, o, cuanto menos, una impresión generalizada, según el cual era un subgénero operístico caracterizado por una emocionalidad tan superficial como extrema, que condujo a una determinada manera de interpretarlo, secuestradas por el paroxismo. Como si la intensidad estuviera enfrentada con la sutileza. Efecto secundario: se instaló cierta relegación del aspecto musical en exclusivo beneficio de los intérpretes. De este juicio sumario se salvaron pocos títulos de esta etapa —baste ver que de Cilea, Giordano, Leoncavallo o Mascagni apenas se representa una ópera de toda su producción— y se decretó una ‘damnatio memoriae’ sobre el resto, ignorada de manera muy ocasional por algunos teatros.
Entre ellos está el Regio de Turín, que de la mano de su director musical Andrea Battistoni ha abierto la presente temporada con un Festival del Verismo y una tetralogía dedicada a Leoncavallo y Mascagni. Están —cómo no— las dos obras cortas que forman el programa doble más repetido del gran repertorio, pero también ‘La bohème’ e ‘Iris’, que permiten partir de lo conocido para adentrarse en lo nuevo, que no es lo contemporáneo sino lo olvidado. Si hace dos años el Regio se atrevió a revisitar al Zandonai de ‘Francesca da Rimini’, ahora la acertada apuesta verista apunta a que tendrá más ediciones en el futuro, aunque con periodicidad bianual. Una decisión para saludar, desde luego.

Esta de Leoncavallo es ‘la otra’ bohème, como reconoce Battistoni en las notas del programa, “que no poseyendo el inigualable valor de la otra, sería injusto liquidar como indigna de representar en época moderna”. La diferencia entre una y otra es, esencialmente, de enfoque. Si Puccini se decanta más por una visión sentimental de los bohemios, casi amorosa, Leoncavallo -autor también de su libreto- es mucho más áspero en el plano dramático. Basta asistir al crudo enfrentamiento de Marcello y Musette en el tercer acto (“Va’ pur da me lontana / vendi a chi t’offre gemme de or / le tue carezze, o cortigiana / io mi vergogno del tuo amor!”), puro verismo en vena, o el pesimismo que inunda el final. Sí exhibe una cierta descompensación esta ‘otra’ bohème, que la escena de Micheli acentúa en exceso, con dos actos iniciales demasiado decantados hacia la comedia, y los dos finales abruptamente inclinados a la tragedia. Puccini -o Giacosa e Illica- sí encontró mejor ese punto de equilibrio, esa narración más evolutiva que episódica, así como una inspiración melódica netamente superior.
Con todo, es injusto hacer de menos la obra de Leoncavallo, en la que se encuentran pinceladas de ‘Pagliacci’ (ese “Va via, fantasma del passato” nos recuerda al “No, pagliaccio non son”) y momentos de inspiración, como la pizpireta “Mimì pinson, la biondinetta” que entona una Musette que aquí es mezzo, encarnada por una Anna Goryachova elegante y de timbre oscuro, pero falta de mayor impacto vocal. El más exigido es el Marcello tenor, encarnado por Matteo Lippi, de timbre brillante y una interpretación que combina el arrojo con un canto más matizado. Su tercer acto fue sobresaliente. Alessandro Luongo fue un Rodolfo cumplidor y la Mimì de Francesca Dotto adolece de los defectos de la mezzo y agradecería un instrumento más sonoro. Notable el Schaunard de Simone del Savio, por implicación y proyección, en un personaje con mucho más protagonismo que en la obra pucciniana. Secundarios y comprimarios rindieron, con sus cosas, a un óptimo nivel, al igual que el poderoso coro del Regio, que se despliega por la sala para la fiesta en el patio de Musette.

Pero el hilo conductor para que el espectáculo funcione está en el foso. Battistoni ejecuta una dirección preciosista y precisa, cuidada, plegada a los pequeños detalles de la partitura y buscando que su orquesta deje cantar a los intérpretes, a los que mima con esmero. Es una batuta enérgica e intensa, pero no por ello ayuna de armonía, como en el arranque del tercer acto. Transmite su pasión por este repertorio.
La propuesta escénica de Micheli se articula alrededor de la idea del paso del tiempo, de lo fugaz de la juventud, ese periodo de idealismo donde sitúa a estos bohemios de entreguerras, y de lo inevitable de la vejez y la muerte —encarnada en Colline—. De hecho, contraviniendo el libreto, los personajes envejecen a lo largo de la ópera, hasta alcanzar una senectud casi artrítica. Los cromatismos de la producción van en esa dirección, de brillantes colores en los dos primeros actos hacia una languidez apagada, desvaída. “La nostra vita era quel fiore”, dice Marcello. Y los motivos florales, entre luminosos y marchitos, muestran también no solo la vida de los personajes, sino sus relaciones sentimentales. Su principal defecto es un tono cómico casi bufonesco en la primera mitad de la ópera —con vestuario imposible de Giada Masi—, que se reconduce hacia un drama más sobrio, casi invernal, conforme caen los últimos granos del reloj de arena.
José Luis Jiménez
Foto: Mattia Gaido


