SEVILLA / Il Giardino más pacífico, Lezhneva apoteósica; noche grande del FeMÀS

Sevilla. Teatro de la Maestranza. 8-III-2026. XLIII Festival de Música Antigua de Sevilla (FEMÀS). Julia Lezhneva, soprano. Il Giardino Armonico. Giovanni Antonini, flauta dulce y dirección. Obras de Vivaldi.
Escuchando al Giardino Armonico durante su comparecencia en el XLIII Festival de Música Antigua de Sevilla lo primero que salta al pensamiento es cómo el tiempo ha atemperado al otrora fiero ensemble barroco. No es que su camino hoy sea otro, pero la ruptura se produjo cuando se tenía que producir, y aun fieles a un estilo nervioso, sincopado, de contrastes acusados y ataques hipertensos; la sonoridad fluye de forma más mansa; incluso cuando, como era el caso, en los atriles reluce (por cerca de casi tres horas) la música de Vivaldi. Todo esto era palpable mientras la formación mostraba, incluso con una voluptuosidad antes impensable, el caudal melódico del Concierto en Sol menor, para cuerda y continuo RV 157.
Quien sin embargo sigue en el afán de un barroquismo desmelenado es Giovanni Antonini. La articulación no fue todo lo sedosa posible en el Concierto en Re mayor para flauta dulce, cuerda y continuo RV 90 “Il Gardellino”; con esta obra llevó el milanés el arte de la ornamentación al límite del paroxismo, desdibujando algunas líneas, pero saliendo ufano del envite virtuoso; una cosa no resta a la otra. Fue como reivindicar los orígenes; en ello también lo acompañó con idéntico ahínco por el revival el conjunto de excelentes músicos (mención especial del concertino, Stefano Barneschi) que lo secundaban.
Sin embargo, por delante de todos ellos, era la noche de la soprano rusa Julia Lezhneva. Para ella se había confeccionado un recital dispuesto a ponerla ante todos los aprietos posibles de la mano de Vivaldi. Y de todos salió victoriosa; hasta seis propinas acabaría dando; lo que —a su manera— respalda lo expresado. La cantante ofreció una lección de coloratura y de estilo. También tuvo ocasión de lucir un instrumento, el suyo, ciertamente particular, capaz de cubrir con el mismo aplomo la tesitura de soprano que la de mezzo, con la que atacó el aria “Destin avaro” de La fida ninfa RV 714. Con la misma fluidez minutos después ensanchó el caudal y la proyección y alcanzó los agudos que le brindaba la partitura de “Vedrò con mio diletto” de Il Giustino RV 717. Con la voz en todo momento bien centrada, es el fiato una de las técnicas que Lezhneva domina con mayor maestría. Su competencia para apianar la voz en “Alma oppressa” de La fida ninfa RV 714 fue prodigiosa, en justa consonancia también con la atención que le dispensó Antonini a la hora de graduar al Giardino para servirle de colchón, de pista de despegue.
Fue un momento de plena comunión entre la solista y los músicos la audición de “Gelido in ogni vena” de Il Farnace RV 711; pura electricidad teatral en las cuerdas junto a la voz aterciopelada de la soprano; de grandísima contención dramática. Fuera de programa, sin embargo, el “Lascia ch’io pianga” haendeliano acusó una imprevista y nada bienvenida tentación operística que le escatimó recogimiento. Otro momento para resaltar fue “Zeffiretti che sussurrate” de Ercole sul Termodonte RV 710 [1723], riquísimo instrumentalmente, también vocalmente, cantado e interpretado con genuina simpatía y delicadeza; y con una capacidad de afinación virtuosa.
Ismael G. Cabral
(fotos: Lolo Vasco)


