SANTIAGO DE COMPOSTELA / Zahir Ensemble: tres trabajados tríos para huir de la trivialidad

Santiago de Compostela. Iglesia de San Domingos de Bonaval. 16-XI-2025. Zahir Ensemble. Obras de Sánchez-Verdú, Gubaidulina y Debussy.
En un país, España, en el que llevamos semanas padeciendo una ubicua campaña con la que se nos intenta vender como obra de arte lo que no encierra más que una música facilona de pobre factura, reencontrarnos en vivo con la creación musical verdaderamente trascendente es un gozo que compensa la desidia de tener que tropezarse con subproductos musicales cada vez que uno abre la página de un diario, sintoniza una emisora de radio o ve un telediario (medios públicos incluidos: ésos que a la música culta dedican cada vez menos tiempo, mientras llevan a cantantes de radiofórmulas comerciales al mismísimo Museo del Prado, ¿para intentar conferirles, mediante una delirante ósmosis, el estatus de los genios allí reunidos? Lo esperpéntico, en este ruedo ibérico, es un omnívoro pozo sin fondo).
Así que, huyendo de la peste del mainstream (por supuesto, escrito en la lengua del imperio de la banalidad), nos centramos hoy en una nueva entrega del Festival Vertixe, una cita que, alcanzada su decimotercera edición, sigue manteniendo una de sus principales señas de identidad desde su fundación en 2013: el dar cabida, junto con Vertixe Sonora como ensemble residente, a otras agrupaciones españolas e internacionales a través de las cuales, un año más, Vertixe pone en diálogo al territorio gallego con la mejor música de nuestro tiempo, así como con formas de programar que no siempre coinciden con las de Vertixe Sonora, lo que confiere heterogeneidad y nuevas perspectivas al principal festival de música contemporánea del otoño gallego.
Dentro de esa apertura de Vertixe 13 a otras formaciones españolas, nos quedamos con la visita a Santiago de Compostela (junto con Vigo y Lugo, una de las tres sedes del festival en 2025) de Zahir Ensemble, un conjunto que nos propuso una mirada en tres movimientos históricos al trío de flauta, viola y arpa, viajando hacia atrás en el tiempo a medida que avanzaba su programa.
Fundado en Sevilla, hace veinte años, cuando Zahir ni tan siquiera contaba un lustro de existencia uno de los primeros discos publicados por el ensemble andaluz mereció ya la distinción de Excepcional por parte de SCHERZO, mostrando el gran trabajo que Zahir lleva desarrollando desde sus primeros años. Nos referimos a Inscriptio, un compacto publicado en 2009 por el sello Verso que es nuestra más sólida referencia para demostrar la competencia de Zahir Ensemble en el primer compositor de este penúltimo concierto de Vertixe 13, José María Sánchez-Verdú.
Del algecireño escuchamos una partitura que casi un cuarto de siglo tiene ya, Azraq (2002), aunque no hubiese sido incluida en aquel disco de Zahir Ensemble. Sí comparte con las obras que lo integraban algunas de las señas de identidad que hacían ya de José María Sánchez-Verdú un compositor, en 2002, con una estética muy personal e identificable, bien fuese en el temblor que, hibridando armonía y técnicas extendidas, escuchamos en su música, bien en su tan distintiva pulsión rítmica o en sus vínculos con el mundo árabe: una de las alfaguaras de las que Sánchez-Verdú se ha nutrido desde los comienzos de su carrera y que en Azraq (palabra árabe traducible como «azul») tiene un perfecto ejemplo.
Azraq es una obra extremadamente delicada en la que resulta fundamental una atenta escucha de los músicos del trío entre sí, algo en lo que Alfonso Rubio, flauta; Rocío Gómez, viola; y Bleuenn Le Friec, arpa, han estado soberbios, como en su definición técnica o en la adecuación a los rangos dinámicos de una partitura con tantos compases en sotto voce: reformulada oralidad de impronta árabe que se expresa en unos pianissimi que exigirán que concentremos nuestra atención para conocer cómo Sánchez-Verdú va diseminando formas circulares que se desarrollan intrincadamente mediante el dialogo de los tres atriles, con ciclos que, desde su comienzo, implican de forma más entrelazada a flauta y viola, otorgando al arpa un papel más libre y, en muchos momentos, protagónico, ya por sus materiales, ya por su diferenciación armónica, al emplazar cinco pinzas en sus cuerdas para así alterar su afinación, timbre y resonancias.
Para crear esa pulsión irregular tan característica de Sánchez-Verdú (en Azraq presente en los microtrinos de la flauta, en el vibrato de la viola o en el uso extensivo de los pedales en el arpa), los músicos de Zahir no han dejado de aplicar una tensión rítmica muy acusada en toda su interpretación, que han coloreado con microtonalidad y técnicas extendidas para crear matices, sombras y gradaciones cromáticas en ese gran Mi que en la percepción sinestésica de José María Sánchez-Verdú representa al color azul, al igual que ocurre en otras partituras de su catálogo a dicho color y tono vinculadas, como QUALIA (Jardí Blau) (2004-10) o KYANOS (2021).
De este modo, junto con la danza que, cual derviches, hace girar en círculos a flauta y viola, o los bucles en el registro agudo del arpa, nos encontramos con trazos pictóricos que confieren ese azul visible en Asia tanto en las cúpulas de Uzbekistán como en la porcelana persa del periodo safávida, rarificado su color en los compases finales por medio del uso de la llave de afinación del arpa para modificar las resonancias de sus cuerdas: técnica en la que el temblor del color y la materia se hace, aún, más explícito, y que sirvió de puente tímbrico con la segunda obra del programa, firmada por Sofia Gubaidulina, un trío que escuchamos prácticamente a modo de homenaje, tras el fallecimiento de la compositora tártara, a los 93 años, el pasado 13 de marzo.
Y es que, ya desde sus primeros compases, nos encontramos en Garden of Joy and Sorrow (1980) con una nueva utilización de la llave de afinación para crear glissandi que modifican las resonancias del arpa tras los ataques (siempre unión de refinamiento técnico y contundente expresividad) de Bleuenn Le Friec. Dichos glissandi permiten a Gubaidulina recrear un sonido ondulante y microtonal que, como en el caso de Azraq, nos remite a Asia, aunque Garden of Joy and Sorrow esté basada en la obra poética del escritor austriaco Francisco Tanzer, de cuya austeridad, simbolismo y meditación se embebe este trío en el que la contemplación religiosa juega un papel tan importante como es habitual en la música de Gubaidulina, explorando las dualidades expresadas en el título de la partitura: desde la alegría a la tristeza; aunque, también, contraponiendo lo efímero y lo eterno, lo carnal y lo espiritual, con una vocación trascendente.
Dicha espiritualidad se hace música en recursos tan bellos y simbólicos como los armónicos en glissandi de la viola, expuestos de forma muy sutil por Rocío Gómez y que se multiplicaron en Bonaval, cual mistéricas auras, gracias a la excelente acústica de dicha iglesia. Su etéreo canto dialoga con una flauta más melódica, en la que se encarna el lirismo del ser humano, y con un arpa cuyo rol, en muchos momentos, es el de convertir en música los reversos negativos en las dualidades confrontadas por Gubaidulina. Las modificaciones de su tesitura, ya sea con llave de afinación, ya con cintas (de endiablado trenzado entre las cuerdas, mientras se toca), evocan ese enrarecimiento de la materia, así como las obsesiones del yo en los pasajes en los que la arpista entra en bucle, dando vueltas de tuerca sobre un mismo tema hasta el paroxismo.

Son flauta y viola, como vertientes más luminosas y líricas del trío, las que acaban prevaleciendo en el final de Garden of Joy and Sorrow, remendando musicalmente la segunda influencia que Gubaidulina recaba en su partitura, la del bardo armenio Sayat-Nová (poeta que, asimismo, inspiró a Serguéi Paradjánov su obra maestra del año 1969 El color de la granada). De este modo, entre sublimados ecos de narraciones caucásicas se desvanece Garden of Joy and Sorrow, en los glissandi de la viola, muriendo en levedad —tal decía Tarkovski en Nostalghia (1983)—, come una parola (aunque no haya optado Zahir Ensemble por el recitado poético final que habilita la partitura).
Tras los respectivos estrenos en Galicia de las partituras de José María Sánchez-Verdú y Sofia Gubaidulina, regresamos al repertorio tradicional, de la mano de un compositor siempre moderno y actual en el que, como en las dos primeras partituras, los ecos orientales no son una cuestión menor, Claude Debussy.
Del francés escuchamos su Sonata para flauta, viola y arpa (1915), trío igualmente marcado por un tema pentatónico de inspiración asiática en el que, desde su inicial Pastorale, disfrutamos de una versión modélica, repleta de exóticos colores, perfumes impresionistas y esas contraposiciones que Debussy disemina de forma continua en su partitura, entre el Tempo di Minuetto, los evanescentes rallentandi o el tan contrastante staccato del que los miembros de Zahir han tirado de forma sincopada para acerar su lectura y conferirle modernidad, sin rehuir esa evanescencia tan propia de Debussy; en el caso de Alfonso Rubio, Rocío Gómez y Bleuenn Le Friec, suspendiendo la armonía con una acusada ambigüedad: toda una premonición, como el trabajo de las resonancias, de lo que, décadas más tarde, sería la música de un compositor que tanto debió a Claude Debussy (y cuya música tan bien dirigió) como Pierre Boulez.
De esta forma tan hermosa, y rubricando un Final de especial énfasis desde el arranque del arpa en el Allegro moderato ma risoluto, concluyó una interpretación de esta Sonata que incorporó, de forma también muy definida, su pertinente cita del primer movimiento para, así, incluir otra influencia netamente oriental, como la de la estructura circular. El hecho de haber llevado Zahir Ensemble, en su tercera obra, este programa a los comienzos del siglo XX, mostrando cómo algunas de sus estructuras, marcas de estilo e ideas formales han pervivido décadas después, enriquecidas por el continuo progreso de la música occidental en diálogo con Asia, es toda una lección para cualquiera que se crea un punto cero o la enésima reinvención de la pólvora. Ingentes campañas de mercadotecnia al margen, la historia es una ejemplar y severa profesora, que no sólo enseña humildad, sino que acaba poniendo a cada uno en su sitio.
Paco Yáñez
(Fotos: Manuel González)


