Treinta y cinco años

Treinta y cinco años

Con este número de enero, Scherzo cumple treinta y cinco años. No es una cifra tan redonda como veinticinco o cincuenta o no digamos cien, pero para una revista dedicada a la cultura cumplir treinta y cinco años es una rara combinación de esfuerzo y milagro. Y más entre nosotros, donde lo que tiene que ver con la literatura, el arte o la música no deja de ser una cuestión casi privada hasta que alguien desde el poder sospecha que puede ser aprovechable. Pero también sabemos que la cultura es una industria y con la pandemia hemos recordado su peso en el PIB, a cuántas familias da de comer. Y por eso hemos pedido a las instituciones que se preocupen por ella. Si no importa como generadora de contenidos que ayudan a la gente a ser más libre que lo haga al menos porque nos sirve para vivir mejor en todos los sentidos. La música es también eso, como debiera serlo la política y en nuestras sociedades europeas depende en buena medida de ella.

A lo largo de estos treinta y cinco años hemos procurado servir a la realidad musical que nos rodea de la manera más activa posible. No solo recogiendo noticias sino creando actualidad, no solo anunciando sino analizando, no solo animando a acudir a los conciertos o a las óperas o a las zarzuelas sino criticando con libertad lo que hemos escuchado y hemos visto. Hemos procurado siempre que nuestra línea editorial recogiera una opinión libre y razonada, autorizada porque surgía de la reflexión acerca de una realidad que hemos tratado de conocer a fondo para juzgarla también con honradez. Eso nos ha ocasionado a veces algún problema, nos ha mostrado cuán mezquino puede ser un mundo que se cree de un tamaño mayor del que en realidad tiene. Pero también nos ha hecho más fuertes.

Hemos aprendido igualmente en estos treinta y cinco años lo necesario que resulta abrirse al exterior, informar de lo que pasa más allá de nuestras fronteras, tener una relación estrecha con nuestros colegas internacionales. Con el tiempo hemos sabido ser, en la medida de lo posible, el escaparate de nuestros mejores artistas. Y en ese aspecto, la creciente presencia de músicos españoles entre los finalistas de los ICMA significa, además de lo evidente, la utilidad de nuestra revista como vehículo para que su difusión corra paralela con su talento. Demasiado a menudo se olvida —o, mejor dicho, se ignora— que el mundo de la música clásica tiene en España una altura cualitativa similar, cuando menos, al de nuestras artes mejor representadas y recordarlo es también una de nuestras obligaciones.

No queremos que este editorial sea una fanfarria de apertura a lo que es un número habitual de la revista, sin otra celebración que estas líneas que preludian nuestros contenidos habituales. No vamos a insistir tampoco más de la cuenta en lo duros que han sido estos meses que nos han servido también para conocernos mejor, para saber con claridad acerca de nuestras posibilidades en otros soportes, para tener la seguridad de que el futuro es también digital y de que estamos razonablemente preparados para asumirlo. Y en ese futuro, como en este presente, esperamos seguir acompañando a nuestros lectores de hoy mientras nos encontramos con otros nuevos. A unos les debemos lo que somos y en los otros confiamos de cara a lo que seguiremos siendo. Sin los más fieles, sin su confianza y su exigencia, no hubiera sido posible cumplir los treinta y cinco. Y con ellos y con los que sumen esperamos celebrar, dentro de nada, porque el tiempo vuela, los cincuenta. Gracias a todos.