SAN SEBASTIÁN / La Mahler Chamber y Daniel Harding conquistan el Kursaal

San Sebastián. Auditorio Kursaal. 6-VIII-2026. 87ª Quincena Musical Donostiarra. Daniil Trifonov, piano; Daniel Harding, dirección. Mahler Chamber Orchestra. Brahms: Concierto para piano nº 1 op. 15 en Re menor. Dvorák: Sinfonía nº 8 op. 88 en Sol mayor.
El primer concierto sinfónico de la 87ª edición de la Quincena Musical era de esos que los aficionados esperan con verdadera fruición, porque conjugaba tres protagonistas de campanillas: un solista internacional en la cresta de la ola, como Daniil Trifonov; una formación, la Mahler Chamber, que se cuenta entre las mejores del mundo; y por último y no menos importante, un director de primerísima fila como es Daniel Harding (había escrito “de altos vuelos” pero, dada la condición de piloto del susodicho, me quedaba un chiste realmente penoso).
La velada se abrió nada más y nada menos que con el Concierto nº 1 en Re menor op. 15 de Brahms, monumento sinfónico-solístico donde los haya. Siempre resulta sorprendente pensar que esta fue la primera obra escrita para orquesta del hamburgués, dada su envergadura, perfección formal y su innovadora manera de conciliar sinfonismo y música de cámara en esa relación entre masa orquestal y solista. Harding atacó la imponente introducción con esa mezcla de energía y elegancia que le caracteriza y una concepción casi teatral y cercana al carácter de algunas oberturas beethovenianas. Estupendo momento para empezar a disfrutar de la calidad de esta orquesta en la que pudimos escuchar a Julia Gállego como solista de flauta y a Robert Silla como solista de oboe. La sorpresa llegó con la entrada de Trifonov, que pareció instaurar otro carácter completamente diferente al del director británico: una concepción intimista y contemplativa, con un planteamiento del primer tema muy cercano al de un coral —esa visión más bachiana que decimonónica reaparecería con frecuencia— y un tempo casi estático y muy recreado.
Una visión diferente de un Maestoso. La cuestión era evidente: ¿serían conciliables ambas miradas? Pues sea como fuere, o más bien porque Harding estuvo plenamente pendiente del solista y se explayó con unos fabulosos fraseos en sus momentos únicamente sinfónicos, la cosa funcionó y no hubo choque frontal, sino un encaje que pareció casi natural. De esta manera, el control del equilibrio con la orquesta, en especial en esos momentos en pianissimo en que Trifnov parece disfrutar especialmente del color del piano, quedó patente tanto por parte del director como de los propios solistas de la orquesta, cuyas maderas y trompas se lucieron en un ejercicio magnífico de contención y lirismo. Trifonov mantuvo esa idea de destacar lo contrapuntístico de su partitura y enfatizó la mano izquierda en no pocos momentos. Fiel a su concepción intimista, no llevó las dinámicas al máximo incluso en esas secciones más heroicas en octavas, aunque el ímpetu de Harding y la Mahler le empujaron a salir de su ensueño en algunos momentos de la reexposición. Se diría que su pasión romántica es más de orden místico.
Impresionante y conmovedora resultó toda la introducción orquestal del segundo movimiento, Adagio, con esas frases cruzadas entre cuerda y fagotes y la entrada de los solistas de madera. Qué belleza de sonido y qué delicadeza en el fraseo. La primera intervención del piano no desmintió esa idea bachiana de la partitura y en su diálogo con la orquesta así lo atestiguó, remarcando las disonancias de las apoyaturas. Fantásticas las dinámicas en pianissimo en el segundo tema tanto de la orquesta como del piano, en perfecta conjunción. Se recreó de nuevo Trifonov en esos breves solos centrales, cuyo tema retomaron maravillosamente las maderas alternativamente a cada ocasión. Fantástico Robert Silla en su solo de la reexposición (como siempre que lo escuchamos con la ONE, por otra parte) y extraordinarias las cuerdas graves en todo el movimiento, con un fraseo sonoro, perfectamente legato y siempre lleno de intención, incluso en esa larguísima nota pedal de re. Un bravo por Harding que siempre consigue canalizar la tensión hacia donde toca. Muy bella cadencia del piano que reafirmó su carácter ensoñador y flotante, ambiente que la orquesta supo recoger magníficamente para cerrar el movimiento.
El vigor habitual del tercer movimiento se tornó en cierta circunspección en la exposición del tema principal del Rondó, que sonó enérgico y decidido en la orquesta. El leve rubato que empleó Trifonov para el segundo tema, notablemente dulcificado en el carácter, fue perfectamente seguido por Harding y los suyos. Estupendas trompas y trompetas en el anuncio de la vuelta al estribillo y fantástico el sonido y el fraseo de las cuerdas en la sección central. De nuevo asomó la idea “barroca” de la escritura brahmsiana y Trifonov ejecutó su cadencia al modo de una fantasía de Bach y de forma sorprendentemente pausada. Muy bien ejecutada la conexión con la orquesta en la sección final para desembocar en esa coda de alegría desbordante. Una versión personalísima, decantada y muy interesante del pianista ruso que cosechó un enorme triunfo. Lo agradeció con dos propinas que nos llevan a esa historia suya en relación con América que está contando a través de dos CDs: una trepidante Levante de Osvaldo Golijov, obra muy virtuosa que nos acercó a una faceta realmente sorprendente, inesperada y extrovertida de Trifonov (no hace falta explicar la explosión que supuso en el público) y Suave acalanto, de la Suite brasileira nº 2 de Óscar Fernândez, que nos devolvió a ese Trifonov intimista y recogido.
Y tras el Olimpo brahmsiano, pasamos a la briosa y colorista (manera fina de decir estruendosa y en muchos momentos pachanguera) Octava Sinfonía de Dvorák, cuya mayor cualidad es la de estar llena de temas silbables —cualidad innegable del checo— y que gracias a un director como Harding y una orquesta como la Mahler Chamber adoptó su mejor cara. Fantástico el tema introductorio en los chelos sostenido por trompas y fagotes y ese canto del pájaro que bordó la solista de flauta y que se convierte en el tema principal. Estupendo el paso al festivo modo mayor y el equilibrio entre las diferentes secciones en ese follón de decibelios que sigue. Este director siempre consigue dotar de interés a los momentos o acompañamientos que parecen más banales con un impulso de frase, con una indicación dinámica, con una leve respiración o cualquier detalle que puede cambiar completamente el sentido de lo que está sonando. Y por supuesto, se vio asistido por una orquesta que demostró que lo de ser una formación de cámara no obsta para obtener un sonido enorme y pleno si cada músico está implicado al cien por cien. Fantástica siempre la cuerda, tanto en los breves sujetos más líricos, como en el impulso general en los constantes cambios de carácter. Y fuera de serie todos los vientos, desde los metales en esas llamadas brillantes hasta cualquiera de los incontables temas encomendados a las maderas, que admiraron por su precisión como solistas y empaste interno.
En el segundo movimiento, las cuerdas dibujaron con enorme elegancia ese fraseo lleno de indicaciones dinámicas ejecutadas con toda precisión para dejar paso a las maderas en ese tema folclórico en el que los dos clarinetes que llevan la voz cantante dieron una verdadera lección de control de los matices. Impresionante la forma en que Harding fraseó ese acompañamiento de escalas descendentes en los violines mientras la flauta y el oboe cantaban su sujeto en la segunda sección. Estupendo también el solo de violín antes de ese tremendo tutti en fortissimo que desembocó con la fluidez y la naturalidad a la que esta magnífica agrupación ya nos había acostumbrado en la vuelta al primer tema. El gusto de Harding por lo teatral apareció en ese tema trágico que viene a turbar el ambiente entre popular y plácido instaurado hasta entonces que se resuelve como un guiño en la vuelta al precioso tema de la segunda sección pero esta vez en las cuerdas mientras son las maderas quienes ejecutan esas escalas. Fabuloso final, incidiendo en la disonancia de esa cadencia plagal sobre el segundo grado con el sexto rebajado que aporta un extra de sabor al movimiento. Disculpen la pedantería técnica, pero estuvo tan bien puesto de relieve que no me he podido aguantar.
El Allegretto fue para quien suscribe, el mejor momento de la sinfonía, siempre dentro de un nivel de absoluta excelencia. El tema inicial a modo de vals en 3/8 sonó lleno de elegancia y con esa especie de languidez melancólica en las cuerdas mientras las maderas ejecutaban sus florituras de acompañamiento con gran equilibrio, cometidos que, una vez más, escucharemos invertidos poco después con un uso de la cuerda que recuerda mucho a Brahms. Fantástico el uso del rubato y de los pequeños glissandi, siempre medidos y expresivos. El trío de la sección central combina la dulzura de un tema cantabile a cargo del oboe y la flauta al unísono (bravísimos una vez más Robert Silla y Julia Gállego) con su ritmo que induce a equívoco, porque su escritura nos produce la ilusión de pasar a un compás a dos partes mientras el acompañamiento sigue claramente en ternario. La inversión en la orquestación, con el sujeto en las cuerdas y el solo final del oboe y su vuelta al tema inicial fue una soberbia lección de balance, elegancia en el fraseo y pulcritud en la realización de todos y cada uno de los parámetros. Fantásticos los vientos, tanto maderas como metales en la vivaz coda.
Imponente la entrada en fanfarria de las trompetas, con un estupendo sonido pero conteniendo cualquier exceso dentro de ese impecable fortissimo. Fabuloso el fraseo de los chelos en el tema inicial en meno mosso antes de ese tutti veloz de la orquesta que termina en un largo solo de la flauta, magníficamente interpretado una vez más. Estupendo momento de lucimiento para las maderas esa progresión descendente de tono oriental que luego es retomada por cuerdas y metales y en la que Harding consiguió moderar lo casi inmoderable. Maravillosos los momentos meno mosso en dinámicas piano y pianissimo, cargadas de expresión lírica sin caer en una sentimentalidad excesiva que siempre es un peligro notorio y esa transición antes de la explosión final.
Hay que decir que, a pesar de la gran prestación de Trifonov con su muy especial versión del Brahms, los grandes triunfadores de la noche fueron los miembros de la Mahler Chamber que demostraron —como siempre que hemos tenido ocasión de escucharles— que son una de las mejores orquestas de mundo. Y si además tenemos a Harding en el podio… What else???
Ana García Urcola


