Seiji Ozawa, un maestro entrañable

“Estoy contento de poder estar aquí y dirigir este concierto. Con una enfermedad como la mía poder estar aquí es algo que distaba de ser obvio.” Palabras dichas con una sonrisa por el maestro japonés, Seiji Ozawa, cuando en abril de 2016 era entrevistado por el concertino de la Filarmónica de Berlín, Daishin Kashimoto, con ocasión de su retorno al podio de la orquesta, que en esa misma fecha le nombró miembro honorario.
Y palabras muy justificadas. Ozawa, que falleció el martes 6 de febrero a los 88 años, había sido diagnosticado en 2010 de cáncer de esófago, y resulta casi milagroso no solo que sobreviviera tantos años a un tumor tan temible como ese, sino que además lo hiciera con una vitalidad sorprendente. El concierto de 2016, que está en los archivos de la plataforma digital de la Filarmónica berlinesa, es buen testimonio de ello.
La llegada de Ozawa a los podios de las grandes orquestas occidentales fue toda una revolución. Ningún director oriental se había introducido en lugares que parecían reservados a los europeos y algunos (pocos) norteamericanos. En todo ello tuvo una influencia decisiva un director que se cuenta sin duda entre las figuras clave de la dirección de orquesta moderna: Herbert von Karajan. En la entrevista mencionada con Kashimoto, Ozawa relata cómo llegó a Karajan, a través del actor Viktor de Kowa, que conocía bien al maestro. Kowa estaba casado con la soprano Michiko Tanaka, a su vez amiga de Hideo Saito, el primer maestro de Ozawa. Le invitaron al concurso de dirección de Karajan, cuyo premio implicaba, entre otras cosas, convertirse en su asistente. Lo hizo, y Karajan le llevó de su mano (las propias palabras de Ozawa) en todo, incluso en las obras elegidas para su debut en la Filarmónica de Berlín, en 1966: Matías el Pintor, de Hindemith y el Concierto para piano de Schumann con Jorge Bolet.
Más tarde, le llevó a dirigir ópera (una gran desconocida para Ozawa) y le hizo debutar en el Festival de Salzburgo, con la Filarmónica de Viena, en ese mismo año de 1966. La agrupación le nombraría también miembro honorario de la misma en 2010, y Daniel Froschauer, miembro del consejo de la orquesta, expresaba en estos días su pésame recordando que, en 2021, en plena pandemia, el ya muy maltrecho Ozawa solicitó dirigir una vez más la orquesta en la gira, evidentemente complicada por la circunstancia, que la llevó a Japón. Dirigió Ozawa el movimiento lento del Divertimento K 136 de Mozart, y Froschauer declaraba que “la memoria de ese momento me acompañará el resto de mi vida”.
Protegido e impulsado por Karajan, pero también por Bernstein. El propio Ozawa declaraba que la Filarmónica de Nueva York le quería como asistente de Lenny, pero él prefería quedarse con Karajan. Y, una vez más, fue Karajan el que le empujó a irse a Nueva York un año y volver después. Lo hizo en dos ocasiones, y Bernstein, como ocurriera con Abbado, le presentó en uno de sus bien conocidos conciertos para jóvenes. De esta forma, en un hecho que bien puede calificarse de insólito, el maestro japonés fue asistente de dos de los directores más importantes de nuestros días… al mismo tiempo.

Ozawa tenía especial preocupación por el sonido, su claridad, su textura, algo que probablemente absorbió de Karajan. Destacaban en él, además, su enorme versatilidad (desde Bach a Takemitsu, Ives, Ligeti o Messiaen, el maestro japonés no dejaba oportunidad de explorar los más variados repertorios) y su indudable carisma. Su trayectoria no estuvo exenta de algunos conflictos en Boston (donde, pese a todo, permaneció 29 años) y San Francisco, pero fue un director que gozó del aprecio general, afable y cercano. Froschauer destacaba, y no ha sido el único estos días, su humildad. Maestro de gestualidad clara (los videos de hace décadas hablan por sí solos), primero con batuta, y más tarde sin ella, con la amplitud del movimiento mermada solo en los últimos años (el concierto mencionado de 2016 en Berlín aún demuestra una energía insólita teniendo en cuenta su salud) y acercamiento tradicional, alejado de personalismos excesivos.
Se ha achacado a sus interpretaciones una tendencia a ese cuidado extremo de la belleza sonora pero no tanto a penetrar en la enjundia de las obras. Sin embargo, en su rica discografía encontramos lecturas de un gusto artístico exquisito y una elegancia, intensidad y sensibilidad envidiables. Quien esto firma tiene a sus interpretaciones de El lago de los cisnes de Chaikovski, Romeo y Julieta de Prokofiev, Scheherazade de Rimski-Korsakov o El sueño de una noche de verano de Mendelssohn (todas ellas con la Sinfónica de Boston, agrupación que le tenía como Director Musical Honorario) como interpretaciones que se encuentran entre las mejores de la discografía de estas obras.
La Sinfónica de Boston le dedicaba un sentido obituario, en el que destaca no solo su altura artística, lo prodigioso de su memoria (dirigir el estreno de San Francisco de Asís, de Messiaen, sin partitura, lo dice todo) o su contagiosa intensidad en el podio, sino su humanidad, su dedicación a la enseñanza y, como también se ha señalado estos días, su compromiso por acercar países y culturas (incluyendo una gira por la China de Mao en 1979). Descanse en paz un estupendo maestro que para muchos ha sido, sin duda, justamente querido y entrañable, y cuyo legado es, ciertamente, muy significativo.
Rafael Ortega Basagoiti


