SEVILLA / Brillante puesta de largo de Lucas Macías con la ROSS

Sevilla. Teatro de la Maestranza. 11-IX-2024. Real orquesta Sinfónica de Sevilla. Coro del Teatro de la Maestranza. Joven Coro de Andalucía. Emőke Baráth, soprano. Emily D’Angelo, mezzosoprano. Lucas Macías, director. Sinfonías nº 2 ‘Resurrección’, de Gustav Mahler.
Mucho ha arriesgado Lucas Macías, nuevo director titular de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla presentándose ante su público en el primer concierto de abono con una obra tan compleja y enrevesada de dirigir como la Resurrección de Mahler. Pero la apuesta le salió más que bien, fue una interpretación merecedora de la mejor nota. Macías consiguió algo tan difícil en esta partitura como es dotar a su versión de coherencia y unidad expresiva, sorteando los escollos de esos pasajes de exasperante vulgaridad, esos cambios de ánimo continuos, con dinámicas contrastantes de un compás para otro, con texturas de densidad creciente y decreciente. No se dejó llevar por una versión volcada en los extremos expresivos, sino que consiguió, sin perder el perfil bifronte de la música, crear un enorme arco de principio a fin en el que todas las partes encajasen en un todo coherente.
No prescindió de la fuerza y energía de tantas y tantos pasajes, desde esos trémolos acuciantes, bien marcados con fuerza, del inicio del primer tiempo, seguidos de acordes en un remachado staccato. Lo trágico y lo lírico se daban la mano sin rupturas. Se recreó en el fraseo netamente vienés y su lánguido y elegante rubato en el segundo tiempo, para desde ahí lanzar el reflejo grotesco del tercero, pero sin forzar la acidez, como queriendo ofrecer una sonrisa irónica y amable. En el Urlicht emergió la voz serena, aterciopelada, desplegada como una canción al oído, de Emily D’Angelo, que puso toda su sensibilidad en un fraseo medido nota a nota, deambulando del grave al agudo con igual sensibilidad y definición del sonido. La maestría de Macías en materia de control y dosificación de las dinámicas salió relucir en el quinto movimiento, tan rico en crescendi y diminuendi que ponen a prueba la visión global de la obra de cualquier director. Aquí las progresiones fueron todo coherencia y eficacia expresiva, sin excesos ni contrastes bruscos. Y todo para preparar la entrada sotto voce de un coro que hizo lo más difícil, atacar en pianissimo cantando, no susurrando. El empaste de ambos coros (dirigido nada menos que Marco García de Paz) fue soberbio, con unas secciones graves contundentes y una capacidad de matizar el sonido espectacular, consiguiendo no forzar la emisión en los pasajes en fortissimo. Y sobre ellos flotó la voz angelical, dulce, brillante, de Emöke Baráth, con una línea de canto todo delicadeza y capaz de elevarse sobre orquesta y coros sin forzar la emisión.
Todo un triunfo en un teatro lleno que augura una temporada ilusionante tras años de incertidumbres y rutinas.
Andrés Moreno Mengíbar
Fotografía: Mónica Casanova


