SANTANDER / Itinerarios del siglo XX con Francesca Dego, Alessandro Carbonare y Alessandro Taverna

Santander. Claustro de la Catedral. 4-VIII-2026. Francesca Dego, violín. Alessandro Carbonare, clarinete. Alessandro Taverna, piano. Obras de Menotti, Stravinsky, Gershwin/Bennett y Bartók.
Si las catedrales resumen y enmarcan la esencia de las ciudades, sus claustros albergan una serenidad perdida para muchos de sus habitantes. Son lugares que atraviesan en lo espiritual y desvelan otra manera de contemplar el tiempo, más afín al ritmo natural de la vida. En el de la Catedral de Santander se inició el ciclo de Marcos Históricos del festival con un programa que recorría casi ocho décadas de música desde Historia del soldado (1917) de Stravinsky hasta el Trío para violín, clarinete y piano (1996) de Menotti: música moderna en un escenario del siglo XIV dando muestra de que las grandes obras de arte son aquellas capaces de expandir sus límites y dialogar con ideas de otras épocas.
Francesca Dego, Alessandro Carbonare y Alessandro Taverna formaron un grupo de enorme potencia, unido y capaz de compartir la mirada pese a sus trayectorias bien sólidas como solistas. Su itinerario en Santander comenzó por la obra más tardía, el trío de Menotti, quien parecía observar el siglo XX desde la distancia, las dolorosas guerras, los escombros amontonados, confiriendo a su Romanza una expresividad lúcida y transparente. A muchos les parecería una obra a la antigua, compuesta como si no hubieran existido las vanguardias, pero en sus movimientos extremos vieron los tres músicos sonidos urbanos, chispazos de una modernidad diferente.
El mensaje era muy similar al de Historia del soldado: una civilización (en su caso, la que había hecho posible Petrushka y La consagración de la primavera) se había desvanecido, pero en las pequeñas cosas seguía habiendo sitio para la hermosura. Si la suite para trío de violín, clarinete y piano alcanza o no el encanto de la versión original quedará en el gusto de cada uno, pero Dego, Carbonare y Taverna la tocaron como si no hubiera otra manera de verla, transmitiendo una convicción imponente junto a un sonido de conjunto de enorme transparencia. La violinista italiana mantuvo la suficiente sobriedad para no comprometer la unidad de grupo, pero ello no impidió ver destellos personales, de artista con autoridad y voz propia.
Las Baladas sobre temas de Porgy and Bess de Gershwin y Bennett recuperaron el sosegado lirismo del inicio desde la esencia del gran compositor de Brooklyn: lo clásico envuelto en el ambiente del jazz. Nada podía resultar más cálido que el sonido del clarinete de Carbonare, que en cuestión de segundos hubo de cambiar radicalmente de registro ante los Contrasts de Bartók. Pero no cambiaron ni su soltura ni su impresionante dominio técnico. Fue aquí también donde Taverna se liberó del perfil un tanto contenido que había mantenido hasta entonces. Y si los enérgicos ritmos de la Verbunkos y la Sebes habían de convertir ambas danzas en los episodios más abrumadores de la velada, en los sonidos suspendidos de Pihenő los tres músicos descubrieron un refinamiento inesperado, casi espiritual en armonía con el entorno.
Asier Vallejo Ugarte
(foto: FIS / Pedro Puente)


