Trautonium y Kunstharmonium, dos discos para unos cacharros cautivadores

INS NICHTS MIT IHM
Obras de Genzmer, Hindemith, Dessau, Purcell y Pichler. Peter Pichler, Mixturtrautonium. Melanie Dreher, soprano. NEOS (1CD)
NEW MUSIC FOR KUNSTHARMONIUM AND PIANO
Obras de Obermüller, Bröder, Gilbert, Pelzel, Kölb, etc. Dúo Pianarmonio. Jan Hennig, Kunstharmonium. Ernst Breidenbach, piano. NEOS (1CD)
Recientemente el sello muniqués NEOS ha lanzado dos discos, completamente independientes, pero que comparten extraordinarios vasos comunicantes que hacen que sus escuchas bien pudieran ser satisfactoriamente complementarias. Se trata de dos recitales, diríamos ya, extravagantes por repertorio, y tanto o más, por el instrumental desplegado en ellos. En el primero, Peter Pichler toca un Trautonium, el padre de los sintetizadores, conjuntándolo con la voz de la soprano Melanie Dreher; en el segundo, el Dúo Pianarmonio pone en diálogo un piano (intervenido en algunos casos) con un armonio o armonio artístico (si atendemos a la exacta denominación que se le da, Kunstharmonium).
Como otros pioneros de la “música eléctrica”, como gustaba llamarla a Friederich Trautwein, que inventaría el Trautonium en 1929, la revolución, la de aquellos alucinados luthieres (se piensa, casi siempre, en el más difundido Theremin de Lev Termen) iba de la mano de los mencionados objetos sonoros; de los que emanaba una música más ligada a una idea de continuidad, antes que a una estructuración intelectual de los parámetros compositivos. Es así que uno de los compositores más entusiasmados por las posibilidades del sintetizador de Trautwein, Harald Genzmer, concibió, en 1969, su Kantate für Sopran und elektronische Klänge desde la plena asunción de las resonancias cinematográficas del Trautonium. Dividida en diez movimientos, ya en el primero se crea un ambiente galáctico sobre el que, pronto, comenzará la soprano a desgranar con un recitado clásico y un cantar en absoluto modernista, leyendas místicas de gaélicos y vikingos. Era hasta cierto punto habitual confrontar las innovaciones de aquel presente con la recuperada, y por tanto, novedosa, mística de civilizaciones pretéritas. La música de Genzmer se oye con absorbente delectación; Peter Pichler tañe el extraño instrumento y Melanie Dreher no impone su canto; se cuela entre los todavía novísimos (por desconocidos) sonidos de este protosintetizador que emplea lámparas de neón de bajo voltaje.
El aria de soprano, cuarta pieza que compone el oratorio Das Unaufhörliche (1931) de Paul Hindemith es una encantadora curiosidad que, después, sería utilizada instrumentalmente como movimiento lento del Concierto para Trautonium y orquesta de cuerdas. Más juguetón y fascinado por las posibilidades del instrumento se muestra Paul Dessau en el ciclo Die Verurteilung des Lukullus (1951), tomado de la ópera homónima sobre un déspota condenado a la irrelevancia por un tribunal de víctimas. La música es sombría pero incesante; es fácil imaginar a Dessau frente al instrumento hurgando en sus posibilidades; por eso adquiere unos contornos de muestrario que la hacen algo menos interesante que el resto de obras compiladas. También Dreher recita más que canta, esto sí, textos de Bertolt Brecht; no poca cosa.
El aria When I am laid in earth (1688) de Henry Purcell enfoca el álbum ideado por Peter Pichler hacia un terreno más desinhibido. ¿Cómo suena el Lamento de Dido en versión de Trautonium y soprano? Ambos músicos agarran la célebre partitura y la barnizan de una gravedad resonante desde los primeros compases; la chacona y su lamento adquieren una amplitud cósmica; como si Melanie Dreher, absolutamente arrobada y con un timbre centrado, carnoso y dramático; fuera una suerte de emperatriz de otro planeta. Tal vez, a estas alturas de la escucha, el sintetizador esté ya operando un extraño encantamiento en el auditor. Finaliza la propuesta con dos páginas a solo de Peter Pichler (Die sieben Todsünden / Die sieben Tugenden), ambas de 2024, series de aforismos desenfadados que reivindican la vigencia del artilugio, ya parafraseando a Kurt Weill y a Paul Hindemith, ya mediante el añadido de voces robóticas a lo Kraftwerk. Los cambios de humor son constantes y se peca de querer contar demasiadas cosas; es un vicio de tanto intérprete / compositor; excusable aquí porque sí, fue fácil claudicar ante la inesperada vigencia del artefacto protagonista.
Otro cacharro (por decir, coloquial y cariñosamente) es el Kunstharmonium, un armonio algo más sofisticado que el habitualmente modesto instrumento tan presente en las iglesias católicas ideado para la música de concierto. Para él escribieron abundantes piezas autores como Cesar Franck y Charles-Marie Widor y, para él, el Duo Pianarmonio ha instigado la creación de un nuevo repertorio; exactamente para la conjunción de este armonio artístico y el piano. En el disco al que nos referimos –New Music for Kunstharmonium and Piano– se presentan una decena de piezas (fechadas entre 2015 y 2022) de interés desigual, aunque la balanza auditiva de todo el banquete caiga del lado más positivo posible.
Comienza y termina con las mejores propuestas. La primera es Urwaldblumen de Karola Obermüller. Si a lo largo del siglo XX, el Kunstharmonium acabaría siendo reemplazado por los sintetizadores, en la pieza de la autora alemana, cuyo título evoca un ambiente poético, la música, más que cargarse de una visualidad evidente, evoluciona de manera muy estratificada y con una sonoridad del armonio sincopada y por encima de la del piano que acompaña. Posee una rara cualidad tímbrica y toda la obra parece encandilada ante la posibilidad del raro instrumento que la protagoniza. Algo similar sucede en …as if in unknow land…, de Michael Pelzel. El compositor se enfrenta a la escritura sin –aparentemente– tener en cuenta la historia que precede al objeto para el que compone; como si, efectivamente, fuera una terra incognita en la que teje una trama densa y resonante, donde el color emerge muy por encima de la cualidad discursiva; lo que le permite dilatar el tiempo desde la asunción de un extraordinario ensimismamiento.
Por el camino hay aportaciones más escolásticas, como la Fantasie de Tommy Ballestrem, que sí trabaja con sobriedad el diálogo y las brillantes intersecciones posibles entre el piano y el Kunstharmonium. Similar parecer queda tras la primera de las Trois Scènes de Alois Bröder. La conexión del instrumento con la órbita espiritual es asimilada severamente por Christoph Schickedanz en Ein feste Burg ist unser Gott; también en la sobria y reflexiva Meditation upon the Awakening of a Spirit to Compassion & Love, de Peter Gilbert. El programa se volverá de nuevo más inestable con la densísima abstracción de la partitura schneeferner, de Marko Zdralek. A lo largo del programa, aunque la atención pueda sufrir alguna subida y bajada, sus responsables, Jan Hennig y Ernst Breidenbach, se afanan en conseguir que el continente y el contenido quede bien armado; y las piezas se suceden de manera contrastante, intentando dar esquinazo a la monotonía.
Ismael G. Cabral


