SANTIAGO DE CHILE / ‘El holandés errante’, cuando triunfa el público

Santiago de Chile. Teatro Municipal. 17-XI-2024. Ryan McKinny (Holandés), Wendy Bryn Harmer (Senta), Vazgen Gazaryan (Daland), Alec Carlson (Erik), Nicolás Noguchi, (Timonel), Evelyn Ramírez (Mary). Coro del Municipal de Santiago. Orquesta Filarmónica de Santiago. Dirección musical: Alejo Pérez. Dirección de escena: Marcelo Lombardero. Wagner: El holandés errante.
La XVII Conferencia Anual de Ópera Latinoamericana (OLA) no ha podido tener mejor comienzo. Ha sido el domingo, en Santiago de Chile, con el estreno de una producción de El holandés errante a cargo de los argentinos Alejo Pérez (dirección musical) y Marcelo Lombardero, quien firma una visión previsible y cuidada, con realistas proyecciones videográficas, que cuenta milimétricamente la acción. Barcos, olas, viento (excesivo), el cuadro de Senta, Erik convertido en perverso maltratador y todos los avíos acostumbrados. El abarrotado y muy hermoso Teatro Municipal de Santiago presentaba lleno cercano al absoluto, con sus 1.500 localidades pobladas por un público variopinto con estimulante presencia de gente joven y “normal”. Se respiraba y traspiraba el ambiente de acontecimiento. Lo fue, más allá de los peros y objeciones a un reparto no precisamente bayreuthiano –por mucho que el bajo-barítono estadounidense Ryan McKinny (Holandés) haya sido Amfortas en el santuario wagneriano–, y a un coro y orquesta no habituados al lenguaje y maneras del creador del Ring. El éxito, como si acabaran de escucharse al mismísimo Hotter y Flagstad dirigidos por Knappertsbusch. ¡Hay futuro!
El bonaerense Alejo Pérez (1974) busca y encuentra detalles en el inagotable magma orquestal wagneriano. Su dirección es indagadora, empeñada acaso en pronunciar dinámicas hasta el exceso y una brillantez de cartón piedra que casa mal con las esencias wagnerianas. Este exceso decibélico resultó finalmente dañino para las voces, que tuvieron que forzarse y hasta distorsionarse para poder salvar la implacable sonoridad que desprendía el foso. La propia Filarmónica de Santiago tuvo momentos de desajustes y cortedad de equilibrio, en unos planos dinámicos primariamente estratificados: lo fuerte, fortísimo; lo piano, pianísimo. El Coro del Municipal de Santiago hizo lo que pudo con una partitura que tanto relieve le otorga. Faltó énfasis (la escena del tercer acto resultó desaborida), y desde luego, número de coristas, carencia de la que se resintió particularmente la escena partida del tercer acto entre los coros de las tripulaciones de Daland y el Holandés.

Ryan McKinny, como Holandés, no fue ni sombra de lo que fue cuando este crítico le escuchó en Bayreuth, en 2019, cuando cantó Amfortas dirigido por Semión Bychkov. Voz hoy ayuna de cuerpo, peso y redondez. Supuso un pálido y discreto Holandés, con un monólogo al límite de su vocalidad disminuida, a tono con la Senta también apurada, destemplada y corta de proyección de su paisana Wendy Bryn Harmer, que rozó el grito en la famosa Balada. Leal hasta la muerte al Holandés, acabó a lo Tosca, tirándose al vacío. El dúo con el Holandés pasó con más pena que gloria. A tono con ellos, pero puntos por arriba, el Erick correcto, entregado y rudimentario del tenor Alec Carlson (¡el último estadounidense del reparto!), y la Mary aplicada y bien dispuesta de la mezzo chilena Evelyn Ramírez.
El único que salió realmente airoso del elenco fue el Daland del bajo armenio Vazgen Ghazaryan, que lució fraseo matizado y convincente expresión wagneriana. Otorgó personalidad, credibilidad y empaque dramático al codicioso y pragmático padre de Senta. Bien caracterizado, con tirantes, barba, panza y cabello a lo Arturo Reverter, fue el cantante más estilizado y solido de la triunfal noche. A pesar del atuendo a lo monje zurbaranesco del Holandés y de una iluminación más tenebrosa que luminosa, hay que recalcar el vestuario de Luciana Gutman e insistir en la realización videográfica de Gisele Hauscarriaga y la azulada escenografía de Noelia González Svoboda.
Con todo, lo más remarcable de esta función (aún quedan cuatro más, hasta el 30 de noviembre; luego vendrán, entre otras, Salome, El elixir de amor, Werther, La traviata, y Madama Butterfly) ha sido el entusiasmo y disposición de un público mayoritariamente joven y ávido de ópera. A esta realidad ilusionante no es ajena la labor excepcional de los teatros de ópera latinoamericanos, cuyos responsables debaten y cruzan experiencias e ideas en estas jornadas de encuentro, aquí, en el país de Vinay y Arrau, a los mismos pies de los Andes. Wagner, tan idolatrado en Manaos y en el Colón, no daría crédito. ¡Bravo!
Justo Romero
(fotos: Patricio Cortés)


