SAN SEBASTIÁN / La generosidad de Flórez en un fenomenal concierto de apertura de la Quincena

San Sebastián. Quincena Donostiarra. Auditorio Kursaal. 2.VIII. 2026. Juan Diego Flórez, tenor. Vincenzo Scalera, piano. Obras de Bellini, Rossini, Donizetti, Verdi, Gounod, Massenet, Lecuona, Soutullo y Vert, Pérez Soriano, Serrano.
La octogésimo séptima edición de la Quincena Musical Donostiarra se abrió el pasado domingo 2 de agosto con un recital del gran tenor Juan Diego Flórez acompañado por su pianista habitual, Vincenzo Scalera. Las entradas estaban agotadas desde hacía tiempo porque hacía la friolera de veintidós años que el peruano no pisaba el escenario del Kursaal, pero nadie había olvidado aquella magnífica versión concierto de La donna del lago junto a Daniela Barcellona, Gregory Kunde y Simón Orfila en 2004, ni tampoco aquel formidable Stabat Mater de Rossini en el 2000.
Se pudo oír una pequeña exclamación de decepción al anunciarse por megafonía la afección de garganta que estos días padece el tenor, a pesar de lo cual había decidido mantener el recital. Esto es muy de agradecer teniendo en cuenta el problemón que supone una cancelación de un concierto de apertura anunciado a bombo y platillo y que había provocado la lógica expectación. Y, de hecho, se había preparado junto al piano todo un kit de emergencia con caja de pañuelos y vaso de agua que fue completado por Flórez con inhalador y un vasito negro con una misteriosa pócima. Evidentemente, todo esto no empujaba a la tranquilidad, pero… hace muchos años que el limeño juega en otra liga, señores, y una vez más -quizá más que nunca- hizo alarde de su técnica de solidez inquebrantable.
El programa era de ésos que sirven tanto para el lucimiento del cantante como para el regocijo del público ávido de espectáculo musical: grandes hits, guiños populares y arias comprometidas. Flórez mantuvo casi todo lo programado, con algún recorte y un cambio debido a una sabia decisión, dada su situación.

Abrió su recital con tres conocidas canciones de Bellini, de ésas que sirven tanto para colocar debidamente la voz como para ir caldeando el ambiente gracias a ese destilado de sensibilidad romántica de salón -dicho sea esto con el mayor respeto por la buena música de salón- que caracteriza a estas piezas del de Catania: Malinconia, ninfa gentile, Vaga luna che inargenti y La ricordanza. Francamente, me pregunto quién de los asistentes, si no se llega a avisar del estado de salud de Flórez, habría sido capaz de darse cuenta de que algo pasaba, más allá de los momentos en que hubo de recurrir a los pañuelos y toser un poco. Al contrario, como siempre, pudimos apreciar desde el principio su perfecto legato, su dicción sorprendentemente clara, su prodigiosa afinación, su elegancia expresiva y la belleza de su timbre, apenas empañado en algún momento muy breve y pasajero por una leve nasalidad.
Siguieron dos ariettas de Rossini, La lontananza y L´esule cantadas con esa sapiencia vocal y estilística del que es uno de los mejores rossinianos de la historia. Flórez cuenta con esa rara cualidad que consiste en saber utilizar un registro de expresividad íntima que consigue dar la impresión de cantar para todos y a la vez para cada uno de los miembros del público.
Tras una de las tres breves y estupendas intervenciones a solo del maestro Vincenzo Scalera (de quien nos ocuparemos un poco más adelante) que interpretó uno de los Pecados de vejez de Rossini, siguió la cavatina y aria Oh! Rammenta, bella Irene de Donizetti, en la que el tenor demostró una vez más seguir siendo el rey del fraseo y de las agilidades. La primera parte debería haber terminado con “Sì, ritrovarla io giuro” de La Cenerentola, pero teniendo en cuenta su tonalidad y el hecho de que debía llegar a un do sobreagudo, decidió cambiarla por el recitativo y aria “O comme il fosco… Quell´alme pupille” de La pietra del paragone del mismo Rossini, que le permitía no sobrepasar el límite del si bemol sobreagudo que visiblemente se había autoimpuesto en esta primera parte pensando en lo que venía en la segunda y de este modo y asegurar una emisión perfecta y sin titubeos. Sabemos que en condiciones normales esa nota queda bastante por debajo de lo que Flórez alcanza y que la emite como si tal cosa, pero les aseguro que el constante recurso a los variados remedios y auxilios presentes en escena daban fe de una precariedad que él conocía mejor que nadie y por tanto hizo muy bien. Estupenda prestación llena de buen gusto, lirismo y conocimiento canoro.

Repertorio español y francés para la segunda parte que empezó con la famosísima “Bella enamorada” de El último romántico de Soutullo y Vert. En la voz de Flórez sonó llena de lirismo y elegante y contenida expresión, alejada de ciertos excesos épicos pero echando el resto cuando toca. La jota “Suena, guitarrico mío” de El guitarrico de Agustín Pérez Soriano estuvo llena de gracia, matices y sentimiento. Cerró la sección de zarzuela con “Aquí está quien lo tiene tó…” de La alegría del batallón de José Serrano, en la que se sintió visiblemente más cómodo.
Nueva pausa de hidratación (ésta sí necesaria y sin publicidad) para la segunda intervención de Scalera con la Mazurka “Glissando” de Ernesto Lecuona, tras la que llegó la sección francesa del programa, con dos de las arias más esperadas, “Pourquoi me réveiller?” del Werther de Massenet y “Ah, lève-toi, soleil” de Roméo et Juliette de Gounod. Desde lo alto de su magnífica dicción francesa, imprimió a la primera todo el dramatismo que la caracteriza y no ahorró caudal vocal, como no ahorró tampoco entusiasmo el público. Cambio de tercio y de atmósfera para la segunda, esa incomodísima aria salida de la pluma de Gounod que Flórez cantó con esa mezcla de emoción y arrojo que se precisa. Brillaron su impecable fraseo, sus dinámicas y también los tres inevitables si sobreagudos, que, aunque un poco abreviado el último, sonaron perfectamente emitidos y llenos de autoridad. Enorme salva de aplausos para un esfuerzo y un resultado realmente estupendos. Última retirada para que Scalera interpretase la Berceuse de la ópera Jocelyn de Benjamin Godard, autor que tiene un corpus interesantísimo de canciones, por cierto.
Sólo quedaba en el programa “La mia letizia infondere” de I lombardi de Verdi, a la que decidió suprimir la cabaletta “Come poteva un angelo”. No pasa nada: la generosidad del peruano había sido enorme de principio a fin y mejor no arriesgar más tras ese Gounod.
Antes de pasar al capítulo de las propinas, me gustaría dedicar unas palabras al gran Vincenzo Scalera, que es un grandísimo acompañante que ayuda, comprende, anticipa y da seguridad al solista y además consigue hacer enormemente interesante hasta el acompañamiento más banal de forma discreta y eficaz, siempre con infalible criterio y muy buen gusto: una nota más destacada, un apoyo ligero en una armonía especial, un pedal más corto o más largo, una forma de atacar que resalta algo, un pequeño rubato… Y en su faceta de solista sus prestaciones son igualmente sólidas y musicales. A las tres piezas que interpretó les extrajo toda la gracia y el jugo con naturalidad y elegancia, haciendo de tres momentos que podían haber resultado un mero relleno, tres pequeñas joyas que todo el público apreció en su justo valor. Un gran bravo para este Maestro.
Acabado el programa, Juan Diego Flórez dirigió unas palabras al respetable para agradecer el calor recibido y recordar su ya lejano último paso por la ciudad. Y para las propinas se pertrechó de su guitarra para deleitarnos con una serie de canciones populares (menos exigente que con el piano, según dijo) entre las que estuvieron el tango de Gardel Volver, una canción cubana que la abajo firmante desconoce, su querida La flor de la canela, Fina estampa y Cucurrucucú, paloma, con las que cosechó una verdadera salva de aplausos. Volvió Scalera a escena para -esta vez sí- cerrar la velada con Mattinata de Leoncavallo, que puso el broche final a una velada fabulosa en la que, sin duda, el que menos disfrutó fue el propio Juan Diego. Puede estar tranquilo: pocas veces hemos tenido ocasión de ver cómo un artista se sobrepone -¡y de qué manera- a la adversidad gracias al oficio, la experiencia y una técnica de oro macizo y todo ello entregándose en lo expresivo y haciendo música de la buena.
Ana García Urcola


