SAN SEBASTIÁN / Quincena Musical-Ciclo de Cámara: El placer de los tríos

87ª QUINCENA MUSICAL DONOSTIARRA. Ciclo de Cámara. Museo de San Telmo.
3 de agosto de 2026. Francesca Dego (violín), Alessandro Carbonare (clarinete), Alessandro Taverna (piano) Obras de Menotti, Stravinsky, Gershwin y Bartók.
4 de agosto de 2026. Trío VibrArt. Miguel Colom violín), Fernando Arias (violonchelo), Juan Pérez Floristán (piano). Obras de Schubert, Beethoven y Mendelssohn
El Ciclo de Cámara de la Quincena Musical Donostiarra ha comenzado en su marco habitual del claustro del Museo de San Telmo con dos conciertos de sendos tríos de diferente formación que han demostrado hasta qué punto esta sección del festival constituye una de sus grandes bazas.
El día 3 de agosto tuvimos la suerte de escuchar un programa para violín, clarinete y piano cuyos protagonistas fueron los italianos Francesca Dego, Alessandro Carbonare y Alessandro Taverna respectivamente. Se trata de una formación con muchas posibilidades pero no tan habitual como la que hace “sustituir” el violín por el clarinete junto al violonchelo, por lógicas cuestiones de registro. Tampoco el repertorio elegido era de los que se toca con frecuencia y si a ello añadimos que los tres músicos son renombrados solistas con sólidas carreras internacionales (Dego es artista residente en el Wigmore Hall y Carbonare es clarinete solista de la orquesta Santa Cecilia de Roma) no cabía esperar más que una gran velada. Aún así las expectativas quedaron ampliamente superadas.

Comenzaron con una obra de Gian Carlo Menotti, la más reciente en fecha (1996) pero no en el tipo de lenguaje utilizado. Se trata de una obra que delata ese eclecticismo típico del italo-estadounidense entre post-romántico e influido en este caso por los franceses del Grupo de los Seis, pero que mantiene un idioma propio y desafiante en esos finales del XX. Desde las primeras notas del Allegro inicial quedó claro que teníamos delante a tres enormes músicos, cada uno de ellos poseedor de un sonido personal, redondo y de calidad excepcional y al mismo tiempo con una impecable capacidad de empaste y equilibrio con sus compañeros. Estupendos los contrastes entre las secciones más líricas y las más rítmicas, con ese aire de presunta ligereza impregnada siempre de una gran melancolía, que tiene su continuidad en ese preciosa Romanza del segundo movimiento, donde especialmente Carbonare y Dego pudieron hacer alarde de la belleza tímbrica que saben extraer y de un fraseo con rubato medido y enormemente expresivo. Estupendo siempre Taverna, en esa tarea imprescindible de asiento de sus colegas. Un gran bravo a Carbonare que pudo lucir su impresionante legato en esa cadencia que preludia la sección final. Fantástico ese comienzo en fugato del último movimiento y la cohesión de un movimiento completamente fragmentario en fraseo, articulación y carácter. A estas alturas el público ya estaba cautivado por el nivel de estos tres artistas.
Siguió la Suite de la Historia de un Soldado que el propio Stravinsky arregló para esta formación en trío un año después de su estreno de 1918, manteniendo el papel protagonista del violín, otorgando mayor protagonismo al clarinete e introduciendo al piano en la transcripción del resto de instrumentos y como base del aspecto rítmico. Precisamente este papel de “motor” fue bordado por Alessandro Taverna, en ese cometido tremendo de imprimir fluidez y claridad a unos patrones siempre cambiantes y con una multitud de acentos desplazados. Cabe destacar la precisión en las articulaciones de los tres músicos así como su capacidad para bordear esa estridencia que requiere el ruso sin perder jamás la calidad en el sonido. Pudimos apreciar la prodigiosa afinación de Francesca Dego en esas dobles cuerdas del segundo movimiento “Le violon du soldat” y su fantástico dominio del arco. Perfecto de balance y claridad estuvo ese tercer movimiento, que demanda una precisión sin tacha, mientras que el “Tango-Vals-Rag” sonó lleno de sarcástica sensualidad con ese impresionante violín de Dego (qué primera cuerda) para lo que la exactitud rítmica de sus compañeros jugó un papel decisivo. La fulgurante “Danza del diablo” cerró de forma absolutamente brillante la obra.

Tras un leve descanso, un arreglo de varios temas de Porgy and Bess de Gershwin realizado por Robert Russel Bennett sirvió de interludio contrastante entre Stravinsky y Bártok. Pudimos degustar el magnífico sonido de Alessandro Taverna en la primera de ellas y también el sentido jazzístico de Carbonare en el blues. Un auténtico placer escuchar esta incursión en esta música que además tenía su lógica en el programa, puesto que la última de las obras, Contrasts, fue encargada a Bártok por Benny Goodman en 1938 y estrenada por ambos músicos junto al violinista Joseph Szigeti. Tres danzas folclóricas reinterpretadas con su personal lenguaje nos trasladan a un universo en el que siempre late algo inquietante bajo ese manto de música popular. Fabulosa la afinación de violín y clarinete en el “Verbunkos” inicial (una danza de reclutamiento) en toda esa sección de dobles cuerdas completamente homorrítmica y simplemente sensacional Carbonare en la cadencia final. La nocturna “Pihenö” nos permitió apreciar el control de las dinámicas en pianissimo y el perfecto legato de estos artistas en un tempo muy lento. Impresionante la atmósfera de tensa calma que lograron crear con el control del equilibrio sonoro, de los efectos de trémolo, trinos y diferentes texturas que utiliza el compositor. La frenética “Sebes” final (danza rápida) comienza con una scordatura del violín que da el tono salvaje y macabro -a la Saint-Saëns- del movimiento. Estupendos los contrastes entre las secciones y la exactitud rítmica dentro de una pulsación que varía no poco y el control de los diferentes efectos. En definitiva, una lección de poderío instrumental y musical que arrebató al público.
Como primera propina el trío interpretó una canción klezmer, esto es, procedente de la tradición judía ashkenazy que fue un derroche de expresividad y efectos sobre todo por parte de Alessandro Carbonare que llevaba la parte solista, literalmente endiablada y con multifónicos incluidos. El entusiasmo del respetable consiguió arrancar un segundo bis, en este caso, el cuarto movimiento de L´invitation au châteu de Poulenc, música escrita en 1947 para la obra de teatro del mismo nombre de Jean Anouilh. Nada mejor que este delicioso Mouvement de Valse-Hésitation para rubricar un concierto de ésos que marcan una edición y sobre todo, nuestras memorias.
El día 4 de agosto proseguimos esta fiesta de la música de cámara con el Trío VibrArt integrado por tres músicos tan destacados dentro y fuera de nuestras fronteras como el violinista y concertino de la ONE Miguel Colom, el violonchelista Fernando Arias y el pianista Juan Pérez Floristán. A pesar de lo cargado de sus agendas individuales, los tres intérpretes mantienen siempre un espacio para sus actuaciones con este trío que crearon en 2015. Tres personalidades bien marcadas pero que saben armonizarse perfectamente para lograr un resultado coherente y verdaderamente armonioso, como pudimos comprobar.

Abrieron la velada con el Nocturno op. 148 D 897 en mi bemol mayor de Schubert, esa pieza probablemente proveniente de un descarte del compositor que inicialmente pensaba utilizarla como segundo movimiento de un trío pero que guardó en un cajón de donde fue rescatada tras su muerte, como comentó Pérez Floristán. Desde el comienzo, los VibrArt asentaron las bases de lo que sería su concierto: control del sonido, gusto por el contraste y fraseo expresivo y bien dibujado. Estupendo ese inicio casi flotante en las cuerdas sobre los arpegiados del piano, con un vibrato ausente en principio que iba ampliándose paralelamente a la dinámica. Esos acusados contrastes con las secciones en forte tradujeron muy bien el cambio de carácter, del ensueño a la épica o incluso a la desesperación de ese Schubert en sus últimos momentos.
Tras un breve parlamento didáctico como los que suele introducir con buen criterio Pérez Floristán, atacaron el primer movimiento “Allegro vivace e con brio” del Trío op. 70 en re mayor “Fantasma” de Beethoven. Y efectivamente su interpretación fue enormemente vivaz y briosa, siguiendo al pie de la letra las indicaciones. De nuevo pudimos apreciar ese gusto por el claroscuro y los contrastes, más que justificados en el estilo beethoveniano. Fantásticas siempre las transiciones tanto entre frases como entre secciones, manteniendo siempre el carácter y la tensión musical. Impecables de afinación las octavas entre violín y chelo y esos intrincados intercambios entre ambos instrumentos. El “Largo assai de espressivo” fue una verdadera lección de construcción expresiva y exploración de dinámicas y fraseo. Floristán explicó la relación que este movimiento guarda con un proyecto que Beethoven había concebido para una ópera sobre Macbeth de Shakespeare. Y desde luego quedó patente que la interpretación del VibrArt pretende recrear ese siniestro ambiente de misterio e incluso reforzar la concepción dramática de la partitura. De hecho incidieron muy acertadamente en el aspecto de recitativo de buena parte del movimiento. Uno de los aspecto más destacables fue la magnífica ejecución de las indicaciones dinámicas y muy especialmente de los crescendi y diminuendi en poco espacio de tiempo y también de esos matices subito tan difíciles de realizar. Fantástica toda la sección final sobre los trémolos del piano (fabuloso control de las dinámicas de Floristán) en la que logarón una atmósfera realmente fantasmagórica. Un nuevo y enorme contraste con ese último movimiento “Presto” que trajo aires ligeros y juguetones tras la oscuridad del “Largo”. Impecables las conexiones de los fragmentos de tema que pasan de un instrumento a otro y las respuestas constantes y fantástica ejecutada la “sorpresa” de los pizzicati antes del último crescendo para la apoteosis final.
La última obra del programa fue el Trío n.º 1 op. 49 en re menor de Mendelssohn, de gran dificultad y muy especialmente para el piano. El carácter declaradamente romántico de la obra quedó de manifiesto desde ese primer y hermosísimo tema presentado magníficamente por el violonchelo de Arias, con garra y dramatismo. Lleno de expansión lírica estuvo ese tema en modo mayor de la sección, que también escuchamos por primera vez en la voz del chelo. Fantástico trabajo de Floristán frente a un cometido que no deja respiro y en el que tras cada nota hay una ocasión para estrellarse. Los tres músicos dieron una intachable muestra de conexión en la energía y la expresividad en un movimiento que prácticamente corta el aliento. Delicada y muy lírica presentación de los temas del “Andante” a cargo de Floristán, cuyo testigo retomaban con la misma intención sus compañeros a cada ocasión. Estupendo el paso del carácter plácido a la inquietud y el desasosiego para volver a un luminoso modo mayor en el que Colom tuvo una intervención realmente sobresaliente. Y qué gran manejo de esos pequeños rubatos por parte de los VibrArt, siempre en su justa medida. El Scherzo fue un auténtico alarde de control y equilibrio por parte de los tres músicos que imprimieron un tempo realmente “Legiero e vivace” sin concesión ninguna. Magnífico el virtuosismo de Floristán y el manejo del arco de Colom y Arias para unas articulaciones de una exactitud asombrosa. La explosión apasionada del Finale fue una suerte de compendio de todas las cualidades hasta aquí expuestas: lirismo y energía desbordante, precisión rítmica y técnica y perfecta conjunción en expresión, fraseo y equilibrio sonoro. Tras esa coda exultante y exaltante el entusiasmo del público desbordó en un cerradísimo aplauso, como no podía ser de otra manera.
Como propina tras tan largo y exigente programa, los VibrArt ofrecieron una transcripción para trío de la maravillosa Romanza op. 6 n.º 6 de Chaikovski, uno de sus lieder más conocidos, titulado Un corazón solitario.
Un verdadero privilegio haber podido disfrutar de dos formaciones tan fabulosas con unos programas de tal calidad. ¡Bravo, Maestros!
Ana García Urcola


