Sin discos no hay paraíso

Cuando se redacta este editorial, la Orquesta Nacional emprende su gira alemana y la Orquesta Sinfónica de Galicia prepara la suya por el Reino Unido. A la formación coruñesa se le ha añadido por cuenta y riesgo del promotor el Spanish delante de su nombre de pila en un poco acertado ejercicio de marketing por parte de los organizadores que se sostiene en que no haya confusión entre la Galicia española y la Galitzia que comparten Polonia y Ucrania. La decisión es estética y políticamente discutible, pero nos lleva también al terreno de la realidad cuando se habla con demasiada alegría de prestigio internacional o de relevancia histórica. Porque para que ese prestigio y esa presencia sean verdaderamente constatables todavía quedan por dar unos cuantos pasos que las orquestas españolas necesitan emprender si de verdad quieren contar en la competencia internacional por un lugar entre las mejores o, al menos, entre las que pertenecen a su mismo rango.
El primero y fundamental son los discos. Que en 2025 la actividad de las orquestas españolas en ese ámbito haya sido tan escasa es para hacérselo pensar. Una gira es de ámbito local pero un buen disco es global. A pesar de la crisis estructural del sector, la promoción de cualquier orquesta o teatro con pretensiones más que razonables sigue ligada a una actualidad discográfica que, para hacerse posible, debe pasar o por la producción propia o por el convenio con empresas de ámbito internacional y, en todo caso, por una buena distribución, pues el buen paño hace ya mucho tiempo que no se vende en el arca. Lo han entendido estupendamente el Teatro Real y el Gran Teatre del Liceu con la edición en dvd, y en firmas de toda garantía, de sus producciones.
Hoy en España tenemos un ejemplo muy claro con Mark Elder, el actual director musical del Palau de les Arts. Con su llegada como titular a la Hallé, una orquesta no puntera, comenzó la edición de una serie de discos bajo su propio sello, dedicados sobre todo a música inglesa. Sinfónica de Londres y Filarmónica de Londres han hecho lo propio creando también su marca discográfica, muchas veces con grabaciones en vivo que, a tenor de la calidad de ambas centurias, acaban figurando entre las referencias del gran repertorio. La Filarmónica de Berlín, la Orquesta de Cleveland, o la Sinfónica de San Francisco son muestras señeras y aparentemente inalcanzables. Pero también, a otra escala, orquestas de la radio como la SWR o la HR en Alemania, cuyas propuestas proceden de sus propios conciertos, cosa que, desde hace años, podría haber sido un modelo a seguir para la de RTVE, cuyo archivo languidece en su página web.
La crisis aguzó igualmente el ingenio de responsables de sellos que contaron con orquestas no de primerísima línea para un repertorio muy específico. Así Robert von Bähr desde la sueca BIS con orquestas nórdicas, pero también para obras no necesariamente “nacionales” como hizo con la Orquesta Sinfónica de Sao Paulo o la propia Sinfónica de Galicia. Entre nosotros, la Euskadiko Orkestra fue pionera en su colaboración con Claves y Ondine y la OBC tiene en la marca del Auditori su percha propia, muestran una cierta política que no les ha ido mal.
La ONE, por su parte, no ha logrado ir más allá de las buenas intenciones como demuestra hoy que sea más fácil encontrar los discos dedicados a Ginastera por la BBC Philharmonic dirigida por Juanjo Mena que el suyo con el mismo maestro al frente. Una política errática, sobre todo en cuanto a promoción y distribución, que se encuentra ahora con una verdadera posibilidad de cambio con la llegada a la titularidad de un director tan mediático como Kent Nagano.
Por cierto, Roberto González-Monjas, titular de la OSG graba regularmente con sus otras orquestas para Claves, Berlin Classics o Deutsche Grammophon. Curiosamente, Robert Treviño, mientras fue titular de la EO prefirió grabar las sinfonías de Beethoven con su otra orquesta, la Sinfónica de Malmoe, mientras con aquella abordaba un Ravel teóricamente más cercano pero menos arriesgado.
No es de extrañar que fuera se nos conozca poco. No estamos en el mercado. Y para estarlo nuestras orquestas necesitan políticas imaginativas desde el conocimiento real del terreno que pisan. Y en cuanto a sus contenidos, dar el salto, atreverse no sólo con el repertorio patrio sino con ese otro, el canónico, que marca siempre la verdadera vara de medir y que están en condiciones, como demuestran en sus temporadas, de hacer muy bien. ¶


