TOULOUSE / Lio Kuokman y Nelson Goerner cautivan al público con un espléndido viaje oriental

Toulouse. Halle aux Grains. 8-X-2026. Orquestra nacional del Capitolio. Nelson Goerner (piano). Director: Lio Kuokman. Obras de Say, R. Strauss y Rimski-Korsakov.
Tras la brillante apertura de la temporada bajo la batuta de Tarmo Peltokoski, la Orquesta Nacional del Capitolio de Toulouse continuó su periplo sinfónico con una segunda cita igual de ambiciosa. Y para ello, la Halle aux Grains volvió a encontrar un rostro familiar: el del director hongkonés Lio Kuokman, verdadero hijo predilecto del público tolosano, cuyo regreso a los escenarios de Toulouse se espera como una fiesta. En esta ocasión, lo acompañaba otro gran habitual del lugar, el pianista argentino Nelson Goerner, para un programa bajo el signo de Oriente, de mil y un colores y de un virtuosismo deslumbrante.
Con Grand Bazaar de Fazıl Say, quedó claro el tono: sería una velada bajo el signo del viaje y del descubrimiento. La partitura del compositor turco, en forma de rapsodia virtuosa, retrata con un brío comunicativo la atmósfera febril del Gran Bazar de Estambul, sus callejones oscuros, sus regateos animados en torno a una venta de alfombras y su ambiente nocturno tan particular. Lio Kuokman, siempre tan magnético y elegante, esculpió cada color con un arte consumado, obteniendo de la orquesta una precisión y una entrega constantes. Las percusiones, particularmente destacadas, pulsaron con una energía contagiosa, mientras que el fagot de Guillaume Brun concluyó esta página con una nota sobreaguda de un humor deliciosamente burlón, saludada como es debido por un público conquistado. La dirección, a la vez flexible y autoritaria, evitó felizmente el escollo del pastiche orientalista para ofrecer una lectura vibrante y sincera, en la que la música de Say se reveló en toda su vitalidad.
La segunda parte de la primera mitad permitió a Nelson Goerner subir al escenario para la Burlesque de Richard Strauss. Esta obra juvenil del compositor alemán, escrita a los veinte años, es una pieza desordenada, rebosante de energía y fantasía, cuyo espíritu malicioso anticipa ya el de Till Eulenspiegel. Goerner no decepcionó y se merendó esa parte de formidable dificultad, desplegando una energía casi diabólica y un virtuosismo sin fisuras. Lio Kuokman logró contener ese derroche de energía sin frenar nunca el impulso del solista, evitando con maestría las salidas de ruta en una partitura que parece estar constantemente al filo de la navaja. El público, conquistado, brindó a Nelson Goerner una ovación merecida. Como propina, el pianista ofreció un sublime Intermezzo de Brahms, revelando un toque de una sutileza y una ternura infinitas que hizo lamentar que la Burlesque no pusiera más en valor esas cualidades.
Pero el verdadero triunfo de la velada fue sin duda Scheherezade de Rimski-Kórsakov, que transformó la segunda parte en una verdadera consagración. Lio Kuokman, que dirigió la partitura de memoria, impuso un dominio total de los matices y de la potencia, sosteniendo firmemente las riendas de una partitura caudalosa en la que cada sección está llamada a brillar. ¡Y qué festival orquestal! El violín solo de Kristi Gsezi, en un fraseo de una sutileza inaudita, encarnó con una magia poco común la voz cautivadora de la propia Scheherezade, su dulzura y su persuasión narrativa. Densidad del sonido, belleza en toda la tesitura, sobreagudos divinos: cada intervención de este violín fue un momento de ingravidez. Mélisande Daudet a la flauta desplegó sonoridades diáfanas o carnosas de la mayor belleza, mientras que Chi Yuen Cheng al oboe se mostró increíblemente conmovedor. Pierre Gil, en sus solos de violonchelo, estuvo magnífico; las trompas tuvieron una presencia cautivadora, y los metales, alternativamente entusiastas, delicados, majestuosos o inquietantes, sublimaron los forti más impresionantes.
Bajo la dirección danzante y comunicativa de Lio Kuokman, la Orquesta Nacional del Capitolio, rejuvenecida y sonriente, ofreció una interpretación de una fogosidad y una vida intensas. La célebre Fiesta en Bagdad y el naufragio final tuvieron una vivacidad dramática sobrecogedora, antes de que el apaciguamiento conclusivo devolviera la calma a una sala suspendida, como si todo el público hubiera contenido la respiración durante más de cuarenta minutos. La ovación final, larga y cálida, estuvo a la altura de la velada: generosa. Lio Kuokman quiso saludar a cada sección, a cada solista, en un gesto de generosidad que lo dice todo sobre la estima recíproca entre el director y los músicos.
Emmanuel Andrieu
(foto: Romain Alcaraz)


