SAN SEBASTIÁN / El sabor de los contrastes en el magistral homenaje a Arriaga y Kurtág del Cuarteto Quiroga

San Sebastián. Museo de San Telmo. 24-VIII-2026. 87ª Quincena Musical Donostiarra. Ciclo de Cámara. Cuarteto Quiroga: Aitor Hevia y Cibrán Sierra (violines), Josep Puchades (viola), Helena Poggio (violonchelo). Obras de J.C. de Arriaga y György Kurtág.
Llegamos el pasado día 24 de agosto al último de los conciertos del Ciclo de Cámara de la 87ª Quincena Musical Donostiarra, que ha sido de una homogeneidad sorprendente en cuanto al estupendo nivel de las agrupaciones y recitales que hemos podido disfrutar. En este caso correspondió poner el broche de oro al Cuarteto Quiroga, formación que ya ha visitado el festival en no pocas ocasiones y que goza del cariño del público donostiarra con toda justicia. Los Quiroga rindieron homenaje al genio bilbaíno Juan Crisóstomo de Arriaga en el bicentenario de su precocísima muerte interpretando sus Cuartetos nº 1 y 3 (el 2º corrió a cargo de La Ritirata el día 9) y tuvieron el buen tino de unir al más trágicamente breve de los compositores con el posiblemente más longevo, el húngaro György Kurtág, que en este 2026 cumple sus primeros cien años.
Esta música de Arriaga, compuesta cuando contaba con dieciséis años recién llegado a París, sorprende por su frescura y su sapiencia, por su capacidad de sorpresa y su dominio técnico y armónico y, como dijo el segundo violín Cibrán Sierra, propicia que doscientos años después lamentemos su muerte sin haber llegado a cumplir la veintena con sincera intensidad. Sólo Mendelssohn se le puede equiparar como prodigio juvenil y en lo que se refiere a las innovaciones que introduce, hablamos de la altura de un Schubert en sus últimas composiciones. En fin, que dan ganas de mesarse los cabellos ante la aciaga suerte de nuestro genio de truncada vida.
Se nota que los Quiroga han crecido como cuarteto con Arriaga entre las manos y que lo han hecho suyo de una forma muy especial. No sólo es que no tiene secretos para ellos: es que podríamos decir que lo respiran con una naturalidad que les permite jugar con él -pudimos observar numerosos momentos de relajada complicidad- manteniendo siempre la intensidad interpretativa. Pudimos apreciar desde el primer movimiento del Cuarteto nº 1 en Re menor esa capacidad de contraste expresivo que Arriaga explota constantemente, esos pasos del desgarro a la súplica o de la rabia a la melancolía en dos compases. Esto lo consiguen gracias al magistral manejo de respiraciones y silencios, esos silencios cuyo manejo magistral sorprende en un autor de esa edad y que los Quiroga han integrado a la perfección. Estupendo por gracejo y delicadeza ese tema claramente influido por la música española, como tan bien nos indicó el ritmo imprimido por el chelo. Fantástico siempre el control de las dinámicas bien progresivas, bien sorpresivas.
El Adagio con espressione se abrió con un bellísimo y pleno acorde que instaló un ambiente profundo y apacible desde el primer segundo. Una vez más, quedó patente la importancia de esos silencios retóricos frente a, por ejemplo, las notas repetidas del acompañamiento en esa frase cuyo punto culminante es esa impactante sexta aumentada. Impecable y muy expresivo el intercambio entre el primer violín y el chelo en la segunda sección (juego que se repetiría en el movimiento), de carácter mucho más trágico, que se cierra en una homofonía descendente de enorme intensidad a la que los Quiroga imprimieron todo su carácter. Fantástico control de la velocidad de los arcos en un Adagio tan delicado y variado como éste.
De nuevo una lección de contraste expresivo en el Menuetto, en el que el movimiento de danza pasa de la sofisticación al tono popular mediante un cambio de modalidad, una simplificación en el leve contrapunto y en el tipo de bordón: no se puede hacer más con menos. Fabulosamente dibujado el entramado del trío, casi como en un encaje de bolillos, y es el caso de decirlo, porque aquí también apreciamos la influencia del folclore español con esos pizzicati y en la utilización de las octavas entre ambos violines.
Impresionante de profundidad fue la introducción Adagio del movimiento final antes de entrar en ese Allegretto, entre misterioso, implorante y popular que se basa en el ritmo larga-breve tan del gusto de Arriaga y cuyas texturas y modulaciones armónicas —sutil pero claramente puestas de relieve por los intérpretes— son dignas de un Schubert. Volvimos a disfrutar de esos cambios de carácter en los que los Quiroga son maestros y de su justísimo sentido de la pulsación rítmica para flexibilizarla cuando es preciso. Perfecto de equilibrio y control de los matices para terminar en un precioso pianissimo.
Puesto que incidimos tanto la cuestión del contraste en Arriaga, no podía estar mejor elegido Kurtág como contrapunto al compositor bilbaíno. Y no nos referimos a la cuestión estilística proveniente de la mera cronología, sino sobre todo a esa inmovilidad aparente que caracteriza a las partituras del húngaro y que destaca más si cabe junto a un autor cuya invención temática sólo se frena por las necesidades estructurales. La primera de las obras elegidas fue Aus der Ferne III, que evoluciona apenas sobre un pizzicato del chelo obsesivo pero tranquilizador al mismo tiempo. Imponente la escucha del espacio de los silencios y el perfecto control de los arcos para plasmar esa quietud y esa lejanía. La segunda, Secreta, resultó más impresionante si cabe. A partir de una serie de disonancias en pianissimo y con sordina lograron un sonido común que más se asemejaba a una reverberación sonora que a una tímbrica de cuerda claramente distinguible. A partir de ahí, una especie de lenta deflagración que iba y venía y en la que, de nuevo, el magistral control de los arcos y del vibrato tuvo mucho que ver para lograr ese implacable avance disfrazado de inmovilidad en el que adivinamos un retazo de Dies Irae.
Para terminar el concierto, nada mejor que ese originalísimo Cuarteto nº 3 en Mi bemol mayor de Arriaga. De nuevo el bilbaíno nos ofrece desde el comienzo un contraste claro entre un inicio enérgico y animado en homofonía que deviene casi inmediatamente en un sujeto mucho más dramático, caracteres que alternará con una naturalidad asombrosa y que los Quiroga nos trasladan con toda fluidez, pasándose de uno a otro el testigo del sujeto, acompañando o en contrapunto y manteniendo siempre el efecto sorpresa. Fantástico de equilibrio y dinámicas ese breve y contrapuntístico desarrollo central.
El Andantino pastoral estuvo impregnado justamente de un carácter bucólico mediante ese sonido tan evocador de los violines a la tercera y también humorístico, con esas apoyaturas ejecutadas con mucha gracia y picardía. Pero como siempre en Arriaga, no podía faltar el claroscuro y llega el momento de tormenta mediante una serie de efectos dramáticos y muy especialmente unos trémolos que convierten la sección prácticamente en un recitativo operístico en el que cada instrumento juega su personaje, bien dialogando, bien como solista. Fabulosos esos silencios para colgarnos del abismo de una séptima disminuida para resolver en la vuelta al sosiego.
El carácter inquieto y dramático vuelve en el Menuetto, en el que Arriaga juega contraponiendo en el mismo tema la homofonía siempre cargada de tensión con una escritura mucho más horizontal. Estupenda la contraposición entre esa desazón y el carácter galante y despreocupado del trío al que el control de las articulaciones proporcionaron todo su sentido.
El delicioso y pegadizo último movimiento Presto agitato nos llegó con toda su frescura, humor (muy adecuados esos guiños en forma de pequeños glissandi en la imitación del final del tema en el 2º violín), virtuosismo concertante y vibrante pulsación con ese ritmo tan característico en viola y violín segundo. El tema contrastante en modo menor fue cantado con enorme lirismo para desembocar de otro cúmulo de trepidantes sorpresas armónicas, motívicas y rítmicas. Estupendo de precisión y claridad el desarrollo en contrapunto de carácter oscilante entre la inquietud y la alegría que termina por imponerse a través de un juego constante que los Quiroga bordaron.
Como propina ante el aplauso del público completamente entusiasmado, nada mejor que, como apuntó Cibrán Sierra, una partitura del “padre de la criatura”, el gran Haydn, de quien interpretaron con su habitual entrega y maestría el Adagio e cantabile del Cuarteto op. 42, Hob. III, 43. Inmejorable cierre para un ciclo que ha mantenido un nivel de máxima altura a lo largo de los cuatro conciertos de esta 87ª edición de la Quincena Musical.
Ana García Urcola


