Scherzo | CRÍTICAS / SAN SEBASTIÁN / Un Mahler a tumba abierta, por Ana García Urcola

SAN SEBASTIÁN / Un Mahler a tumba abierta

SAN SEBASTIÁN / Un Mahler a tumba abierta

San Sebastián. Auditorio Kursaal. 26-VIII-2022. Mahler: Sinfonía nº 7 en Mi menor, “Canción de la noche”. Orquesta Filarmónica Checa. Director: Semyon Bychkov.

Para su vuelta a los escenarios donostiarras la Orquesta Filarmónica Checa, bajo la batuta de su director titular desde 2018, Semyon Bychkov, escogió una obra que forma parte de su historia y de su tradición. Se trata de la inabarcable Séptima sinfonía en Mi menor de Gustav Mahler, que fue estrenada en Praga por el propio compositor al frente de esta misma agrupación el 19 de septiembre de 1908. No se puede presentar mejor pedigrí. Por otra parte, se trata de una partitura que exige un impresionante efectivo orquestal al que nada le falta (y no nos atreveremos a decir si le sobra algo, que no se trata de enmendar la plana a uno de los grandes genios de la música, sólo faltaría) y que, por tanto, provoca un indudable efecto auditivo en la concurrencia, entre maravillada y apabullada por semejante despliegue. Parece que la génesis de esta obra es prácticamente contemporánea de la de su precedente sinfonía, puesto que fue terminada tres años antes de su estreno, en 1905. Sin embargo, es bastante más habitual la programación de la Sexta, con la que comparte incluso ciertos motivos y cierta instrumentación, como por ejemplo, la utilización de cencerros.

La lectura de Bychkov fue enormemente precisa y tendente a buscar la mayor nitidez posible dentro de la complejidad de planos sonoros y del por momentos inextricable ovillo instrumental. Las diferentes secciones del primer movimiento, con esa apertura de la tuba tenor (qué gran trabajo el de los metales y todos y cada uno de sus solistas) en esa especie de marcha un tanto torpe que anticipa el carácter caricaturesco de tantos momentos de la obra, estuvieron estupendamente cinceladas por la batuta para remarcar ese aspecto fragmentario y expresionista que se fue acentuando en el corpus de Mahler. De hecho, la dimensión de este movimiento y sus partes tan variadas y hasta contrapuestas, con inclusión —cómo no— de fanfarrias, de momentos frenéticos y otros casi extáticos, lo convierten en una sinfonía en sí mismo. Es todo un reto conseguir dotar de unidad y coherencia a todo el conjunto y esta orquesta, completamente entregada a su labor y a su director, lo consiguió.

El segundo movimiento y primer Nocturno de la obra vuelve a sorprender con otro movimiento de marcha lenta. En este curioso canto nocturno aparecen pájaros, sones militares y evocaciones campestres sobre todo un tejido sonoro de gran complejidad que fue desbrozado con todo cuidado desde el podio y que nos llegó en unas estupendas intervenciones de las trompetas y la sección de maderas.

El Scherzo es probablemente el movimiento más liviano de la obra, caracterizado por ese vals vienés que va y viene pero que, una vez más, no deja de ser una versión un tanto grotesca y expresionista de esa danza. Como si entre ambos Nocturnos se nos recordara que todas las noches pueden ser la de Walpurgis. Muy buen trabajo de filigrana entre las secciones en estas frases que vuelan y de pronto nos sueltan una bofetada o se volatilizan sin explicación, como esas sombras que se evocan en las indicaciones (“schattenhaft”) pero que no auguran nada bueno.

El cuarto movimiento y segundo Nocturno es quizá el más inteligible y también el que tiene una orquestación más ‘simple’, ya que no hay ni metales ni percusión para permitir que se perciban con relativa claridad esa mandolina y esa guitarra que, efectivamente, confieren un carácter de serenata. El expresionismo cede un rato el paso al postromanticismo y a ese carácter más típicamente vienés, con esos hermosos solos de violín que pasan a sus otros compañeros de sección. Un gusto escuchar ese cuidado en los matices para obtener la delicadeza necesaria en una obra tan extrema en las dinámicas como esta.

Como se trata de una sinfonía simétrica, el último movimiento tiene un carácter monumental como lo tenía el primero aunque, en este caso, vamos hacia el optimismo y la alegría, no sin una mueca de sarcasmo. En este punto, haremos mención al timbalero de la orquesta, que no sólo llevó a cabo un trabajo impecable sobre todo en este quinto movimiento, sino que, víctima de la obligación gubernamental de limitar la intensidad del aire acondicionado, fue recogiéndose hasta las mangas del chaqué y buscando aireación por todos los resquicios que su uniforme le permitía, haciendo temer a todos los asistentes un vahído en cualquier momento. Al terminar se llevó probablemente la ovación de su vida. A ver si desde el bien aireado Ministerio de Cultura se piensa un poquito en los trabajadores de la escena y se sacan una normativa que tenga en cuenta determinados aspectos, como la sala abarrotada y el número de personas sobre el escenario. Si los músicos de la Filarmónica Checa mostraron generosidad y entrega de principio a fin, la apoteosis final, que dura cinco minutos y no termina de terminar fue el culmen de la noche.

Pocas veces hemos escuchado unos músicos de orquesta que de la primera nota hasta la última vayan casi a tumba abierta y no por descuido, sino precisamente por generosidad, por ganas de hacer vibrar al público con su interpretación. Para muestra, el solista de corno inglés, al que se le oía perfectamente junto a la sección de trompetas. Y seguramente, mucho tiene que ver en esto la complicidad visible y audible con su director. Gran trabajo y gran satisfacción la del público donostiarra en la penúltima noche de la Quincena.

Ana García Urcola