SEVILLA / Tarde de magia con Plasson y la ROSS

SEVILLA / Tarde de magia con Plasson y la ROSS

Sevilla. Teatro de la Maestranza. 25-IX-20. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Director: Michel Plasson. Obras de Fauré, Gounod y Ravel.

Parecía la opción de un coach bien entrenado en cuestiones de manejo de público y de intérpretes. Comenzar una temporada tan difícil como esta situando al frente a un maestro veterano y querido en la ciudad como Michel Plasson era, sobre el papel, una formidable opción. También lo fue, digámoslo ya, en la práctica.

Con 86 años Plasson asumía la dirección de un concierto breve pero dicho en una sola línea para evitar pausas, trayendo consigo un repertorio que, en el pasado, ya había hecho en este escenario y con esta orquesta. Un programa que dirigió de memoria y en el que demostró ser un especialista por mor de interpretaciones un punto ensimismadas, arrobadas, más buscando lo nostálgico que lo puramente descriptivo.

En la suite de Pelléas et Mélisande, de Fauré, buscó la dulzura por encima de cualquier dramatismo, una opción tan válida como cualquier otra, aunque ello fuera en detrimento del último segmento, La muerte de Mélisande, que quedó algo desdibujada y alicaída. Los profesores de la Sinfónica, encantados con la visita, siguieron las lacónicas pero justas indicaciones del maestro francés; que ya traía todo muy encajado de los ensayos.

Sorprende haber tenido la segunda ocasión de oír la Sinfonía nº1 de Charles Gounod en este teatro; una obra muy de circunstancias y francamente endeble. Debe ser, barruntamos, que Plasson siente algún apego personal hacia una partitura de hechuras clásicas y escasos vaivenes románticos que fue interpretada con una cuerda demasiado aterciopelada. Las ligerezas de Gounod pedían un tono, en general, más agreste y saltarín.

Con Mi madre la oca, de Ravel, concluyó esta primera cita de la temporada de abono. Hubiera sido mejor opción la audición del infrecuente ballet completo en lugar de la sempiterna breve suite. Aunque acaso esto hubiera demasiado pedir para Plasson, un director que a esas alturas ya daba naturales muestras de cansancio y que, aun así, llevó al límite de lo posible la capacidad de fascinación de unos pentagramas a los que imprimió un aire cinematográfico. En La emperatriz de las pagodas y, singularmente, en el Diálogo de la Bella y la Bestia, la lectura se volvió burlona y seductora, toda ella presa de un tono de ensoñación subrayado por la percusión y la celesta, muy presentes, muy en primer plano, como el violín del concertino Eric Crambes.