Stravinski por Bernstein

Stravinski por Bernstein

Bernstein conducts Stravinski. Histoire du soldat (selección), Octeto, Le sacre du printemps (dos versiones), L’Oiseau de feu, Concierto para piano e instrumentos de viento, Pulcinella suite, Petrushka, Oedipus Rex, Sinfonía de los salmos / New York Philharmonic, Boston Symphony Orchestra, London Symphony Orchestra / Sony (6 CD).

¿Era Bernstein un verdadero stravinskiano? Sin duda era uno de sus mejores intérpretes, pero no creo yo que se tomara en serio al compositor cuando éste hablaba sobre sus partituras. Sabida es la historia de cómo descalificó las versiones grabadas por el propio Stravinski (están editadas por Sony en una enorme caja negra) de quien dijo que era el más grande compositor del siglo XX, pero un pésimo director (terrible). De hecho, nunca respetó el rigor que el compositor exigía a los directores (a quienes despreciaba) sobre los tempi y la literalidad minuciosa de su escritura. Bernstein se inventó un Stravinski más suyo que del ruso, pero de una eficacia deslumbrante.

En esta muy interesante caja de seis CD puede comprobarse con total satisfacción porque incluye el Bernstein de 1947 (Histoire du Soldat), el de 1957-8 (Le Sacre 1, L’Oiseau), el de 1959-60 (Pulcinella), el de 1970 (Petrushka), el de 1972 (Le Sacre 2) y el de 1976 (Oedipus). Hay además una pequeña charla suya sobre Petrushka grabada en 1970. Si el aficionado es muy de Bernstein (como es mi caso) puede añadirle la versión del Sacre que grabó para Deutsche Grammophon en 1984 y así tendrá todo el recorrido a lo largo de casi cuarenta años. Esta última versión, con la Filarmónica de Israel, es, para mí, la mejor de todas, pero le va muy próxima la primera de este álbum, la de 1957, con la Filarmónica de Nueva York, lectura juvenil, nerviosa y muy de la vanguardia neoyorkina de aquellos años. La comparación es instructiva. Quizás sobra, o yo no entiendo por qué se ha incluido, la de 1972 con la Sinfónica de Londres. Realmente no sobresale en ningún aspecto.

He aquí, por tanto, una inmersión total y fascinante en el Bernstein que anduvo toda la vida con Stravinski, a quien adoraba como compositor, pero también menospreciaba como director.