Toshio Hosokawa: “Solo quiero componer música hermosa”

A Europa nos ha llegado un relato muy cercenado de la historia de la música clásica y contemporánea de Japón. Acaso por el enorme peso de su música tradicional, quizás por una lejanía que sigue teniendo más de mitificado exotismo que de real, todo el Oriente cultural sigue siendo un misterio a nuestros ojos y oídos. Después de Toru Takemitsu, la figura de Toshio Hosokawa (Hiroshima, 1955) se erige desde hace décadas como el nombre más preeminente de la composición en aquel país.
Ahora, la Fundación BBVA le acaba de otorgar el XVII Premio Fronteras del Conocimiento en Música y Ópera. Lo hace poniendo en valor su extenso catálogo pero, sobre todo, la originalidad de una creación “inspirada tanto por la filosofía zen como por la utilización de una escritura tímbrica de alto rigor y de una riqueza sumamente original y reconocible”. En efecto, la música de Hosokawa posee un ambiente que la hace rápidamente distinguible. Se insistirá en ello, en la palabra elegida, un ambiente, un clima a menudo contenido cuya expresividad parece que solo pueda llevar su pluma.
El compositor, desde luego, quintaesencia en sus partituras mucho del legado proceloso y profusamente heterodoxo de Toru Takemitsu, pero también apela a un ascetismo y concreción heredada de quien sí fue su maestro, Isang Yun. Su paso, en Alemania, por las clases de Klaus Huber y Brian Ferneyhough le entroncaron con el más acerado modernismo centroeuropeo. De regreso a Japón, Hosowaka realizará una personalísima reconexión con la música tradicional de aquel país, que desde entonces volvería a permear unos pentagramas en los que habitúa a hacer una sutil decantación de dos mundos estéticos (el europeo, el oriental) en principio tan distanciados.
Con la distinción, Hosowaka se suma a un selecto grupo de autores galardonados cuya única hilazón entre ellos es una voz propia concluyente: Adès, Glass, Eötvös, Lachenmann, Reich, Saariaho, etc.
A colación de este reconocimiento, procede rescatar del archivo de Scherzo la entrevista con Toshio Hosokawa que publicamos en 2021 con el punto de partida de un nuevo lanzamiento discográfico.
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El sello Kairos ha editado un nuevo disco dedicado a su obra, en esta ocasión con trabajos para instrumentos a solo. ¿Qué papel ocupan estas piezas en su catálogo?
Diría que las obras para instrumentos solistas son fundamentales porque siempre pienso la composición desde la pequeña escala, desde una voz instrumental concreta. Primero creo un microcosmos y luego, en ocasiones, intento extenderme al macrocosmos. Quizá conozca el haiku japonés, un tipo de poema muy breve. Para mí esa esencialidad es muy importante. Este nuevo disco de Kairos representa mi música, mis raíces, de una forma muy pura. Y aunque no pude estar presente en la grabación por culpa de la pandemia me hace muy feliz comprobar cómo los músicos del Klangforum Wien encontraron su propia voz dentro de mis composiciones.
¿Cómo ha sido para usted, a nivel creativo, 2020? En Berlín pudo estrenarse su Octeto, no así su nuevo cuarteto de cuerdas, Passage.
Muchas de mis obras programadas no se han escuchado y han sido varios los estrenos que no se han llevado a cabo. Esto me entristece mucho, pero estoy seguro de que puedo esperar a una próxima ocasión. Mire, yo amo a Schubert, y muchas de sus obras más importantes no se interpretaron hasta después de su muerte. Por ejemplo, su Sinfonía “Incompleta”, que es una música perfecta, maravillosa. El coronavirus ha supuesto un punto de inflexión muy importante en mi vida. Antes viajaba unas seis u ocho veces al año, vivía entre Japón y Europa. Ahora llevo sin pretenderlo un año en mi país. Y no quiero volver a lo de antes; ya no soy joven y debo asentarme más aquí, en casa, esto es algo que repercutirá positivamente en mi tranquilidad para componer.

¿Qué proyectos tiene?
¡Muchos! Acabo de terminar un nuevo concierto para violín, que será interpretado si es posible por Veronika Eberle y Kent Nagano en abril, en Hamburgo. Será una obra muy importante. También voy a componer un concierto de flauta para Emmanuel Pahud y la Zurich Tonhalle Orchestra, más otra obra para la Orquesta Filarmónica de Berlín. Hasta tengo sobre la mesa una nueva ópera para 2024.
Hay dos compositores que le han marcado de forma especial, Helmut Lachenmann e Isang Yun, ambos muy distintos. ¿Qué aprendió de cada uno?
Le citaré algunos más. Yun, pero también Toru Takemitsu, ambos me mostraron el camino de cómo ser asiático y componer hoy. Los dos representan mis raíces estéticas y me instruyeron para conectar con la música tradicional. Luego está Lachenmann, sí, pero querré añadir a Klaus Huber y Heinz Holliger, todos ellos mentores absolutamente relevantes. Me enseñaron a entender cómo piensan los compositores europeos, me dieron perspectivas que yo no tenía. Son muy diferentes a mis pensamientos musicales, pero sus obras me resultan enormemente estimulantes.
¿Es inevitable mencionar a Takemitsu si hablamos de música japonesa en el siglo XX?
Sí, realmente él es en esta parte del mundo el único compositor destacado durante el siglo pasado. Hubo más, pero ninguno con tanta relevancia como Takemitsu. Luego, si pensamos en hoy día, hay otro problema: muchísimos jóvenes compositores son refractarios a la música europea. Mi propia obra se toca más en Europa que en Japón. Y la escena de la música clásica en este país es bastante conservadora.
Un concepto suyo muy particular a la hora de hablar de la composición es la caligrafía del sonido. ¿Qué quiere decir con esto?
Si escucha música vocal tradicional japonesa como Shomyo (canto budista) o No Chant, podrá entender que la línea vocal suena como si fuera caligrafía. Esas líneas están escritas en el aire y en el espacio. Mi música es una extensión de mi voz, una especie de canto con instrumentos en el aire y en el espacio. Esta morfología sonora tiene forma de caligrafía. Y esta, a su vez, necesita espacios en blanco en la que escribirse, el silencio. Ojo, yo no pretendo componer música japonesa o música exótica, hago lo que creo que debo hacer, que sea más o menos aceptado no me resulta importante. Solo quiero componer música hermosa para mí.
¿Cómo se relaciona con obras suyas que quedan muy atrás en el tiempo, pienso por ejemplo en su oratorio Voiceless Voice in Hiroshima (1989)?
Llevo cuarenta años componiendo y una obra como la que cita y otras muchas me suenan como si fueran de una vida anterior. Mi música a veces es un retrato de historias personales, de mis antepasados, de mi país…
Ha estrenado cinco óperas y tiene una sexta en proyecto, ¿qué le interesa tanto del género?
Trabajar con otros artistas que no pertenecen al mundo de la música es algo muy emocionante. También me permite llegar a audiencias más amplias. Mi profesor, Takemitsu, compuso muchísima música para películas, que son obras fantásticas. Yo no he tenido esa oportunidad, pero sí que, en cambio, he podido hacer óperas. Y seguiré creándolas en el futuro.
Ismael G. Cabral
[Fotos: Fundación BBVA]
Entrevista publicada en el nº 371 de SCHERZO, correspondiente a marzo de 2021.


