Sobre la lentitud

Sobre la lentitud

Sviatoslav Richter no era un músico tendencialmente lento. Sin embargo, cuando se lo proponía, podía ser lento como el que más. La lentitud de Richter cosechó resultados geniales en Schubert (Sonatas D 960 y D 894), pero existen otras piezas en las que el pianista lució lentitudes sobrecogedoras. Una de ellas es el Preludio en mi bemol menor BWV 853 del Primer Libro del Clave bien temperado de Bach.

Richter empezó a tocar en público el Clave bien temperado en los años de la Segunda Guerra Mundial: el Segundo Libro en 1943, y el Primero en 1944. Hasta aquel momento, el único Bach que figuraba en los recitales de los pianistas rusos era el de los arreglos de Busoni y Liszt. Si exceptuamos a Samuil Feinberg, el Clave bien temperado se consideraba allí como una obra didáctica, más apta para las clases del Conservatorio que para las salas de conciertos. Richter dio un vuelco a esta ecuación, si bien es cierto que sus programas bachianos no siempre eran del agrado del público. Recuerda el pianista que en Tiflis, después de tocar el Primer Libro, la gente le suplicó que hiciera algo de Schumann: “Les obsequié con el Segundo Libro”.

Como en otros temas, Richter tenía unas opiniones muy personales también sobre el Clave bien temperado: “Por algún motivo, decidí que el Primer Libro representaba la música pura, las matemáticas de las esferas superiores.” No ha de sorprender por lo tanto si su interpretación del Preludio BWV 853 da la sensación de moverse en una dimensión ultraterrenal, en un mundo de esencias depuradas y etéreas, de materia impalpable y tiempo suspendido. De entre las versiones que conozco, Barenboim es el que más se acerca aquí a las lentitudes de Richter. El pianista argentino estira la duración de la pieza, pero lo hace trabajando en la resonancia, en la continuidad de la línea y el lirismo: el suyo es un canto dilatado, pero profundamente humano. Richter, en cambio, toca las notas como si fueran puntos inmaculados, estrellas: una distancia más o menos perceptible su insinúa entre ellas.

Dicho así, se podría pensar en una lectura sofisticada, alejada de toda naturalidad. Nada de esto. La lectura de Richter irradia por el contrario un candor, una sencillez y una sinceridad conmovedoras. Todas estas cualidades son más evidentes, si cabe, en este registro en vivo de 1962, con un timbre más cálido que la conocida grabación en estudio de 1970 y un metrónomo algo más lento todavía. Aquí, Richter parece descargar realmente el significado de la música en los espacios entre las notas.

Lo cuenta él mismo: el Preludio BWV 853 fue la primera pieza del Clave bien temperado que Richter aprendió a tocar. Lo hizo a petición de su madre, cuando aún vivían en Odesa. Tal vez esta circunstancia guarde una secreta conexión con la acusada lentitud que el pianista empleaba aquí. Escribe Milan Kundera que “hay un vínculo estrecho entre la lentitud y la memoria, entre la velocidad y el olvido… En la matemática existencial, esta experiencia adquiere la forma de dos ecuaciones elementales: el grado de lentitud es directamente proporcional a la intensidad de la memoria, el grado de velocidad es directamente proporcional a la intensidad del olvido.” Contemplada de esta perspectiva, la lentitud con la que Richter acomete el Preludio BWV 853 podría verse como el paradójico efecto de un tiempo al revés, un avanzar que es al mismo tiempo el regreso a una condición de pureza originaria, a aquellos años de infancia en los que el pianista estudiaba esta pieza para su madre.