SAN SEBASTIÁN / Quincena Musical: irregular Mendelssohn de Savall

San Sebastián. Auditorio Kursaal. 24-VIII-2025. Quincena Musical Donostiarra. Le Concert des Nations. La Capella Nacional de Catalunya. Jordi Savall (director), Lluis Vilamajó (director del coro), Sara Mingardo (mezzosoprano), Ilker Arcayürek (tenor), Matthias Wincklher (barítono), Arttu Kataja (barítono). Mendelssohn: Sinfonía nº 3 “Escocesa” y La primera Noche de Walpurgis op. 60.
Una de las citas más esperadas en la 86ª Quincena Musical era el concierto que Jordi Savall dirigió al frente de su grupo, Le Concert des Nations, el pasado día 24. El aplauso de acogida que recibió dio muestras del cariño del público y el de despedida dio cuenta de que la fama precede, tenga la prestación el interés que tenga. El programa aunaba dos obras de Mendelssohn: en la primera parte la Sinfonía nº 3 en La menor “Escocesa” y, en la segunda, La primera noche de Walpurgis op. 60. La Escocesa, una de las partituras más hermosas y luminosas del repertorio sinfónico sonó opaca, plana, confusa y superficial, mientras que, gracias sobre todo al estupendo coro La Capella Nacional de Catalunya, un brío diferente reanimó el espíritu mendelssohniano en la segunda obra.
El precocísimo genio de Mendelssohn se había entrenado en el género sinfónico ya en su adolescencia con las trece Sinfonías para cuerda, además de componer con tan sólo quince años su Primera Sinfonía en Do menor. En cuanto a las otras cuatro, su numeración no corresponde a su auténtica cronología y en lo que a la Escocesa se refiere, si bien la comenzó en 1829, no fue hasta 1842 cuando la dio por terminada, convirtiéndose, de hecho, en la última partitura de este género que alumbró. Si la inspiración primera la encontró efectivamente durante un viaje por Escocia en 1830, a lo largo del cual intentó captar el ambiente brumoso del país, el hecho de que la siguiera componiendo en Italia unos meses después inyectó seguramente un tono vital menos sombrío a su creación.
Desde el comienzo faltó sutilidad en los ataques, en la búsqueda de un sonido de calidad y mucho más por la ausencia de una verdadera dirección en el fraseo que por el nivel de los músicos, que era bueno. Y digo esto porque no nos podemos refugiar en el hecho de que parte de los integrantes de la orquesta formen parte de un programa de academias formativas en orquestas para jóvenes de la UE. No. No hubo cuidado en los detalles ni en la claridad de una obra que, como todo Mendelssohn, es meridiana, tanto en construcción, como en armonías, como en la instrumentación. La amplia línea de la preciosa y melancólica frase inicial fue barrida por la falta de intención y por la sosería que dominó a la sinfonía entera. Los metales no tuvieron tampoco su momento -que sí llegaría en la segunda parte- y la confusión expositiva se apoderó del Allegro, porque Savall batía el compás y allí cada sección ejecutaba lo que se pedía en la partitura, pero sin que hubiera verdadero concierto, de manera que el balance era aproximado, según se oían los propios músicos. Como si no hubiera nadie al volante. Y cuando digo lo de batir el compás, es literal, porque tampoco es que aquello tuviera el más mínimo vuelo lírico y se sintiera una pulsación que hiciera avanzar la música. Una música que, por cierto, casi camina por sí sola.

En el segundo movimiento Scherzo. Vivace non troppo la cosa no mejoró, porque ese precioso tema de índole folclórica que canta el clarinete quedó anegado por las notas repetidas de los violines. ¿Por qué? Pues sencillamente porque el clarinete tocó en matiz piano, como se le pide y los violines, en pianissimo, como se les pide a ellos, pero el director no fue capaz de bajar a los segundos y subir al primero para que destaque. Y así, cada vez que había un solo. Y miren que el oboe solista intentó lo suyo girándose hacia sus compañeros a ver si entre todos movían el fraseo. Pero no. El resultado fue un puré de guisantes sonoro bastante notable. Pero como todo es susceptible de empeorar, pues empeoró.
El tercer movimiento, Adagio, que es de una belleza inconmensurable y una nitidez sin fisuras quedó convertido en un adoquín: ni delicadeza, ni búsqueda del color de los acordes a través de la gradación de las secciones, ni canto en las cuerdas graves que tienen un bajo magnífico, ni un legato conveniente en ese culmen del lirismo romántico que es el primer tema. Ni respiraciones, ni pequeñas flexiones de rubato, como si el director se hubiera tragado el metrónomo, Y la sección en modo menor, exenta de tensión musical y carácter resultó pesada e inexpresiva. La vuelta al tema inicial quedó deslucida por no otorgar a los chelos el protagonismo debido, a pesar de lo cual llevaron a cabo el mejor fraseo del movimiento. El comienzo del Allegro maestoso assai resultó un tanto estridente en los violines y se repitió el problema del equilibrio cada vez que los solistas de las maderas tenían el tema. En cuanto al carácter, hubo más histeria que verdadero pulso dramático. Bien el clarinete y el fagot en la transición al Allegro maestoso final que, justo es decirlo, fue sin duda el mejor momento de la sinfonía, con una sección de trompas mucho más entonada y convincente. Pero en líneas generales, una solemne decepción para quien suscribe. Probablemente, Mendelssohn no es para Savall, pero la realidad es que alguien con su recorrido y su nombre no puede hacer una versión de brocha gorda, insustancial y sin el más mínimo aliento poético.

La cosa cambió en la segunda parte, no sé si porque quizá se ensayó más o por una sana influencia del director del coro, Lluis Vilamajó. Hay que reconocer que el programa contaba con una lógica cronológica muy clara: La primera noche de Walpurgis op. 60 fue compuesta en su mayor parte durante el viaje de Mendelssohn a Italia en 1831 y retomada en 1842, como la Sinfonía Escocesa. Parece que, tras terminar esta obra sinfónico-coral, a comienzos de 1843, declaró que la había modificado completamente hasta estar realmente satisfecho con el resultado. En la primera audición de la obra, el 2 de febrero de 1843, Héctor Berlioz se encontraba en la sala de la Gewandhaus de Leipzig y parece que quedó fuertemente impresionado por “su claridad perfecta, a pesar de su complejidad”. No deja de ser curioso que otro de los grandes compositores que dedicaran grandes obras a los temas fáusticos se hallara presente.
Como decía, la interpretación de esta segunda obra de Mendelssohn fue mucho más convincente y expresiva que la de la Sinfonía, aunque tampoco hubiera estado de más llevar más lejos las dinámicas, sobre todo en los matices piano. En cualquier caso, casi dio la impresión de ser otra orquesta, más empastada y con mucho mejor balance. Y eso desde la Obertura inicial, que contó con una energía que no se había sentido previamente, lo cual benefició a todas las secciones. Fantásticas las trompas en su importante intervención en esa apertura de la obra y muy bien dibujadas las líneas melódicas por secciones e instrumentos de esa Transición a la primavera.
Lo realmente impresionante del concierto fue el coro, La Capella Nacional de Catalunya, desde esa primera entrada de las mujeres, con un timbre redondo y perfectamente empastado (a ver si algún responsable del Orfeón andaba por allí y se dio cuenta de que las voces femeninas, a pesar de su juventud, pueden sonar a mujer y no a impúberes y extrae consecuencias). Toda una lección de precisión tanto en la emisión como en los ataques y por supuesto, en la dicción. Estuvieron fantásticos de fraseo, implicación expresiva y control de dinámicas. Magníficos también los hombres en el coro de guardianes y druidas “Venid con puntas y horcas”. Toda la parte final fue un auténtico gozo escucharlos y sin duda su energía arrastró a la orquesta a una interpretación entusiasta y vitalista. Un gran bravo.
En cuanto a los solistas, a pesar de cierta tensión a causa de la endemoniada tesitura, estuvo bien en su comprometido cometido como druida el tenor turco Ilker Arcayürek, poseedor de una voz realmente interesante. Bastante bien Sara Mingardo como anciana, que hizo gala de su bonito fraseo a pesar de cierta indeterminación en la afinación. Sin duda se benefició de la escasa densidad instrumental en el momento de su intervención. Notable y hermosa voz la del barítono Matthias Wincklher, que pudo estar un poco más fino en la línea y en la afinación, algo calante en algunos momentos, pero que cerró muy bien la obra junto al coro. Y cumplió sobradamente en su breve intervención el finlandés Arttu Kataja.
En definitiva, un concierto realmente desconcertante por la disparidad entre la primera parte y la segunda, teniendo en cuenta que teníamos los mismos intérpretes y el mismo compositor. ¡Bendito coro!
Ana García Urcola


