SAN SEBASTIÁN / Ensemble Bayona en la Quincena: fuegos y flores para dos programas exigentes

San Sebastián. Quincena Musical Donostiarra. Ensemble Bayona. Eros Jaca (dirección artística y violonchelo), María Florea y Simone Roggen (violines), María Moros (viola), Camille Sublet (piano).
– Museo de San Telmo, 6-VIII-2025. Ciclo de Cámara. Obras de Shostakovich, F. Coll y M. de Falla.
– Salas Polivalentes del Kursaal, 7-VIII-2025, Ciclo de Contemporánea. Obras de Schubert, H. Arias, G, Erkoreka, G. Kurtag y G. Crumb.
Dos de los ciclos de la Quincena Musical (cámara y contemporánea) han tenido como protagonista al Ensemble Bayona dos días consecutivos con sendos programas realmente atractivos. El primero de ellos, titulado “Cuando el fuego abrasa”, y el segundo, “El ocaso de los pétalos”. Vamos a desgranarlos y adelantar que no solo tienen talento para los títulos.
En el marco del claustro del Museo de San Telmo ofrecieron su primer concierto dedicado a Shostakovich, Francisco Coll y Manuel de Falla, por ese orden. Tras haber sido denunciado en 1936 por haber insultado a la “moral socialista” con su ópera Lady Macbeth del distrito de Mtsensk en el periódico Pravda, con las consecuencias que todos conocemos, Shostakovich recibe en 1941 el Premio Stalin por su Quinteto para piano y cuerdas op. 57. Este tira y afloja, este vaivén constante que padecerá el compositor, no es sino una muestra del terror que infligía Stalin para controlar a cualquier ciudadano, y más aún, al que destacara por algo. Un ruin, cruel, humillante y pavoroso juego del gato y el ratón en el que nunca se sabía si el dictador iba a querer acariciarte o reventarte a dentelladas. Según confesó a un amigo suyo, se habría decidido por componer para esta formación para poder ser él mismo el pianista y viajar por ciudades y pueblos para interpretarlo.
A pesar de este clima en el que vivía, el carácter de este Quinteto es bastante plácido y amable y se inspira en sus dos primeros movimientos de dos formas típicamente barrocas y que retomará más tarde como homenaje a Bach: Preludio y Fuga. Uno de los aspectos que caracteriza a esta obra es ese diálogo entre dos bloques: el piano y el cuarteto de cuerda. Para conseguir una interpretación enteramente satisfactoria de la partitura, se necesita un grupo de cuerdas bien empastado —como lo son— y un pianista capaz tanto de fundirse en el conjunto como de constituirse en un sujeto de la suficiente entidad como para hacer frente o contrapesar al cuarteto, y ahí es donde flaquea esta agrupación. La pianista no tiene ni el mismo ímpetu musical ni el mismo carácter versátil que sus compañeros. Faltó sonido a lo largo de toda la obra y de todas sus intervenciones y no solo porque quizá el piano que hubo de tocar fuera un tanto sordo de timbre —que también—, sino porque jamás utilizó todo el peso de su cuerpo, como es necesario en más de una ocasión. Esta falta de implicación física en la producción del sonido no sé si proviene de una cuestión técnica (errada en ese caso) o de una concepción equivocada de las necesidades sonoras del estilo. Lástima, porque el resto del ensemble no sólo fue mucho más allá, sino que, si tuviera una personalidad con más empuje al piano, podría lograr interpretaciones de muy altos vuelos. De hecho, el Adagio que constituye la fuga estuvo francamente bien, en ese juego constante entre instrumentos del cuarteto, en el que lograron un estupendo equilibrio sonoro, haciéndonos disfrutar de esas larguísimas notas tenidas y los acordes que se producen con un control del arco fabuloso en todos ellos. Un ejemplo claro de falta de garra fue el Scherzo, donde la gracia que imprimieron las cuerdas no fue respondida con el mismo vigor en el piano. Muy hermoso sonó todo el inicio del Intermezzo, con un bello fraseo de la primer violín Simone Roggen, muy bien mantenido rítmicamente por sus compañeros y con un incremento de la tensión francamente bien gestionado. Ahí lograron los momentos más emocionantes de la obra, para desembocar en un bien estructurado y jovial Allegretto final.
La segunda parte se abrió con la obra Cantos del compositor valenciano Francisco Coll (1985), que sin duda es uno de los más reconocidos y galardonados dentro y fuera de nuestras fronteras. Esta obra, inspirada en las inflexiones de la voz humana, fue compuesta para la Semana de Música Religiosa de Cuenca y estrenada en 2017 por el Cuarteto Casals y retrabajada posteriormente para incorporarse como segundo movimiento de un cuarteto titulado Códices. Se trata de una partitura bastante breve pero de gran interés e intensidad en la que tenemos constantemente la sensación de que Coll juega a ocultar una modalidad subyacente y que aflora apenas disimulada por momentos. Una sucesión de segundas y séptimas, tanto melódicas como superpuestas, unidas a unos delicados glissandi descendentes nos introducen en un mundo sonoro francamente sugerente, que nos fue estupendamente traducido por el Ensemble Bayona en una interpretación entre íntima y vívida a un tiempo, para perderse en esos trinos que afluyen al acorde final, suspendido en el tiempo.
La velada concluyó con El amor brujo, de Manuel de Falla, uno de cuyos versos da nombre a este programa: “Cuando el fuego abrasa”. Nos presentaron la adaptación que hizo en 2022 para el propio Ensemble Bayona el compositor José Luis Turina: quién mejor que este estupendo autor y nieto de Don Joaquín, quien fuera amigo del propio Falla. Esta obra conoció varias versiones entre 1915 y 1925, aunque en su origen fue concebida como ballet para la bailaora Pastora Imperio bajo el subtítulo de “Gitanería en un acto y dos cuadros” y contó con libreto de María de Lejárraga. Y hay que decir que la versión de Turina es de una fidelidad enorme al espíritu instrumental y tímbrico del gaditano, lo que nos ofrece una forma más de escuchar esta obra maestra. En cuanto a la versión del Ensemble Bayona, fue extremadamente correcta, muy bien ejecutada y perfectamente delineada, pero le faltó ímpetu y ese punto salvaje. Cierto es que Falla recrea un folclore desde la mayor de las pulcritudes académicas, pero esa parte hay que dejarla para la ejecución y la búsqueda instrumental. Sin embargo, la interpretación tiene que llevar a músicos y público al borde del abismo, ese abismo que empuja a la gitana Candelas a buscar ayuda en la hechicería para mantener a su amante junto a ella. Francamente creo que con un mayor vigor presidiendo el piano, las cosas habrían sido distintas, porque faltó respuesta, faltó energía y faltó que el sonido pianístico fuera el de Falla. Aquí no hay que contenerse, hay que partir de la nada y llegar al extremo en los crescendi, entrar en un trance colectivo. Y no llegamos a ese punto. Vamos, que no nos abrasamos con el fuego. Muy bien la cantaora Mariola Membrives, que estuvo muy acertada tanto cantando como declamando y se mantuvo siempre atenta a ajustar su emisión al micrófono en un lugar tan complicado como ese claustro. Para agradecer los numerosos aplausos, ofrecieron una preciosa versión de Anda, jaleo, de Federico García Lorca.
Al día siguiente, el Ensemble Bayona pasó a las Salas Polivalentes del Kursaal. Cambio de tercio para interpretar un programa casi íntegramente contemporáneo llamado “El ocaso de los pétalos”, cuyo leitmotiv es el momento de transición de la vida a la muerte, que en las flores supone una metamorfosis con instantes de gran belleza, como explicó el violonchelista Eros Jaca. Si he dicho “casi íntegramente contemporáneo”, es porque el concierto se abrió con el comienzo del segundo movimiento del Cuarteto n.º 14 D. 810 “La muerte y la doncella” de Schubert. Fue interpretado magníficamente, buscando esa relación con el sonido de la zanfoña —siempre asociado a la muerte en Schubert y que reaparecería muy evidentemente en la última obra del programa— y con unas estupendas pulsación y dinámicas. Schubert serviría de hilo conductor, ya que, para “vestir” los momentos en que los componentes del Ensemble debían cambiar de emplazamiento, utilizaron fragmentos del conocidísimo lied Erlkönig. Supongo que la elección de una versión no remasterizada y con bastante ruido (juraría que Dietrich Fischer-Dieskau y Gerald Moore) va en consonancia con ese algo que se marchita y se va descomponiendo poco a poco. Pasando a lo estrictamente contemporáneo, el cuarteto de los Bayona comenzó con la obra The love letters: If you long for my death, de la bilbaina Helga Arias (1984), cuyo nombre es prácticamente más conocido fuera de España, a pesar de que no son pocos los grupos españoles que interpretan habitualmente sus obras. Esta obra, en la que los Bayona nos hicieron escuchar la (cierta) relación con La muerte y la doncella, utiliza básicamente el sonido de los armónicos, trémolos y glissandi para obtener un efecto de serena tensión y hasta cierta sentimentalidad. Si en un primer momento da la sensación de que los instrumentos quieren unirse acercándose a una misma nota sin llegar nunca a alcanzarla mediante notas tenidas sin vibrato, armónicos, microintervalos, glissandi, y leves oscilaciones, en cambio una segunda sección marca un ritmo casi ostinato en el que notas repetidas, trémolos y pizzicati no exentos de violencia y subidas cromáticas a modo de huida, parecen indicar la rebelión inútil ante lo inexorable. Muy interesante y expresiva obra que encontró en los Bayona unos intérpretes de excepción. A estas alturas había quedado claro que este grupo consigue crear unos más que interesantes y minuciosos ambientes sonoros gracias a una gran precisión técnica, siempre en aras de una profunda búsqueda del sonido deseado.

Siguió Dipolo, del también bilbaíno Gabriel Erkoreka (1969) y ganador del premio Nacional de Música en 2021, obra en dos movimientos para violonchelo y piano compuesta en 1995 y que, como su nombre indica, muestra dos polos opuestos. Esta oposición se manifiesta en la confrontación entre los dos instrumentos, llevando discursos de talante absolutamente contrario sucesiva y simultáneamente, o bien en el registro en que cada cual “habla”, la intensidad de las respectivas dinámicas… Una mezcla de ejercicio sonoro y de trabajo de la expresividad extrema al que Eros Jaca y Camille Sublet supieron imprimir la intensidad justa.
No es de extrañar que el Ensemble decidiera incluir una obra de György Kurtág, Ligatura: Message to Frances Marie (The answered unanswered question) op. 31/B, en el concierto, puesto que la relación del húngaro con Schubert es realmente enorme: de hecho, cuenta que probablemente se hizo músico debido a su música y que lo considera el más grande de los compositores. Esta muy breve pero oscura, dramática y doliente obra, que suele interpretarse con varios instrumentos de cuerda, incluida una celesta, nos fue ofrecida en versión de cuarteto, colocados dos a dos, en sendos extremos de la sala en casi penumbra. Esa separación física y sonora fue una buena metáfora de la separación que produce la muerte y aportó cierto plus de dramatismo teatral.
El concierto se cerró con una obra de notable peso específico: Black Angels (Thirteen images from the Dark Land) de George Crumb. Los intérpretes están obligados no sólo a utilizar un buen número de técnicas extendidas, sino también a manejar instrumentos de percusión y también copas de agua con diferentes alturas o hablar y gritar en una obra de una gran exigencia técnica. Imposible detenerse en el detalle de los trece movimientos, pero sí decir que evocaron con maestría esa tropical noche tremenda de los insectos eléctricos, esa melodía extremo-oriental (Crumb tenía en mente la guerra de Vietnam cuando la compuso en 1970), o la danza macabra en esa Danza del demonio (magnífica María Florea), o el sonido de nuevo de la fatal zanfoña con esos instrumentos invertidos (incluido el chelo) con las notas de “La muerte y la doncella”. El Ensemble Bayona en su versión de cuarteto logró una interpretación de gran altura que realmente no sólo consiguió mantenernos en vilo y absolutamente subyugados, sino transmitirnos toda la belleza y el desasosiego de la vida que se acerca a la muerte o de la muerte que se acerca a la vida.
Ana García Urcola


