TOULOUSE / ‘Don Giovanni’ nunca muere

Toulouse. Teatro del Capitolio. 20-XI-2025. Nicolas Courjal (Don Giovanni), Karine Deshayes (Donna Elvira), Andreea Soare (Donna Anna) Vincenzo Taormina (Leporello), Anaïs Constans (Zerlina), Dovlet Nurgeldiyev (Don Ottavio), Adrien Mathonat (Masetto), Sulkhan Jaiani (Il Commendatore). Coro e Orquestra nacionales del Capitolio. Director musical: Riccardo Bisatti. Director de escena: Agnès Jaoui. Mozart : Don Giovanni.
Tras Thaïs de Massenet en septiembre, el Teatro Nacional del Capitolio prosigue su temporada 2025-2026 con una de las óperas más fascinantes y complejas jamás escritas: Don Giovanni de Mozart. En una decisión tan audaz como inspirada, Christophe Ghristi, director artístico de la institución occitana, ha vuelto a optar por la transversalidad de las artes confiando la puesta en escena a una artista cuya sensibilidad única ha conquistado el cine y la literatura: Agnès Jaoui. Tras el notable éxito de su Uomo fémina de Galuppi en la Ópera Real de Versalles el año pasado, la célebre cineasta y novelista asume el reto de dirigir esta producción. Esta apuesta, propia de la visión de Ghristi, consiste en impulsar una mirada nueva, impregnada de psicología y finura narrativa, para revisitar las ambigüedades profundas del mito del seductor. Se trata ni más ni menos de confiar un monumento de la música a una gran narradora de historias, lo que hace prever una lectura donde la complejidad de los caracteres y la verdad humana serán el corazón del espectáculo.
El maestro de ceremonias, por su parte, ha alineado para esta primera distribución una pléyade de cantantes experimentados, cuyas actuaciones individuales y colectivas han elevado la dramaturgia mozartiana. En el rol titular, Nicolas Courjal encarna a un hombre más cansado, incluso desencantado, en un papel que asumía por primera vez. Su interpretación estuvo marcada por una cierta brutalidad, propia del héroe, y una bella resistencia vocal, pintando a un noble consumido por sus propios excesos, que busca tanto el poder como el placer. En Leporello, Vincenzo Taormina muestra una perfecta simbiosis con su amo; el barítono italiano representa un criado cínico y pícaro. Si su actuación respondía perfectamente a la definición cómica del rol, fue sobre todo en los dúos explosivos con Don Giovanni donde la complicidad de los dos compinches operó. Andreea Soare, como Donna Anna, violentada desde el inicio de la acción, dispone de medios vocales innegables para expresar el dolor y la ira de su personaje. Su canto, a veces entrecortado, supo traducir la angustia de una mujer herida por la agresión que sufrió y por la incomprensión de su prometido.

Gran habitué de las tablas capitalinas, Karine Deshayes (Donna Elvira) presenta un retrato conmovedor de esta mujer eternamente herida pero dispuesta al perdón, una figura a la vez irritante y ridícula que uno encuentra en la vida real, con su voz cálida y redonda de timbre magnético e inmediatamente reconocible. Anaïs Constans encarna a una Zerlina pizpireta, sexualmente libre, al principio subyugada por la atención que le dispensa el “héroe”. Su canto resulta conmovedor por su naturalidad, y su timbre cálido y vivaz encanta a placer en sus diferentes arias. Tenor lírico de origen turkmeno, Dovlet Nurgeldiyev (Don Ottavio) es la revelación de la velada, gracias a un timbre eminentemente seductor y aterciopelado, ideal para el rol del noble y paciente Don Ottavio; su presencia vocal aporta aquí una autoridad inesperada a un personaje a menudo percibido como débil. Por su parte, el joven barítono francés Adrien Mathonat, en el rol de Masetto, demuestra una vez más su talento escénico y vocal. Logra dotar de una credibilidad conmovedora al campesino burlado y celoso, mostrando una presencia escénica sólida y un canto de notable claridad. Su interpretación aporta la dosis justa de rudeza y vulnerabilidad que requiere el personaje. Por fin, el bajo georgiano Sulkhan Jaiani (El Comendador) impresiona con una voz de ultratumba, escalofriante y amenazadora. Inmóvil en su nicho en lo alto hasta el momento fatídico, encarna con una presencia espectral el juicio implacable que finalmente derriba al héroe disoluto.
Inicialmente anunciado, Tarmo Peltokoski, director musical de la Orquesta Nacional del Capitolio, tuvo que ser reemplazado para esta serie de representaciones debido a problemas de salud. El joven director italiano Riccardo Bisatti, propulsado al podio, asumió el reto con una maestría notable, y visiblemente supo ganarse el respeto de los cantantes y de la orquesta. Su enfoque se caracterizó por tempi a veces muy rápidos en ciertos pasajes, una elección que dinamizó el conjunto y convino a la puesta en escena. Su acompañamiento resultó precioso y sutil en las arias solistas, como el conmovedor lamento de Donna Elvira (“Mi tradì”).
En cuanto a la puesta en escena, la escenografía (concebida por Éric Ruf) nos sumerge en la España del siglo XVII, impresión reforzada por los suntuosos vestuarios de Pierre-Jean Larroque que hacen referencia a la austeridad de la Inquisición, inspirada en los retratos de El Greco o Velázquez. El decorado, una plaza pública que se recompone en palacio, es visualmente bello de observar, pero su convencionalismo puede parecer demasiado prudente en ciertos aspectos. Y si Agnès Jaoui destaca en revelar la complejidad de las relaciones, mostrando con finura la ambivalencia del deseo y la dificultad de los personajes para liberarse de la influencia de Don Giovanni, el espectáculo sin embargo carece a veces de brío, con cantantes confinados a gestualidades convencionales, plantados frente al público, y algunas escenas dan una impresión de déjà-vu. La producción optó por el lieto fine de la versión de Praga, donde las víctimas se regocijan del castigo al “dissoluto”, una elección a contracorriente de muchas puestas en escena contemporáneas que prefieren conclusiones más sombrías… durante la cual Don Giovanni reaparece in extremis, como un símbolo de eternidad: ¡Don Juan nunca muere!
Emmanuel Andrieu
(fotos: Mirco Magliocca)


