SAN SEBASTIÁN / Xabier Anduaga en la Quincena: la estirpe de los grandes

San Sebastián. Quincena Musical Donostiarra. Teatro Victoria Eugenia, 12-VIII-2025. Xabier Anduaga (tenor) y Maciej Pikulski (piano). Obras de Tosti, Bellini, Donizetti, Verdi, Liszt et al.
Como todos Vds. saben, el tenor Xabier Anduaga se ha labrado una muy importante carrera internacional en un tiempo récord y su presencia es requerida por todos los grandes teatros de ópera. Por eso es un verdadero lujo que el donostiarra haga un hueco para ofrecer un recital en la Quincena Musical, el festival de su ciudad. Se presentó ante “su” público con un programa que, como él mismo dijo, suponía un compendio de su carrera. Dicho así, parece mentira que lleve menos de diez años de recorrido profesional, pero realmente es el tiempo -breve pero muy intenso- que lleva sobre los escenarios de medio mundo. En cualquier caso, una larga selección de partituras que forman parte de su repertorio y en la que no hubo lugar para la reserva de ningún tipo. Para la ocasión buscó la colaboración de uno de los más afamados pianistas, el polaco Maciej Pikulski, acompañante habitual de cantantes de la talla de José Van Dam, Felicity Lott, Renée Fleming, Thomas Hampson, Diana Damrau o Natalie Dessay por citar algunos nombres.
Comenzó con tres de las más conocidas canzone de Paolo Tosti: Ideale, L´ultima canzone y A Vucchella, que siempre constituyen un estupendo aperitivo para el público por lo encantador de sus melodías. Al mismo tiempo preparan al cantante porque, sin escatimar esfuerzos, el autor -que fue cocinero antes que fraile, o tenor antes que compositor- sabe conducir perfectamente la voz hacia el objetivo que persigue en cada caso, además de contar con bellos y muy bien armonizados acompañamientos y una expresividad entre popular y refinada de lo más seductor. Anduaga pasó de la expresión del amor platónico al talante burlón del golfo de Nápoles (geográficamente hablando) con total desenvoltura y exponiendo lo que serían las tónicas del recital: generosidad en la emisión, absoluto control del fiato, utilización expresiva del registro de cabeza, dominio de la messa di voce y unos agudos plenos y brillantes. Del acompañamiento hablaremos más adelante porque la excelencia del gran Maciej Pikulski merece realmente un capítulo aparte.
Seguidamente nos adentramos en territorio belcantista, en el que Anduaga ha forjado buena parte de su carrera, con La Ricordanza, de los Quattro Soneti de Vincenzo Bellini. Destacó su legato, su impulso dramático y ese final magnífico, con esos temibles intervalos que llevan al tenor del si bemol sobreagudo al sexto rebajado, tan belliniano pero tan incómodo de afinar y por tanto, de expresar. Siguió uno de los momentos más esperados de la velada: su ya famosa versión de “Una furtiva lacrima” de L´elisir d´amore de Donizetti, ópera muy especial para el tenor puesto que con ella debutó y triunfó en el Met de Nueva York en abril de 2023. Y no es de extrañar. Su interpretación confiere una profundidad especial al personaje, una paleta de matices que va del desgarro a la esperanza, pasando por la resignación o la rebeldía, sin perder jamás la línea ni entorpecer la emisión. Maravillosos los pianissimi -antológico el final- y perfecto ese agudo, que parece naturalmente colocado en su voz. Tras un descanso que fue colmado musicalmente -de qué manera se detallará después- por Maciej Pikulski nos ofreció el segundo Donizetti, el aria “Tombe degli avi miei”, de Lucia de Lammermoor. Anduaga ha cosechado recientemente sonados éxitos con este título en muchos teatros: el público Las Palmas, Londres o Múnich se ha rendido a su Edgardo. La fuerza dramática expresada a través de una enorme paleta de matices confirió a esta exigente aria todo su sentido. Un fraseo de largo aliento y enorme exigencia fue estupendamente interpretado por Anduaga, que culminó de forma casi íntima tras un impresionante agudo. La primera parte del concierto se cerró con la ópera que le está deparando grandes alegrías en este momento y que hemos tenido ocasión de escucharle tanto en el Teatro Real como en el Festival de Granada a comienzos del verano: La Traviata. El aria “Lunge da lei… O mio rimorso” dio cuenta de la evolución de este tenor en lo vocal y lo interpretativo, mostrando un Alfredo de verdad de carne y hueso que se plasma en un despliegue vocal enorme, combinado con una gran delicadeza y hasta dulzura. Es evidente por qué es uno de los tenores más en boga de la actualidad.

La segunda parte se abrió con una obra tan bella como compleja, los Tre Sonetti di Petrarca de Liszt. Compuestos en 1846 y retrabajadas en diversas ocasiones por el autor, son una mezcla de lied y escena dramática en la que el piano es otro actor que contrapesa, acompaña y responde al cantante para obtener la expresión más completa posible de los sentimientos que inspiraron al poeta. El Liszt vocal siempre me ha parecido extremadamente difícil porque el estilo no es nada evidente, un poco como le sucede a Berlioz, entre lo lírico y lo heroico pero en el que -contrariamente a lo que se puede pensar- un desbordamiento puede resultar inmediatamente fuera de lugar. Anduaga, menos habituado a este repertorio, estuvo excelente en lo vocal, llevándose la expresividad a su terreno, más “italiano” y por tanto, un poco menos ajustado en lo estilístico. En este aspecto sin duda se vio asistido por Pikulski, buen conocedor del género y del autor y cuya intervención fue, como todo el resto, absolutamente magistral. Aún así, el dominio vocal y expresivo del tenor nos deparó momentos de intensa belleza: un Pace non trovo bien contrastado entre una primera sección de carácter más épico y una segunda mucho más lírica, donde disfrutamos de su estupendo legato y un final realmente estremecedor; un Benedetto sia il giorno en el que supo mantener esa contención que, sin embargo demanda lirismo para explotar de repente en ese re bemol sobreagudo antes de la cadencia final; y un I´vidi in terra angelici costumi en el que la escritura casi instrumental de la línea de canto no fue obstáculo para él y nos regaló momentos de una gran delicadeza y unos bellísimos pianissimi y falsetti en ese dolcissimo y con intimo sentimento que prescribe el compositor.
Tras otra pausa lisztiana por parte de Pikulski, cambio completo de universo para zambullirnos en las mélodies de Reynaldo Hahn, de las que Anduaga eligió las que sin dudas son más conocidas: À Chloris, L´heure exquise y Si mes vers avaient des ailes. Tuve la impresión de que el tenor ha pulido su dicción francesa logrando una muy buena homogeneidad fonética y que se encontraba cómodo en este repertorio. Logró momentos en los que expresó mucho haciendo poco, que es a lo que hay que aspirar muy a menudo en esta música y alcanzó cotas intensamente poéticas, especialmente en las dos primeras.
Para terminar, dos romanzas de zarzuela, género que no podía faltar en este concierto: “Flor roja” de Los Gavilanes de Jacinto Guerrero y, por supuesto, “No puede ser” de La tabernera del puerto, del también donostiarra Pablo Sorozábal. Si Anduaga no se reservó en ningún momento de un concierto que se fue hasta las casi dos horas, en esta parte final echó los restos y se entregó con un despliegue impresionante de todas las cualidades descritas hasta ahora y en un repertorio que, evidentemente, le es muy querido. La entrega fue total y a la maravillosa voz de Anduaga acompañó toda la pasión, generosidad y expresividad de su carácter y de su buen hacer. Y el teatro se vino abajo, naturalmente.
En este punto, y antes de hablar brevemente de las propinas, quiero dedicar unas líneas a ese grandísimo maestro que es Maciej Pikulski. No sólo llevó a cabo una labor como acompañante/pianista de cámara fuera de serie -destaquemos los Sonetos del Petrarca– sino que para proporcionar a Xabier Anduaga sendos momentos de reposo en ambas partes del concierto, tuvo a bien interpretar dos obras a piano solo. Personalmente fue un verdadero deleite verle en directo tocar la Paraphrase de concert sur “Rigoletto” S. 434 de Liszt porque hace años que admiro a este pianista en su doble faceta de solista y de acompañante y su grabación de esta obra es realmente referencial. Casi no cabe hablar del dominio técnico porque es simplemente apabullante la naturalidad con que Pikulski desgrana cada nota, octava, acorde, frase, cadencia o catarata en el teclado. Hay algo que preside todo lo que hace, y es “elegancia”. Desde lo más simple a lo más complicado, todo está ejecutado con un gusto y una simplicidad (en el mejor sentido de la palabra) que nos llevan a escucharlo como una evidencia. Cuando canta -porque así suena- el tema del Duque de Mantua en el cuarteto (“Bella figlia del amore”) tenemos la impresión de que ese fraseo proviene de una garganta y no de un teclado, impecable de declamación y de legato, un legato absolutamente perfecto siempre, aunque las notas que conformen el tema pasen de una mano a otra. Cada plano sonoro está en el lugar adecuado, con la dinámica que corresponde, el color se ajusta al cometido de cada frase, acompañamiento o sección, desde el carnoso sonido de la citada fase, al cristal de esas cadencias ornamentales en cuartas, terceras y sextas, delicadas y tintineantes o al brillo de esas octavas repetidas que cantan la voz de Gilda. Y todo ello con un uso magistral del pedal -o de su ausencia- que lo hace protagonista en articulaciones y timbres diversos logrando que el detalle se convierta en eso que hace que una versión sea lo que dije anteriormente: referencial.
En la segunda parte la obra elegida fue el arreglo de Liszt para piano de Ständchen del Schwanengesang de Schubert, en la que el primero tuvo el acierto de “borrarse” y hacer una adaptación casi literal y muy poco parafraseada u ornamentada para mantener el espíritu del segundo. La principal “intervención” de Liszt consistió en añadir una voz en eco, de modo que hay un contrapunto que Pikulski ejecutó dotando a cada voz de un timbre personal y bien diferenciado. El bellísimo y redondo sonido de este pianista adoptó una infinita gama de colores que tradujeron inmejorablemente toda la paleta cromática de esa nostalgia que anima este lied. Hay que decir que tras ambas intervenciones solistas de Pikulski, el público, muy consciente de la calidad de lo que acabábamos de escuchar, prorrumpió en cerrados aplausos.
Y volviendo a las propinas, a pesar del calor fuera y dentro del teatro y del esfuerzo que supone un recital tan largo, los dos músicos tuvieron a bien interpretar tres obras más. Primero, O sole mio de Eduardo di Capua, seguida de Aurtxo seaskan de Gabriel Olaizola, para terminar con Júrame de María Grever. No hace falta decir que fue apoteósico porque, a pesar del cansancio y del relativo relajo por haber terminado un magnífico recital, Xabier Anduaga siempre es consciente de dónde está y por qué canta y por tanto, no se permite ni la más mínima bajada de guardia. Impecable hasta la última nota, como todos los grandes, hizo de todo este esperado concierto una verdadera fiesta musical.
Ana García Urcola


