SANTIAGO DE COMPOSTELA / Comienza la cuarta temporada de Baldur Brönnimann al frente de la Real Filharmonía de Galicia

Santiago de Compostela. Auditorio de Galicia. 1-X-2026. Katrin Wundsam, mezzosoprano. Real Filharmonía de Galicia. Director: Baldur Brönnimann. Obras de Berio y Mahler.
Tras el preludio de clichés y clásicos populares que cada año suponen los conciertos de la Real Filharmonía de Galicia (RFG) en los barrios de Santiago de Compostela, la orquesta de la capital gallega comenzó, el pasado 1 de octubre, su temporada de abono 2026-2027, la cuarta con Baldur Brönnimann como director artístico y musical; una temporada que contará con el finlandés Magnus Lindberg como compositor residente y con la pianista ruso-armenia Eva Gevorgyan como artista en residencia.
Es una pena que, en una temporada titulada, precisamente, Memoria, no se haya tirado de la misma para recordar que las Folk Songs (1964, orq. 1973) de Luciano Berio ya se habían escuchado previamente en Santiago de Compostela, por lo que, sin salir del catálogo folclórico del compositor italiano, una apertura de horizontes hacia piezas como Voci (Folk Songs II) (1984) no hubiese estado nada mal.
Quizás las estreches económicas que arrastra la orquesta compostelana (como la Sinfónica de Galicia en La Coruña) estén detrás de decisiones como ésta, pues en su primer concierto de la nueva temporada la RFG tiró de la misma mezzosoprano en las dos partituras que conformaban el programa, haciéndose cargo igualmente Katrin Wundsam de la Sinfonía n.º 4 en Sol mayor (1899-1901, rev. 1902-10) de Gustav Mahler, obra que escucharíamos en la segunda parte del concierto.
La primera parte fue íntegramente dedicada a las ya citadas Folk Songs, aunque, por el tono general de las mismas en el Auditorio de Galicia, deberíamos hablar de unas canciones fúnebres o crepusculares, por lo apagado de su interpretación, sin la chispa que caracteriza a estas once piezas ni la evocación que llevan a cabo de los acervos populares que se abren en cada una de ellas, de los Estados Unidos a Azerbaiyán.

Muy poco a destacar, por tanto, en unas Folk Songs que sonaron monocordes y en las que hemos vuelto a comprobar la impavidez y el rictus estatuario de los miembros de la orquesta. De hecho, la presencia y el gesto de algunos de los músicos que reforzaron a la RFG el pasado 1 de octubre, como un soberbio Bernat Bardolet en el primer violonchelo, difieren notablemente de la tónica general, como la empatía y el entendimiento que entre el músico catalán y Baldur Brönnimann se percibían desde el patio de butacas, algo que debería ser lo normal en una orquesta que se precie.
De entre tal apatía, con esfuerzo podríamos mencionar algunos apuntes de cierta calidad, como la concepción tan camerística de las cuerdas en Black is the colour…, la espacialización de la percusión en Ballo, el tenebrista enrarecimiento armónico trazado en Motettu de tristura, la articulación rítmica en Lo fiolaire y poco más, sonando el final de la postrera Azerbaijan love song de un modo tan soso como desabrido.
Por lo que a Katrin Wundsam se refiere, dejó destellos de una técnica notable en canciones como Ballo, pero no consiguió, ni remotamente (en el fondo, ninguna cantante lo ha hecho), que de la memoria se desplace como primerísima referencia la inmensa Cathy Berberian, de la cual su registro de las Folk Songs con el propio Berio en la dirección (RCA, 1968) sigue siendo el paradigma de estilo y calidad.
La segunda parte del concierto fue íntegramente dedicada a la más clásica de las sinfonías de Gustav Mahler, la Cuarta. Un poco mejor fueron las cosas en esta partitura; especialmente, porque el inicial Bedächtig, nicht eilen sonó con mayor frescura que lo escuchado en Berio, así como con más energía. El reducido tamaño de la RFG refuerza la filiación clásica de la Sinfonía n.º 4, aunque precisamente por ello se produce una exposición más realzada de cada atril y sección, lo que nos dejó una impresión irregular, abundando en esa sensación habitual en la orquesta gallega de que las cosas van cogidas con alfileres y de que falta una musicalidad realmente consistente.

El segundo movimiento fue un buen ejemplo de ello, de forma destacada en las maderas, encontrando falta de sonido y proyección en los clarinetes, mientras que, en el conjunto de la sinfonía, los apuntes de contrafagot (como los de cuerda grave) resultan más convincentes. También la sección de trompas ha sonado compacta y sin mayores deslices, pero le falta —como a la propia orquesta— un estilo mahleriano creíble y disfrutable (cosa comprensible, si pensamos en la trayectoria histórica de la RFG).
El Ruhevoll fue dirigido con una lentitud excesiva, buscando un preciosismo que sonó lánguido y en el que se echó en falta más presencia de los violines, mientras que, de nuevo, los contrabajos mostraron una solidez y un sonido muy destacables, a pesar de contar únicamente con tres efectivos. Conseguir un volumen adecuado en los sucesivos clímax de este poco adagio no resulta fácil con una orquesta como la RFG, pero, al menos, sus percusionistas lo han intentado, dejando en los cuatro movimientos buenos destellos en el glockenspiel, así como un músculo considerable en los timbales.
Ya en el cuarto movimiento, Katrin Wundsam volvió a mostrar un canto correcto, pero sin alardes, ni en técnica ni en expresividad, con una importante amplitud de registro, más asentada en los graves que en los agudos. La RFG la acompaña con esa misma corrección un tanto aséptica, finalizando la sinfonía sin la sensación de haber asistido a un acontecimiento que emocione ni que transmita impresión de excelencia. Todo lo contrario, así pues, de lo que vivíamos semana tras semana en el Auditorio de Galicia a comienzos de los años noventa, cuando las mejores orquestas del mundo contaban con nosotros en sus giras y antes de que la mayor partida presupuestaria del Consorcio de Santiago de Compostela se dedicase a la Real Filharmonía. Creo que cada vez somos más los que deseamos volver a aquel modelo de excelencia.
Paco Yáñez
Fotos: Manu Vidal – Real Filharmonía de Galicia


