SEVILLA / ‘Maria Padilla’ con final feliz

Sevilla. Teatro de la Maestranza. 2-IV-2025: Kristina Mkhitaryan, Francesco de Muro, Andrey Zhilikhovsky, Silvia Tro Santafé, Óscar Oré, David Lagares, Carolina Rotela, Julio Ramírez. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla y Coro del Teatro de la Maestranza. Director musical: Sasha Yankevych. Versión en concierto. Donizetti: Maria Padilla.
Difícil es saber qué es lo que ocurrió sobre el escenario en el final de esta ópera en concierto. Según el argumento del libreto de Gaetano Rossi, Maria, tras arrebatarle en la Catedral de Sevilla a su rival Blanca de Borbón la corona, ceñírsela a sí misma, y ser reconocida por Don Pedro como su legítima esposa, muere de emoción, ya que la censura de la época prohibía que una reina se suicidara en escena. Y en una de las ediciones del la ópera se lee que tanto Don Pedro, como Don Ruiz (padre de la Padilla), como el Coro, reconocen que Maria acababa de morir; pero en el libreto monolingüe (en español) que publica el Teatro Maestranza las últimas palabras son las que pronuncia Maria: “No existe corazón/más feliz que el mío”, y no hay indicación alguna de que muera, ni ningún personaje lanza ya exclamación alguna. De tal manera que después de tres horas en las que el espectador, atrapado por el belcantismo, creía estar asistiendo a una tragedia en toda regla, a un dramón amoroso como a los que nos tiene acostumbrado el compositor de Bérgano, lo que escucha desde el escenario al final de la ópera es la felicidad de la protagonista: nadie más feliz que ella gracias al amor de su esposo y de su padre.
Pero si esta ópera se hubiese escenificado, el espectador no se encontraría en esa confusa situación. Habría visto a Doña Blanca, personaje que no canta, pero que actúa, y la hubiera visto caer desmayada tras la actitud agresiva de Maria. Habría visto también como María caía muerta y cómo su cadáver provocaba el espanto y la compasión de quienes la rodeaban en el recinto catedralicio. Todos los actos cobrarían su sentido con ese trágico final, no por conocido, histórica o legendariamente, menos dramático. El género operístico necesita su escenificación como elemento constitutivo. Muy raras son las óperas que en concierto soportan esa merma, y entre estas no están precisamente las de Donizetti, y menos una tan compleja como esta Maria Padilla.

La ópera es de tal riqueza musical y dramática que hubiera reclamado muchas horas de ensayo, pero a última hora hubo que cambiar al director, el veterano Riccardo Frizza, indispuesto, por el joven ucraniano Sasha Yankevich, que en sólo cinco días, con apagón incluido, se vio obligado a montar semejante obra. De ahí que al comienzo orquesta y coro no sonasen con el empaste que hemos oído otras veces. Pero todo fue mejorando a lo largo de la noche, hasta alcanzar en la escena primera del acto tercero una calidad musical verdaderamente excelsa.

Al elenco de voces no se le podía pedir más; la Maria de la soprano rusa, Kristina Mkhitaryan, aparte de tener una poderosa presencia escénica, poseía una voz de verdadera diva, capaz de superar las agilidades mas comprometidas y con un dramatismo, lírico y carnoso, muy en consonancia con su personaje. También fue sustituido el barítono canadiense Etienne Dupuis por el moldavo Andrey Zhilikhovsky, una voz de una potencia portentosa, pero que también sabía apianar y conseguir su intimismo en los pasajes que así lo requerían. Frente a la pareja de enamorados, estaba Don Ruiz, encarnado por el tenor Francesco de Muro, que sostuvo un impresionante dúo con su hija Maria. Una voz limpia que fue a más en su escena de la locura, pero que no dejaba de resultar extraña en la elección del compositor, como igual ocurría con la de Don Pedro. Según las convenciones operísticas, al enamorado protagonista, Don Pedro, le correspondería la de tenor y no la de barítono, por muy brillante que esta fuese; y a la del padre, al viejo moralista, la de un bajo, como la del Comendatore en Don Giovanni o la de Monterone en Rigoletto, y no la de un tenor lírico. No parece tener esto resuelto la insuficiente filología musical de esta partitura sin una edición crítica definitiva. Muy bien secundó a los tres papeles mencionados la mezzosoprano Silvia Tro, como Inés, conocida desde hace años en este coliseo por la excelencia de su canto. Rotundo como siempre David Lagares como el feroz Albuquerque y bien el resto de comprimarios, como el coro, que superó sus dudosos comienzos.
En definitiva, una noche belcantista de primer orden. Lástima que no se escenificase. Hubiera sido la gran comemoración de 34 aniversario de la apertura de este Teatro, y se hubiese saldado la gran deuda que tiene Sevilla con esta ópera de temática, y valga la redundancia, tan sevillana.
Jacobo Cortines


