SANTIAGO DE COMPOSTELA / Primer estreno mundial de Raquel García-Tomás como compositora residente de la Real Filharmonía

Santiago de Compostela. Auditorio de Galicia. 7-XI-2024. Real Filharmonía de Galicia. Director: Baldur Brönnimann. Obras de García-Tomás y Bruckner.
El cuarto concierto de la Real Filharmonía de Galicia (RFG) en su temporada de abono 2024-2025 nos propuso un programa de esos que, a priori, por su combinación de música actual y gran repertorio tradicional, deberían atraer a un amplio espectro de público, algo que se notó en el patio de butacas del Auditorio de Galicia el pasado 7 de noviembre, con una afluencia por encima de la media habitual en la RFG y con una (de nuevo) notable presencia de jóvenes, lo que siempre es una buena señal, además de muy necesario en nuestras salas de conciertos de cara al futuro.
Joven es, también, la barcelonesa Raquel García-Tomás, que a sus cuarenta años disfruta esta temporada en Santiago de Compostela de su primera residencia artística en una orquesta sinfónica: asociación de la cual en el concierto del que hoy les damos cuenta se ofreció su fruto más importante, el estreno mundial de Ceci n’est pas une valse (2024), partitura nacida de un encargo conjunto de la RFG, el Palau de la Música Catalana, la Orquestra Simfònica del Vallès y la Fundació Catalunya La Pedrera.
Como su título sugiere, Ceci n’est pas une valse nos remite a una forma de baile, el vals, que Raquel García-Tomás ha querido reformular y ver desde distintos ángulos, cual si sobre el pasado se enfocase una lente que convirtiera a la orquesta en un calidoscopio en cuyos atriles que cristalizasen diferentes formas del vals, siempre con un aroma netamente francés que pone a Maurice Ravel y a partituras como los Valses nobles et sentimentales (1911-12) o La Valse (1919-20) en un primerísimo plano por lo que a referencias históricas se refiere, haciendo que tanto Ravel como García-Tomás compartan una mirada cargada de humor pero, al mismo tiempo, una innegable fascinación por el vals; en el caso de la compositora catalana, como parte lo que podríamos decir —parafraseando a otro autor francés, Gustave Flaubert— toda una educación acústico-sentimental que, en su caso, bebe de los viejos registros fonográficos en vinilo (cuyo ruido blanco de fondo —afirmó Baldur Brönnimann en la charla previa al concierto— es audible en Ceci n’est pas une valse, confiriéndole cierta pátina que el director suizo califica de «analógica»).

A pesar de que Ceci n’est pas une valse es una obra mayormente luminosa, la primera de sus cinco secciones, Ecstati, nos conduce a la oscuridad, con un abigarrado tutti orquestal que nos parecerá una suerte de Big Bang germinal desde el que la materia armónica explosionase a cámara lenta, creando lo que Carme Tubío define en sus notas como el «proceso cadencial de un vals». Siguiendo las analogías antes señaladas, podríamos ver asimismo a Ecstati como un momento previo al enfoque de nuestra mirada al pasado: masa obscura sobre cuyo cúmulo de polimorfas densificaciones se irán desgajando los ritmos que darán paso a las distintas formas de vals que Raquel García-Tomás alterna en una partitura que gana enteros a medida que avanza, quedando Ecstati como un preludio un tanto tosco frente a lo que después escuchamos.
La segunda sección, Misty, comienza a jugar con la memoria, así como a engañarla, pues lo que parecen citas literales son, en realidad, motivos de vals compuestos por Raquel García-Tomás, que una y otra vez los hace emerger desde distintas distancias, tanto físicas como cronológicas y estilísticas, para hacer ganar en relieves a la orquesta. En ese manejo de las distancias serán fundamentales los glissandi, en lo armónico, y las dinámicas, en cuanto a profundidad de campo, algo que se ha reforzado por la propia disposición de la RFG, con los contrabajos al fondo del escenario debido a la ubicación que Baldur Brönnimann cree más idónea para la interpretación de la sinfonía de Anton Bruckner que (sin descanso intermedio) completaba el programa.
La progresiva conquista de la diversificación rítmica se afianza en la tercera sección, Playful, en la que desde la percusión proliferan patrones métricos que sirven tanto para espolear a la orquesta como a modo de puntos de sincronía sobre los que cada ritmo en compás de 3/4 se va desarrollando; multiplicándose las parejas de baile entre las secciones orquestales y la sensación de tumulto (los ecos de La Valse son, aquí, innegables), alcanzando un clímax que —como señala de nuevo Tubío— se disuelve para mantener ese pródigo y heterogéneo impulso rítmico en estado de latencia, dando paso a la sección más refinada de Ceci n’est pas une valse, Stealthy, en la que es imposible no escuchar los ecos de la belle époque francesa, con un preciosismo tímbrico realmente delicado que evoca desde el antes citado caleidoscopio hasta una rocola o una caja de música; esta última, por su concentrado lirismo, aunque los constantes entrecruzamientos de motivos, valses y ritmos evoquen una cierta neurosis en esa belleza que, como diría Rimbaud en Une saison en enfer (1873), con el paso de los años y el colapso de todo un modelo social, se habría de mostrar amarga en su frivolidad.

Raquel García-Tomás no llega a injuriarla (como lo hacía el poeta francés), pero sí nos muestra, de forma elegante y sutil, los elementos que, internamente, producen la progresiva erosión del vals como forma de baile colectivo, como intento de armonización de una danza de las esferas, global y omnicomprensiva. Es por ello que, a pesar de que en la percusión los motivos más puros y etéreos intenten prorrogar esa delicadeza del vals más afable y distinguido, Ceci n’est pas une valse se va oscureciendo, sumiéndose en una breve reaparición del motivo inicial en tutti de armonías con tendencia a la disonancia, ahora con un sentido programático que me ha parecido no sólo más pertinente, sino más descarnado y terrible, por los presagios que comporta (máxime, en un momento histórico en el que los signos sociales y políticos a nuestro alrededor no hacen más que resucitar fantasmas del pasado).
En todo caso, no ha querido Raquel García-Tomás cerrar Ceci n’est pas une valse con tal grado de dramatismo (fiel a su deseo de que la partitura sea un juego y una reformulación de la ligereza asociada al vals), disipando tal bruma de obscuridad con un paisaje de armonías evanescentes, concluyendo los quince minutos que ha durado este estreno de forma luminosa, una vez pasado ese Big Bang que ahora, cual agujero negro, quiso absorber la pluralidad de ritmos, melodías y armonías en los que la orquesta había conseguido dar forma al heteróclito desprejuiciamiento que ya es consustancial a la música de la compositora catalana.
Ésta se manifestaba, al concluir el concierto, muy satisfecha con lo escuchado a la RFG, impresión que, pese a ser la primera vez que escuchábamos Ceci n’est pas une valse, podemos compartir, por la brillantez con la que ha sido interpretado este estreno, uniendo convicción, charme y buena sonoridad, tanto en lo más refinado y preciosista del cuarto movimiento como en la severa masividad del primero. Un director tan habituado a ofrecer estrenos y paisajes estéticos de la mayor diversidad, como Baldur Brönnimann, sin duda ha colaborado a rubricar el éxito de Ceci n’est pas une valse, una partitura que volveremos a escuchar en el Auditorio de Galicia el próximo 12 de diciembre, en el marco de un Taller de Dirección que reunirá en Santiago de Compostela a jóvenes batutas de diversos países del mundo para abordar la obra de Raquel García-Tomás y la Segunda sinfonía de Johannes Brahms.
Antes de que tal reencuentro se produzca, en su estreno Ceci n’est pas une valse estuvo acompañada por la Sinfonía nº 4 en Mi bemol mayor (1874, rev. 1876-1888) de Anton Bruckner, que escuchamos en la versión publicada por Leopold Nowak en 1953.

Mi último encuentro con las sinfonías de Bruckner bajo la dirección de Baldur Brönnimann se remonta al 9 de diciembre de 2018, fecha en la que se puso al frente de la Orquestra Sinfónica do Porto Casa da Música en una Tercera sinfonía en la que, como en Santiago de Compostela, el maestro suizo emplazó los contrabajos (entonces, seis; en la RFG, cuatro) al fondo del escenario y convenientemente peraltados (como los violines en Santiago de Compostela, una costumbre que ya se va —afortunadamente— afianzando en la RFG). Ello, unido al emplazamiento de la tuba a la izquierda de los trombones y a una disposición antifonal de la cuerda, genera una proyección del sonido de reminiscencias organísticas, con un fuelle de registro grave central que es fundamental para la idea netamente contrapuntística (y coral) que maneja Brönnimann; una dirección que huye de maximalismos, exceso de énfasis mistificador o asomos de religiosidad impostada, por lo que, al mismo tiempo que refrescante, es de suponer que no sea el ideal para los brucknerianos de la vieja guardia.
De este modo, en la versión de Baldur Brönnimann y la RFG han primado la transparencia y un sentido camerístico que revelan una forma de entender a Bruckner más cercana a lo que en los últimos años nos han ofrecido inmensos directores (con sus diferencias) como Philippe Herreweghe o François-Xavier Roth, por lo que, asimismo, el tempo se vivifica, dejándonos (por movimientos) unas duraciones de 17:10, 14:00, 10:50 y 20:25 minutos, respectivamente, aunque en pasajes puntuales Brönnimann ha ralentizado un tempo en todo momento vinculado a las dinámicas (que apenas ha desbocado, más que en los clímax), para rubricar ese Bruckner más humano del que en el cine tan buena muestra nos dejó el realizador muniqués Jan Schmidt-Garre en su interesantísima película Bruckners Entscheidung (1995), que les recomiendo.
Pese a no ser una orquesta de pasado bruckneriano, la RFG ha respondido de forma sobresaliente a este planteamiento, uniéndose a la tradición centroeuropea de tantas pequeñas orquestas que tocan este repertorio con una plantilla, como la compostelana, reducida. Un cuarteto de trompas seguro y compacto, así como una cuerda a la que su configuración ha beneficiado mucho en el fraseo, han destacado a la hora de consolidar el tejido camerístico, dejando muy buenas sensaciones para redondear un concierto ejemplar en cuanto a combinación de repertorio e interpretación, algo que el público supo agradecer con una importante ovación.
Paco Yáñez
[fotos: Real Filharmonía de Galicia]


