SANTIAGO DE COMPOSTELA / Tres pinturas musicales de Baldur Brönnimann y Wu Wei con la Real Filharmonía

Santiago de Compostela. Auditorio de Galicia. 18-IV-2024. Wu Wei, sheng. Real Filharmonía de Galicia. Director: Baldur Brönnimann. Obras de Viloria, Ruo y Stravinsky.
No anda escasa, la temporada 2023-2024 de la Real Filharmonía de Galicia (RFG), de invitaciones a viajar por la geografía musical que hoy enriquece y expande una cultura global cada vez más presente y diversificada en la que es su principal sala de conciertos: el Auditorio de Galicia. Es más, sin duda ese acercamiento a la heterogeneidad musical del mundo está entre los objetivos primordiales que Baldur Brönnimann, director artístico y musical de la RFG, y Sabela García, directora técnica, se han marcado para ésta que es su primera temporada conjunta al frente de la orquesta.
A lo largo de los últimos meses, la RFG ha puesto sobre sus atriles partituras de compositores europeos, americanos y oceánicos: diversidad cultural a la que hoy se sumaba un cuarto continente, Asia; haciéndolo, además, a través de la mistérica sonoridad del que es uno de los instrumentos más antiguos de China, el sheng: órgano de boca que tuvo como intérprete en Santiago de Compostela a uno de sus más firmes defensores, Wu Wei, un músico que, además de preservar una tradición trimilenaria, no deja de encargar nuevas partituras con las que multiplicar, de la mano de compositores como Toshio Hosokawa, Tan Dun, Unsuk Chin o Jörg Widmann, los colores de su instrumento, como ha vuelto a demostrar en su concierto con la RFG.
Ha sido el color, precisamente, el eje temático que ha articulado un programa titulado por la Real Filharmonía El color de la memoria, en el que se volvió a incidir en la posibilidad que la nueva dirección de la RFG nos ofrece periódicamente para descubrir nuevos paisajes musicales marcados por la excelencia artística en clave actual.
Recogiendo el guante de dicho desafío, la compositora, performer y artista vasca Itziar Viloria presentó en Compostela Oihartzun gorriak (2024), partitura para orquesta de cuerda, percusión y electrónica que se había estrenado un día antes en Vigo, fruto de un encargo conjunto de la Real Filharmonía y la Euskadiko Orkestra. Ello refrenda, por un lado, la importancia que tiene la colaboración entre nuestras orquestas de cara a promover nuevo repertorio y, por otro, la posibilidad que ello ofrece para que las partituras de nuestros jóvenes compositores no queden relegadas a un solo concierto (el del estreno) ni a la comunidad autónoma de la que son oriundos: triste muestra de un territorio culturalmente desarticulado, cual reino de taifas (que diría Juan Goytisolo).
Profundizando en la temática que vertebraba a este concierto, Ecos rojos (traducción al castellano de Oihartzun gorriak) nos muestra el proceso de degradación de los relatos históricos, tomando como referencia un conjunto de grabaciones que Itziar Viloria rescató de los fondos del Museo de la Minería del País Vasco. Desde el sonido de dichas voces, superpuestas y densificadas cual coro en cinta magnética, la percusión comienza a establecer un sutil arco en pianissimo que irá integrando progresivamente al conjunto de la cuerda, siguiendo una tesitura de grave a aguda. Así, contrabajos, violonchelos, violas, violines segundos y violines primeros acaban completando un espectro cromático que, a partir de un patrón rítmico que se expone en la segunda sección de Oihartzun gorriak, va siendo degradado rítmica, textural y armónicamente, dando forma musical a la erosión de la memoria.
Los recuerdos de los abuelos de la compositora, así como las palabras que escuchamos en cinta magnética (igualmente, en proceso de desintegración y silenciamiento), conforman una de las capas sometidas a esa gran degradación que Ecos rojos nos refiere; mientras que la otra viene dada por la progresiva ruina y aniquilación del paisaje por efecto de la minería y la sobreexplotación industrial. Es por ello que el trabajo de cuerdas y percusión abunda en fricciones, armónicos, saturación cromática, figuraciones densificadas y toda una con-fusión rítmica que va de lo sincopado a la proliferación de un caos con apuntes entrópicos que nos remite a la corrosión del óxido: temperatura y matiz del rojo que predomina en Oihartzun gorriak.
Si en el principio de Oihartzun gorriak fue el verbo, en su final lo que resta es el eco, atravesando, para llegar a éste, como último resquicio de una memoria vaporosa, lo que parece una elegía por un tiempo perdido: una gran marcha fúnebre que en sus últimos compases me ha recordado al Finale de la Cuarta sinfonía (1909-16) de Charles Ives, por cómo se va tejiendo el entramado de las cuerdas, con un tempo tan suspendido y los lejanos ecos de la percusión en patrones irregulares. El óxido y las fluctuaciones del recuerdo se van perdiendo, así, en las distancias, con gran delicadeza y solemnidad.
También el compositor chino Huang Ruo profundiza, con su creación, en la memoria: la que se aquilata en la inveterada tradición musical de su país natal, que Ruo estudió durante sus años de formación en Shanghái, sumándole la gran influencia que en sus partituras ha tenido una música occidental que continuó estudiando en los Estados Unidos, país donde actualmente reside y en el que compuso The Color Yellow (2008), concierto para sheng y orquesta que le ha permitido ver China desde la distancia, aunque, con Wu Wei como solista, es como hubiésemos tenido el alma del gigante asiático en Compostela, emergiendo desde cada uno de los tubos de su instrumento.
El contraste de tono y profusión de colores entre la herrumbrosa Oihartzun gorriak y la caleidoscópica The Color Yellow no podría ser mayor, dejándonos una primera parte del concierto muy interesante y generosa en técnicas instrumentales poco frecuentes en nuestras temporadas orquestales, lo cual siempre se agradece. Si a ello le sumamos la presencia de un hiperactivo sheng y de toda una galería de gestos y sonoridades fonéticas por parte de los músicos de la orquesta, tendremos una partitura dividida en tres secciones enlazadas de estilos muy dispares, lo que nos lleva a considerar The Color Yellow, en conjunto, como un concierto que bascula entre el poliestilismo y el pastiche, con pasajes que van de una imaginación tímbrica desbordante a otros en los que Huang Ruo cae en el efectismo y en ecos que conjugan desde la música tradicional china a una estética mecanicista que recuerda a la de los videojuegos.
Así, podemos decir que pocas veces hemos escuchado a la Real Filharmonía desbordar semejante paleta tímbrica, con todo tipo de técnicas extendidas que comprenden desde proyecciones de aire sin tono en vientos y metales (y en sus instrumentos ad hoc) a un despliegue de zumbidos y fricciones en la percusión de verdadero impacto (incluyéndose instrumentos tan poco habituales como la churinga, activada por un José Vicente Faus que esta temporada no deja de ofrecer novedades e interpretaciones muy notables). Son pasajes con aire, fricciones y zumbidos en absoluto gratuitos, sino que buscan, una y otra vez, puentes armónicos con los clústeres y rugosidades lanzadas por Wu Wei desde el sheng: motivos que resplandecen en la orquesta convirtiendo a la RFG en un mirífico paisaje oriental hasta llegar a una cadencia que lo cambia todo.
Y es que, finalizando ésta, la entrada de un piano de ecos impresionistas abre otro mundo sonoro completamente distinto, de un sentimentalismo inflamado más propio de una banda sonora comercial, lo que hace bajar muchos enteros la partitura. Cuando ya nos parecía que The Color Yellow se extinguiría en el progresivo decrescendo de este ejercicio de armonía kitsch, un nuevo y brusco cambio de estilo nos condujo a un final en el que vuelve a mandar el frenesí de ritmos, colores y gestos teatrales en los músicos de la orquesta, para mayor deleite de un público que premió a Baldur Brönnimann, RFG y Wu Wei con una de las mayores ovaciones de esta temporada.
Ello propició que, como encore, Wu Wei nos ofreciese una pieza para sheng de su propia autoría, Forest of Bamboos nº 0 (2021), obra que, como la cadencia de The Color Yellow, es un impresionante ejercicio de virtuosismo y dominio del instrumento, ya sea en sus clústeres, en la modulación dinámica de varios tonos en paralelo o en una concepción de la estructura legítimamente oriental: naciendo dal niente y buscando el silencio tras varias exploraciones del mismo en falsos finales, entre los cuales la digitación tan febril en armónicos de Wu Wei nos habría hecho creer, de tener los ojos cerrados, estar escuchando un sintetizador o un órgano eléctrico, pues la cantidad de capas de sonido y color que es capaz de tramar de forma superpuesta es sólo propia de un verdadero genio de su instrumento, como Wu Wei lo es del sheng.
Claro que, si de color hablamos, uno de los pinceles que más lo expandió y complejizó en el siglo XX fue el de Igor Stravinsky, que en L’Oiseau de feu (1909-10) realizó, hace más de cien años (como Huang Ruo e Itziar Viloria en el tercer milenio) un paralelo juego de memoria con el que fue el primero de sus grandes ballets estrenados en París.
Curiosamente, la última vez que había escuchado juntos en vivo a Wu Wei y Baldur Brönnimann, en octubre de 2021, el concierto también había finalizado con la suite del año 1945 de L’Oiseau de feu; entonces, con la Orquestra Sinfónica do Porto, por lo que el número de músicos era mayor, algo que redundaba en una presencia más disfrutable de esta partitura, pues la memoria que reverbera en nuestros oídos de este ballet tiene orquestas y nombres propios de lo más granado: los Monteux, Boulez, Salonen, Bernstein, Chailly…, y el propio Stravinsky, por supuesto. Ante tan ilustre galería, la RFG poco puede hacer (de ahí, lo absurdo que resulta el que este tipo de orquestas se empecinen en el repertorio más trillado; ése del que más excelentes versiones conocemos), dejando sus mejores momentos a partir de la Danza infernal; especialmente, en una Berceuse que supuso el punto más bello de este Stravinsky galaico, como la transición final, bien construida en cuerdas y trompa.
Se cerraba, así, un concierto muy aplaudido por el público reunido en el Auditorio de Galicia, en un momento en el que la RFG encara ya los últimos meses de una temporada que nos está dejando conciertos artísticamente novedosos e interesantes que hacen que, por fin, esta formación se pueda empezar a considerar una orquesta del siglo XXI.
Paco Yáñez
(Fotos: Real Filharmonía de Galicia)


