SEVILLA / Xabier Anduaga: en la recta final del asentamiento

Sevilla. Teatro de la Maestranza. 7-XII-2025. Xabier Anduaga, tenor. Maciej Pikulski, piano. Obras de Bellini, Tosti, Liszt, Donizetti, Verdi, Hahn, Guerrero y Sorozábal.
Seguimos la carrera del donostiarra Xabier Anduaga desde hace unos cuantos años. Fue en 2017 cuando lo escuchamos por primera vez. En el cartel de La cenerentola de Rossini, donde el joven tenor se desenvolvió a satisfacción, apuntando ya cualidades muy positivas que el tiempo no ha hecho sino proyectar y mejorar. Hemos asistido a algunas de sus actuaciones posteriores (recitales, La Sonámbula, La traviata) y comprobado sus avances y mejoras. En esta actuación sevillana lo hemos visto casi totalmente seguro de sus medios, con el aplomo propio de un veterano.
Respiraciones justas, apoyo idóneo, general afinación, fraseo convincente y caluroso, extensión, homogeneidad, soltura y seguridad en la tarima; y ciertos y pasajeros toques nasales. Siempre con una actitud severa, con ligeros asomos de sonrisa y un habitual trasiego delante del piano. No canta envarado, sin moverse, y actúa y expresa, siempre dentro de una contención muy loable. Cada vez hurga en mayor medida en la expresión de lo que canta y trata, consiguiéndolo con frecuencia, de expresar, de llegar al oyente, aunque sin salirse de una agradable sobriedad.
La voz es ahora, tras la correspondiente evolución, la de un lírico-ligero con tendencia a lo lírico puro. Sobre todo en una primera octava de mayor densidad, de sano colorido, con reflejos soleados y una apreciable firmeza. Recuerda a veces, pasajeramente, a un joven Pavarotti o a un sano y fresco Carreras, aunque la técnica, la solidez emisora y la igualdad sean superiores a las de este, que, como sabemos, escaló paulatinamente los terrenos del lírico o lírico-spinto; sin serlo del todo verdaderamente.
Anduaga asciende hacia la segunda octava como un tiro, sin aparente esfuerzo. Tiene estupendamente solucionado el pasaje de registro y los sonidos no se apagan o pierden posición en esa franja —Mi-Fa-Fa sostenido—, lo que hace igual la emisión. Situado ya arriba, del Sol hacia lo alto, es notable el brillo tímbrico, en este caso el propio de lírico-ligero, a veces más ligero que lírico. Ataques fúlgidos, directos, seguros, firmes. Y, algo relevante, que ya apuntaba desde hacía tiempo: la facilidad para realizar pianos y pianísimos a voluntad y trabajar las variaciones dinámicas. Gusta de rizar el rizo, en ocasiones sin necesidad rompiendo la línea de canto y acceder a sonoridades afalsetadas —falsete o falsettone— de fino trazo, que regula con habilidad. Puede que abuse de ellas sin establecer las convenientes transiciones.
Puso de manifiesto esa habilidad en numerosos y a veces inesperados instantes, como en la parte final del primer Soneto, Pace non trovo, de los tres dedicados a Petrarca por Liszt: la voz trabajó una larga frase en pianísimo ascendiendo al establecido sobreagudo. Una exhibición sin duda, aunque pudiera discutirse desde un punto de vista estrictamente musical. A lo largo de la sesión prodigó, no siempre justificadamente, momentos de este cariz, saltando buenamente del forte al bordado fino. Pero son detalles que gustan al público, que los agradece, particularmente cuando se muestran si aparente esfuerzo.
La voz, y eso es muy importante, estuvo siempre en el fiel y el tenor mantuvo en todo momento una actitud distendida y una frescura muy loables. Podría haber dado no tres propinas, sino muchas más. Empezó su labor, para ir calentando la voz en un recital heterodoxo y algo anárquico, y siempre apoyado en el preciso y cristalino piano de Maciej Pikulski, con cuatro canciones italianas muy conocidas: La ricordanza —tan operística— de Bellini y tres de Tosti: Ideale, L’ultima canzone y A vucchella. Luego la imponente Fra poco a me ricovero con su recitativo previo Tombe degli avi miei de Lucia di Lammermoor de Donizetti, fraseado con delectación, aunque a falta de un reposo mayor. Y de una expresividad más lacerante. A La donna è mobile le habríamos pedido una fachenda más evidente y una mayor lentitud. La fermata y el Si natural de cierre fueron mejorables.
En su punto Flor roja de Los Gavilanes de Guerrero, con pianísimos bien elaborados, y bien expuesta la famosa No puede ser de La tabernera del puerto de Sorozábal. En las propinas, lógicas ante el gran éxito de un público cada vez más entregado, un O sole mio de Di Capua, relativamente mediterráneo y no especialmente expresivo, y un Adiós Granada de Emigrantes de Barrera, con excelentes caracoleos. Hay que anotar que el tenor tuvo siempre el puntual apoyo del citado Pikulski, un pianista conocedor, expresivo, fraseador exquisito, amigo de sonoridades aterciopeladas y de refinados reguladores, que ofreció a solo una magnífica paráfrasis del Cuarteto de Rigoletto y una adaptación del lied Ständchen de Schubert, ambas de Liszt. Y que tocó con calor, más que el desplegado por el propio tenor, tres hermosas y quedas mélodies de Hahn: À Chloris, L’Heure exquise y Si mes vers avaient des ailes. Cumplidas y bien trabajadas notas al programa de Carlos Tarín.
Arturo Reverter


