SEVILLA / Reencuentro con el otro ‘Barbero’, el de Paisiello

Sevilla. Teatro de la Maestranza. 10-V-2026: Santiago Ballerini (Lindoro/Almaviva), Aitana Sanz (Rosina), Pablo Ruiz (Bartolo), Darío Solari (Figaro), Pietro Spagnoli (Basilio), Luis Raspaqueso (Giovinetto/Alcalde), Andrés Merino (Svegliato/Notario). Orquesta Ciudad de Granada. Director: Lucas Macías. Coproducción de la Orquesta Ciudad de Granada y el Teatro de la Maestranza. Paisiello: El barbero de Sevilla. Versión en concierto.
Allá por la década de los ochenta la Universidad Menéndez Pelayo organizó unas jornadas sobre la Ópera y Sevilla y el historiador Ángel González dio una lección magistral sobre “De Paisiello a Rossini”. Decía allí que la música de Paisiello no era más que “un lugar de espera”, ese en el que Almaviva espera a que Rosina sea al fin suya. El Almaviva de Paisiello era un reloj en mano atendiendo a que se cumpliera la ceremonia cotidiana del galanteo, mientras que el de Rossini, menos seguro de su triunfo, lograría su objetivo gracias a su canto enamorado. En Paisiello la acción se precipita en el embrollo sin mediaciones ni intervalos dramáticos, y el libreto no encuentra oportunidades para caracterizar a los personajes, aunque Don Bartolo se esfuerce por conservar su propia voz, canta solo y contra todos, frente a la uniformidad del embrollo en los demás. En el Barbero de Rossini los tres compinches – Almaviva, Fígaro y Rosina – están mucho mejor caracterizados. Son la expresión del poder seductor de la música ante el cual toda precaución es inútil.
Estas diferencias entre los dos Barberos no resultan fáciles de percibir en la versión de concierto del de Paisiello. Su libreto, está ya más que demostrado, no es de Petrosellini, aunque se siga exhibiendo su nombre con incomprensible falta de rigor filológico. Es un mal libreto, anónimo, confuso y embrollado, sobre todo si lo comparamos con el de Sterbini, y que en absoluto se presta a que se le prive de su dimensión escénica. De todos modos, el buen hacer del director musical, Lucas Macías, a su vez director artístico de la Orquesta Ciudad de Granada y titular de la Sinfónica de Sevilla, consiguió ofrecer a un público deseoso de conocer los antecedentes de su Barbero por antonomasia, unas horas de altísima calidad musical. Contaba para ello, aparte de la formación granadina, con un elenco de primera fila en su conjunto. El Lindoro/Almaviva del italoargentino Ballerini mostraba una voz lírica y bien timbrada, seductora, que se lució incluso como buen actor en su serenata al fondo de la orquesta. La de su Rosina, la soprano valenciana Aitana Sanz, resultó al principio algo pequeña, pero se fue creciendo y convenció en su aria de exaltación de la primavera, desafiando con brillantez sus sobreagudos. El Fígaro de Paisiello no tiene ni el protagonismo escénico ni la rotundidad musical del de Rossini, pero fue bien defendido por Solari, como lo fue también el Basilio del veterano Spagnoli, muy aplaudido en su aria de la “calumnia”. Y la voz más poderosa la del onubense Pablo Ruiz, que mantuvo un nivel de primerísima fila a lo largo de su exhaustiva actuación, y añadamos su clarísima dicción. Cumplieron su misión Raspaqueso (Giovinetto/Alcalde) y Andrés Merino (Svegliato/Notario) con gran sentido de la comicidad. En resumen, una versión modélica por conjunción de voces e instrumentos. Bienvenido este Barbero a su Sevilla, y esperemos que pronto lo podamos ver en toda su teatralidad.
Jacobo Cortines
(foto: Guillermo Mendo)


