SPOLETO / ‘Ariadna en Naxos’ inaugura el Festival de Spoleto con un gran reparto vocal

Spoleto. Teatro Nuovo Gian Carlo Menotti. 30-VI-2024. Andrew Staples, Anna Lena Elbert, Emily Magee, Gurgen Baveyan, Stuart Patterson, Daniel Noyola, Juan de DIos Mateus, Samantha Gaul, Olivia Vermeulen, Mirella Hagen, Utka Gavuzzo, Camillo Daouk Dirección musical: Iván Fischer. Dirección escénica: Iván Fischer. Co-dirección escénica y coreografía: Chiara D’Anna. Budapest Festival Orchestra. Richard Strauss: Le bourgeois gentilhomme – Ariadne auf Naxos.
Teatro Nuovo Gian Carlo Menotti. 5-VII-2014. Raffaele Pe, Nadja Mchantal, Susan Zarrubi, Joseline Mindus Director musical: Antonelllo Manacorda. Dirección escénica: Damiano Michieletto. Orchestra Nazionale dell’Accademia di Santa Cecilia. Vocalconsort Berlin Christoph Willibald Gluck: Orfeo ed Euridice.
En el tercer año de dirección artística de Monique Veaute, vuelve el Festival de Spoleto siguiendo la estela de la tradición establecida por su fundador Gian Carlo Menotti, y ofrece gran música aunque se haya cancelado el habitual concierto inaugural en la Piazza Duomo: el evocador emplazamiento con la espléndida fachada románica como telón de fondo se sacrifica en aras del cambio climático. Se quería protegerlo de imprevistos fenómenos meteorológicos adversos, como ocurrió el año pasado, cuando hubo que cancelar el concierto en el último momento porque llovió a cántaros durante más de media hora.
Así pues, Ariadne auf Naxos de Richard Strauss fue la encargada de inaugurar este año la 49ª edición del festival. La versión propuesta sustituye el prólogo de la partitura de 1916 por la Suite op. 60 Le Bourgeois gentilhomme del mismo compositor. Es una excelente elección por esa magia insondable que une diferentes elementos que inesperadamente hacen de una representación un acontecimiento.
Sin duda, el reparto vocal fue uno de los puntos fuertes de la producción: aunque en su mayoría eran anglosajones, hicieron gala de una dicción perfecta y preclara. En los momentos corales, se pudo apreciar en el escenario una claridad vocal envidiable junto con una excelente presencia escénica. La Orquesta del Festival de Budapest, reducida a una plantilla de cámara, posee ese sonido seco y centroeuropeo que la dirección de Iván Fisher enfatiza y exalta, subrayando cada momento musical de la composición gracias también a la insólita «teatralidad» acústica de la sala: el sonido volvía por detrás, envolviendo al espectador en un flujo sonoro que le transportaba… ¡al escenario! Emocionante.
Por último, la dirección escénica. Era obra del propio director, Ivan Fisher, en colaboración con Chiara D’Anna, que firmaba también unas coreografías apropiadas que contaban con “clowneries” inspiradas en la commedia dell’arte y el circo, a las que dirigió envuelto en una capa a lo Henry Potter (¿quiso hacerse invisible para dejar sólo a la música como protagonista?), y a veces incluso tumbado…

Fue una puesta en escena casi al estilo de un cómic, que desembocó en las artes circenses de malabaristas y acróbatas, con coloridos trajes de Laura Biagiotti. La escenografía «ingenua» de Andrea Tocchio pareció la de un niño dibujando el mar. Esas olas demasiado azules con una brizna de espuma recordaban el mundo onírico de Jacovitti, la estilización soñadora de Hokusai y la iconografía ingenua de la pintura medieval. Es un rasgo que hace pensar en aquellos dibujos animados de la Europa del Este, cuando el Muro de Berlín aún la dividía del resto del continente, en los que un simple trazo de bolígrafo negro animaba a los personajes siempre acompañado de un comentario musical deudor de Shostakovich. Dibujos animados que, a los niños occidentales, acostumbrados al mágico mundo multicolor de Walt Disney o Hanna y Barbera, nos aburrían.
El reparto vocal fue de gran calibre, abarcando desde la intensidad dramática de las voces de los dos protagonistas Baco (convincente Andrew Staples) y Ariadna (Emily Magee: voz elegante, hierática, onírica en sus visiones) que compitieron en la apoteosis del dúo final, hasta Zerbinetta que tiene un aria de agilidad con una tesitura para hacer temblar las muñecas con esa pirotécnica cascada de interminables notas altas. Anna Lena Elbert las alcanzó aunque llegó con un poco de esfuerzo, pero llegó.
En Orfeo ed Euridice de Christoph Willibald Gluck, la dirección escénica de Damiano Michieletto sustituyó la mordedura de la serpiente, ahora demodé, por un suicidio más «moderno», ya que Orfeo tiene la intención de abandonarla. De hecho, corre a su cabecera con una maleta mientras Ariadna se corta las venas. Toda la dirección escénica se desarrolla en el camino que recorre Orfeo para encontrar a Eurídice, a la que buscará bajo la masa informe de cuerpos de las Furias. No puede evitar buscarla. Vuelve a perderla. Pero el Amor, impresionado por tanta dedicación, los perdona. Toda la ópera vive consecuentemente de la idea de Michieletto. Es un ejemplo típico de un estilo moderno de dirección escénica que se injerta felizmente en un tema mitológico.
La Orquesta de la Accademia Nazionale di Santa Cecilia abordó esta ópera bajo la batuta de Antonello Malacorda. No fue una interpretación particularmente brillante de la partitura. No emocionó ni en los momentos líricos ni en la Danza de las Furias.
En su globalidad, la interpretación supo mantener alto el patetismo y la vis dramática. Raffaele Pe interpretó a Orfeo con agudos brillantes y buen volumen: una voz capaz de un gran virtuosismo pero muy débil en la interpretación, sin pathos, sólo técnica. Pirotecnia. Ni siquiera la dicción estuvo muy clara: se entendió mejor el más que excelente Vocalconsort Berlin. Por el contrario, la Eurídice de Nadia Mchantal, que presume de una gran voz, estuvo llena de sentimiento. La escenografía de Paolo Fantin favoreció el color neutro del blanco. Una solución buena para cualquier contexto: rara vez se puede uno equivocar. Se trataba de una coproducción con la Komische Oper de Berlín, donde ya cosechó un éxito tibio.
Franco Soda


