SARDÓN DE DUERO (VALLADOLID) / La espiritualidad del sonido: Iris Azquinezer en la Abadía Retuerta

Sardón de Duero (Valladolid). Claustro de la Abadía Retuerta. 29-VI-2025. XVIII Encuentro arTe y ViNo. Iris Azquinezer, violonchelo. Bach: Suites para violonchelo solo nos. 3 y 4; Azquinezer: Bereshit, Tres danzas a la luna, Nada te turbe.
El violonchelo, ese instrumento que parece hablar desde la entraña humana, encontró en Iris Azquinezer a una intérprete capaz de elevarlo a cotas de profunda introspección y belleza emotiva. Su recital en el claustro de la Abadía Retuerta, dentro del XVIII Encuentro arTe y ViNo, resultó en una experiencia inmersiva en la que lo musical, lo simbólico y lo espiritual se entrelazaron en un todo sugestivo y conmovedor.
El programa era el de Blanco y Oro, segundo volumen de su trilogía discográfica, ese en que la violonchelista alterna las Suites nº 3 y nº4 para violonchelo solo de Johann Sebastian Bach con composiciones propias que actúan como bisagras reflexivas y personales: Bereshit, Tres danzas a la luna y Nada te turbe. La elección del lugar, un claustro medieval silencioso y solemne, no hizo sino potenciar el carácter contemplativo del repertorio. Entre el blanco (la tonalidad de Do mayor) y el oro (el brillo del Mi bemol), Azquinezer trazó un recorrido que fue del origen a la trascendencia, de la carne al espíritu.
Desde el Prelude de la Suite en do mayor la madrileña desplegó un estilo bachiano propio: sonido cálido, sin exceso de vibrato, articulación pulcra y un fraseo fluido, elegante, siempre al servicio de la expresión. Su Bach rehúye el efectismo: es íntimo, humano, casi confidencial. También en la Suite nº4, esa misma búsqueda de lo esencial se hizo presente. El carácter marcadamente francés del arranque –con sus audaces saltos interválicos concebidos en clave de style brisé– y la oscuridad que impregna sus primeros compases se transformaron progresivamente en la luz de las danzas: una Allemande de trazo refinado, una Sarabande de exquisita introspección, unas Bourrées que sustentaron su contraste en su armonía y su extensión más que en las dinámicas, una Gigue de vitalidad contenida. Todo ello administrado con un depurado control del tempo y una articulación siempre clara, casi aérea por momentos.
Sus obras propias dialogan, desde su toque modal, con las de Bach, sin que crujan sus costuras, y eso no es poca cosa. En Bereshit, que abrió el recital, la evocación de la primera palabra de la Torá se plasma en una escritura libre, con referencias al dodecafonismo (se recorren las doce notas de la escala cromática) y obvias llamadas a Bach en la sucesión de las notas Si bemol – La – Do – Si natural (letras BACH en la notación germánica). Las Tres danzas a la luna –Invocación, Sarabanda, Veima– aportan lirismo, sensualidad y misterio, con una zarabanda que dialoga en sugerente simetría con las de Bach. En Nada te turbe, la espiritualidad de Santa Teresa resuena no como cita (aunque Iris recitó el famoso poema antes de tocar), sino como una fuerza serena que se filtra en cada nota, en los armónicos etéreos que dominan el principio y el final de la pieza, capaces de aportar una especie de calma mística.
El programa encontró en este marco de piedra antigua y frescor contemporáneo frente al bochorno exterior del mediodía, su espacio ideal. Todo pasó en un monasterio del siglo XII rodeado de viñedos y pinares, rehabilitado de forma exquisita para convertirse en hotel de lujo y contenedor cultural. Los Chillida del ábside de la iglesia, el altar –tan oteizano– de Ulrich Rückriem parecían dialogar con lo que se ofrecía justo en el ángulo del claustro pegado a la puerta de acceso a la iglesia. Un contexto propicio a la introspección, a la escucha atenta y al silencio, en el que la propuesta de Azquinezer cobró todo su sentido. Fue casi como asistir a una sesión de musica reservata. Desde un dominio técnico más que notable (la acústica, directa, un tanto seca del espacio habría destacado de forma muy notoria los errores), la violonchelista madrileña habló con voz propia, pero eludiendo el exhibicionismo. Su violonchelo canta, sí, pero también parece escuchar. Y en ese escuchar –a Bach, a sí misma, al espacio, al tiempo detenido de la música– invitó al atentísimo público a entrar en una suerte de recogimiento compartido. Como si el vino, la piedra y el sonido hablasen un mismo lenguaje secreto.
Pablo J. Vayón
(foto: Micaela Galván)


