SEVILLA / Una incomprensible carta blanca

SEVILLA / Una incomprensible carta blanca

Sevilla. Teatro de la Maestranza. 20-02-2020. Daniel Gurfinkel y Alexander Gurfinkel, clarinetes. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Director: Benjamin Yusupov. Obras de Mussorgski, Yusupov, Chaikovski y Rimski-Korsakov.

Se lee en la nota biográfica del director de nacionalidad israelí Benjamin Yusupov lo siguiente: “Su música no está limitada por clasificaciones de género o modismos culturales y étnicos, sino que abarca y emplea todos los estilos e influencias para crear su propio lenguaje musical único como compositor y director de orquesta”. ¿Qué querrá decir, en el fondo, esta perorata?, ¿qué compositor sobre la faz de la tierra no compone hoy lo que le venga en gana?, ¿por qué tiene que arropar y proteger su música con esta cantinela justificativa?

Después de escuchar su extenso concierto, Imágenes del alma (2010), concluimos que la razón de lo anterior es que esta música, la de Yusupov, es tan endeble que ha de poner barreras frente a una realidad —la de la música de creación actual— de la que es completamente ajena. No es mala música, si lo que pedimos a una composición es que esté bien zurcida y que nos provea de cierta dosis de pirotecnia. Pero su audición íntegra se hace fatigosa porque cada movimiento sonroja más que el anterior. Es curioso no obstante que su primer movimiento —Rumias onomatopéyicas (sic)— mantenga un gran pulso. Comienza de manera amenazante, obstinada, y por un momento parece que vamos a escuchar una sinfonía del enorme olvidado armenio Avet Terterian, con sus obras de insoportables climas oscuros, negrísimos. La aparición del segundo clarinetista, avanzando hacia el escenario, crea cierta sensación de extrañamiento y se proponen logradas heterofonías y ecos sagaces. Bien hasta ahí.

Y ya. Porque lo que llega después, en los tres movimientos restantes, es una música panderetera, que tan pronto convierte a la orquesta en una fiesta klezmer que la aboca a una epidérmica orgía rítmica a lo Ginastera. ¿Se quería un buen concierto para dos clarinetes y orquesta? Óigase Zeit in Grund, de Nikolaus Brass. No se entiende que en una temporada de abono en la que la música de creación está tan ausente se dé alas a una partitura tan irregular como esta. En Sevilla no es que se desconozca el 99 por ciento de la música de la segunda mitad del siglo XX, es que no se ha escuchado una sola nota de quienes de verdad cuentan algo hoy: los Sciarrino, Furrer, Ferneyhough, Neuwirth, Lachenmann, Reich, Posadas, etc, etc… Que la Sinfónica tocara tan bien la obra de Yusupov no hace sino constatar la inmensa fortuna de la que gozaríamos si alguna vez decide emprender, si quiera de vez en cuando, territorios sonoros más audaces y sobresalientes. Los virtuosos hermanos Gurfinkel, solistas en el concierto, se marcaron en el bis para seguir con el tono un intrascendente popurrí de un célebre musical.

El programa había comenzado con una versión plana y deslavazada de Una noche en el Monte Pelado, ausente de conflicto. En la segunda parte el Capricho italiano de Chaikovski puso las cosas en su sitio con una orquesta que se las sabe todas en este repertorio y con un director, Yusupov, que se entregó a una lectura paladeada, muy arrobada, de una música que permite todos los excesos de azúcar que se quiera. Terminó luego con el Capricho español de Rimski-Korsakov, donde se repitió el mismo patrón y en la que se apreció, en los profesores, cierta impresión de rutina debido a un programa tan escasamente atractivo a estas alturas.

(Foto: Guillermo Mendo)