SEVILLA / ROSS: Epopeya húngara con Bartók como destino

Sevilla. Teatro de la Maestranza. 17-I-2025. Eldar Nebolsin, piano. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. György Rath, director. Obras de Liszt, Ligeti y Bartok.
A la espera de que, la próxima temporada, Lucas Macías asuma la dirección artística de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla (ROSS), lo cierto es que el maestro onubense va a encontrar al conjunto en una espléndida forma. Así demostró estarlo en este concierto de abono del que se hizo cargo el bien conocido por los profesores, György Ráth, quien –por cierto– ostentará en el futuro próximo la condición de principal director invitado.
La buena sintonía entre Ráth y la ROSS quedó patente ya en Los Preludios, de Franz Liszt, que abrió el programa. Fue una lectura efervescente y un punto ampulosa en la que la batuta no perdió nunca de vista el dibujo de la melodía pese a la intensa transformación temática a la que la somete el avanzar de la partitura. Hubo subrayados enérgicos –en el conjunto de los ocho contrabajos, en los imponentes metales– como si se persiguiera fracturar el clima. Por lo mismo, Ráth trabajó con intensidad las dinámicas y agudizó los perfiles. Si algo demostró con todo ello es que no es solamente el clásico director solvente y aseado; adjetivos que suelen despachársele.
En el Concierto para piano y orquesta nº 2 de Liszt, Eldar Nebolsin trabajó codo con codo con la ROSS sin necesidad alguna de entrar en batalla. Esto es, ambos se dejaron hablar y, con ello, fueron escuchados. Apenas hubo problemas de equilibrios en una página en la que suele haberlos –si caso, solo puntualmente las cuerdas amilanaron un poco al solista en los pasajes más feroces–. Sin embargo, aquí el director sí se mostró más prudente en las decisiones estéticas y pecó de excesivo formalismo. Nebolsin, por lo demás, en estupenda sintonía, basculó entre el intimismo y lo enérgico con una lectura muy idiomática.
En el Concierto rumano, György Ligeti parece estirar las costuras de lo que, en el momento de su creación (1951), se consideraba admisible. Algo de lo que empezaría a hacer después (mucho, mucho más interesante) se percibe en el Adagio ma non troppo. Viene a ser como Schoenberg cuando exprimió como un limón lo que quedaba de la vieja música en su Noche transfigurada. Solo que esta es una página danzable y risueña que mira al folclor y que fue dicha con enorme esmero por la Sinfónica de Sevilla haciéndola parecer aún mejor música de la que es. Ayudó a ello la concertino Alexa Farré en unos solos zíngaros que trazó sin respiro y con total desparpajo. Lo mejor llegaba al final con la suite (algún día se deberá programar el ballet en su integridad, ojalá) de El mandarín maravilloso, de Béla Bartók. Ráth no solo demostró sabérselo a la perfección, también quiso dejar huella en la partitura con una ejecución absolutamente stravinskiana (esto tampoco es sorpresa ante esta música), más que ello, plena de desaceleraciones e implosiones de marcado carácter teatral, llegando a un paroxismo casi grotesco en el final.
Ismael G. Cabral
(foto: Marina Casanova)


