Schulhoff y el goce musical

Schulhoff y el goce musical

Si hay una obra musical que me obliga a bajar el volumen cuando la escucho en casa, no es ni la Novena de Beethoven ni la Octava de Mahler o la Elektra de Strauss, sino la Sonata erótica del compositor checo Erwin Schulhoff (1894-1942). Escrita para soprano sin acompañamiento, la Sonata erótica es, en palabras de su autor, “la simulación de un orgasmo cuidadosamente escrito”. Las dos páginas de la partitura incluyen más reguladores que notas, y sobre ellos la cantante ha de emitir todo un catálogo de gemidos, suspiros, jadeos y gritos. Por si fuera poco, al final la protagonista debería sacar un orinal y utilizarlo como corresponde.

Vamos a situar la obra en su contexto. Schulhoff escribió la Sonata erótica alrededor de 1919 y en ella se refleja su momentáneo entusiasmo por la corriente dadaísta como también ocurre en la tercera de sus Cinco piezas pintorescas op. 19, que consta únicamente de silencios (una clara premonición del 4’33” de John Cage, pero con más de tres décadas de adelanto). Se desconoce si la Sonata erótica llegó a interpretarse en vida del compositor. Schulhoff menciona su existencia en una página de su diario a principios de los años veinte del pasado siglo, pero la partitura no se encontró hasta principios de los noventa. A día de hoy, la obra cuenta con al menos dos registros discográficos (Supraphon, Channel Classics) y en Youtube es posible encontrar varias perfomances de la misma. He escogido la versión de Loes Luca, artífice del estreno en tiempos modernos (1993), porque incluye además la reproducción del manuscrito.

Una vena erótica emerge de manera más o menos explícita en todo el catálogo de Schulhoff. Su ballet Ogelala (1922) incluye una “Danza sexual”, mientras que su única y espléndida ópera, Flammen, es una actualización del mito de Don Juan. Schulhoff fue asimismo uno de los primeros compositores europeos cultos en incorporar elementos jazzísticos en sus obras. El descubrimiento de las músicas del otro lado del Atlántico representó para él una doble desinhibición anímica y musical. En los ritmos de fox-trot, rag-time, tango y charlestón, el músico encontró un desahogo a sus pulsiones más primarias. “Es increíble –escribía en 1921– lo que me gustan las danzas de moda, y hay momentos en los que bailo noche tras noche con azafatas por el simple placer del ritmo y de la ebriedad sensual que se apodera de mi subconsciente. Adquiero así para mi trabajo una fuente fenomenal de inspiración, pues mi conciencia es llevada a un estado terrenal e incluso animal”. De este germen surge una página como la Hot Sonate para saxofón y piano (1930), en cuyo tercer movimiento los glissandi del saxofón parecen traducir en perfiles más sinuosos y elaborados los placenteros gemidos de la Sonata erótica.

Si Hindemtih vio en el frenesí rítmico del jazz un recurso para zafarse del sentimentalismo romántico, si Kurt Weill lo concibió como un látigo con el que azotar los buenos modales burgueses, Schulhoff lo aprovechó para dar rienda suelta a sus impulsos más sensuales. Schulhoff sentía en la música la vibración de un placer erótico, aunque siempre regido por sólidas reglas de construcción formal, como resulta evidente en su producción sinfónica y de cámara.

Cuando Alemania invadió Checoslovaquia, Schulhoff era consciente de tener todas las papeletas para ser eliminado: era judío, comunista y escribía música “degenerada”. Intentó poner rumbo a la Unión Soviética, pero los nazis le detuvieron y le enviaron al campo de concentración de Wülzburg, en el sur de Alemania, donde murió el 18 de agosto de 1942, con 48 años.