SAN SEBASTIÁN / Cuarteto Casals: La música en su más alta expresión

San Sebastián. Museo de San Telmo. 21-VIII-2025. Quincena Musical Donostiarra. Cuarteto Casals: Abel Tomás (violín), Vera Martínez (violín), Cristina Cordero (viola), Arnau Tomás (violonchelo). Obras de Haydn, Shostakovich y Beethoven.
El pasado día 21 de agosto los privilegiados que pudimos asistir al claustro del Museo de San Telmo tuvimos la suerte de escuchar uno de esos conciertos que sin duda quedarán en nuestra memoria y en la historia de la Quincena Musical. El Cuarteto Casals volvía a San Sebastián tras catorce años desde su última intervención en el festival con un programa más que exigente y para los muy cafeteros: los dos grandes pilares del género, Haydn y Beethoven y su más destacado epígono en el XX, Shostakovich. Y ya les anticipo que estamos deseando tenerlos aquí de nuevo lo antes posible.
Los seis Cuartetos op. 76 de Haydn constituyen el último conjunto completo escrito para esta formación por el “padre” del género. Compuestos entre 1797 y 1798, fueron dedicados al conde Joseph Erdödy, el canciller de la corte húngara en Presburgo o actual Bratislava. Parece ser que este noble tenía tal querencia por esta forma de la música de cámara que incluso en época de vacas flacas, como fue el periodo de las guerras napoleónicas, siguió manteniendo su cuarteto de cuerda privado. Otros, ni con las vacas obesas de nuestros impuestos tienen para cultura y recortan en festivales como éste, sin ir más lejos.
Volviendo a mi querido Haydn, cabe decir que cualquiera que escuche esta colección de cuartetos se sorprenderá por su inventiva y carácter rupturista, que, si siempre estuvo ahí, se fue acrecentando a medida que los años pasaban hasta llegar a audacias que quizás lo parecen menos que en otros compositores porque las dosifica convenientemente o incluso, porque en muchas ocasiones las presenta bajo un aspecto casi humorístico. El elegido por los Casals fue el quinto de la colección, en Re mayor, para cuya interpretación Abel Tomás asumió el papel de primer violín. Ese aspecto rupturista del que hablábamos se hace patente desde el primer movimiento, en el que Haydn deja a un lado la tradicional forma sonata para dar cabida a un Allegretto mucho más flexible en su estructura, que casi recuerda a un rondó-fantasía. Por mucho que se escuche a los Casals, la calidad y profundidad de su sonido, el control de las dinámicas, la precisión en los ataques y en la velocidad de los arcos y la clarividencia en la construcción de sus interpretaciones siempre provocan pasmo y admiración. Fantástico el contraste de dinámicas en la repetición del primer tema, pero sin exagerar para que, precisamente, al llegar ese paso al modo menor, de carácter contrapuntístico y mucho más turbulento, se pueda incidir en el claroscuro. Y de la misma manera que dominan el sonido, dominan el silencio, como esa suspensión estupenda que hicieron antes de la sección final, en la que en esa especie de coda, Haydn continúa jugando con el tema inicial.
El segundo movimiento Largo. Cantabile e mesto fue un prodigio de equilibrio e intensidad sonora, no digamos en la sección central con una parte homorrítmica, y algunas notas homofónicas en las que los armónicos resonaban casi como un órgano catedralicio. Llamó la atención el enorme cuidado en la utilización –o ausencia– de vibrato que resultó una auténtica lección de estilo. Su manera de gestionar serenidad y tensión nos condujo hasta ese momento de intenso dramatismo en el que confluyen en una sexta aumentada cantada a su vez por el chelo antes de dejarnos de nuevo suspendidos en el silencio para volver al tema inicial. Delicioso el Menuetto en el que, de nuevo, Haydn se dedica a borrar pistas y convierte el movimiento ternario en un binario y el trío en una especie de amenaza con el chelo asumiendo un papel casi endiablado para volver a la relativa inocencia del comienzo. Sin duda los Casals se divirtieron llevando hasta el final ese contraste y nos regalaron uno de esos exquisitos momentos de humor haydniano gracias a un fraseo que convirtió la dificultad en una respiración natural. Aún más lejos llegaron en ese carácter en el último movimiento Finale. Presto, una alocada danza campesina (en fondo y forma) que, para más guasa, comienza como si terminara, repitiendo una cadencia final dominante-tónica para, una vez más, despistarnos y utilizar la célula para llevarnos a otro sitio. Impresionante la precisión en los ataques de los acompañamientos –una se pasaría horas viéndoles hacer notas repetidas– y la variación milimétrica en las dinámicas con una gestión casi imposible de los crescendi y diminuendi.

Salto a Shostakovich con su Cuarteto nº 8 en Do menor op. 110, en el que Vera Martínez fue el primer violín (ya saben que suelen alternarse los dos violines de este cuarteto). Los Casals han publicado ya los dos primeros CDs de la integral dedicada a este compositor y habrá que estar atentos a la salida del último volumen con los tres últimos cuartetos. Comprendo la fascinación que este compositor ejerce sobre muchos melómanos, pero personalmente no la comparto casi en absoluto aunque obviamente reconozca el genio, así que le decía el otro día a Patrick Alfaya, director de la Quincena, que dada la profusión de conciertos que me ha tocado reseñar en que alguna de sus partituras se ha interpretado, para mí este aniversario tiene más bien carácter de plan quinquenal. Si cuento esto es porque la versión de los Casals me llevó a otro punto de observación y escucha, a un disfrute que me hizo sobrepasar mi falta de afinidad estética con el ruso y realmente gozar del hecho sonoro en una interpretación realmente magistral.
Este octavo cuarteto fue compuesto en 1960, en un momento en el que acababa de afiliarse al Partido Comunista para poder detentar el puesto de presidente de la Unión de Compositores de la URSS, cargo que aceptó tanto por las presiones ejercidas como para ayudarse y ayudar en lo que pudiera a sus colegas. Sin duda, no se sentía orgulloso pero ¿acaso había otra opción? El relativo aperturismo tras la muerte de Stalin no había podido borrar el trauma por las décadas de insoportable represión que hubo de soportar en su vida y en su arte. En una carta a un amigo le confesó que, ya que estaba seguro de que nadie escribiría una obra en su memoria, él mismo lo había hecho en este cuarteto y para ello utilizó las cuatro primeras letras de su apellido DSCH, al modo en que Bach utilizaba el suyo. Este tema estructura y vehicula todo el cuarteto, además de otros temas propios o ajenos que Shostakovich integra.
Los Casals han profundizado totalmente en la obra hasta conseguir una inmersión absoluta del público. La coherencia en la construcción, la búsqueda de diferentes equilibrios sonoros y la precisión en las dinámicas son los aspectos que parecen guiar esta interpretación. Resulta impresionante escuchar cómo avanza ese primer movimiento Largo dentro de un estatismo casi monolítico. Y ellos transmiten como nadie esa doble sensación: todo lo que parece inmóvil varía mínimamente y lo que se mueve es igual a lo que precede. El placer puro de deleitarse en cada intervalo, desde el más pequeño y chocante hasta la homofonía.
Impresionante el crescendo sobre una nota que conduce attaca y sin aviso previo al Allegro molto, absolutamente histérico en el que, de repente oímos una especie de canción zíngara en mitad de ese tema DSCH que se repite obsesivamente, incluso como tema del vals con el que se inicia el Allegretto y que parece una danza macabra. Y una vez más, los Casals hicieron alarde de humor en esas inclusiones que parecen fuera de lugar con sus respiraciones, sus fraseos y su sonido magnífico y soberbiamente controlado en cada articulación. Fantástica la viola Cristina Cordero y cabe señalarlo porque lleva poco más de un año en el Casals, así que no cabe más que felicitarles por esta acertadísima selección para remplazar al gran Jonathan Brown.
Esa transición al cuarto movimiento Largo fue realmente pasmosa, porque casi cada nota o cada célula conllevan una articulación o un carácter diferente, desde el legato de lirismo arrebatador hasta la onomatopeya musical con gritos auténticos y ellos consiguen que todo eso tenga unidad y una lógica implacable. Tan implacable como la muerte que aparece claramente citada en una conversión del vals macabro en cita del Dies Irae. Sobrecogedor el ambiente que crearon, con esos acordes violentos del violín segundo, la viola y el violonchelo mientras el primer violín mantiene sus notas o las toca a contratiempo de sus compañeros, algo tan brutal como desolador, pero que con la belleza del sonido que extraen de sus instrumentos resulta, a pesar de todo, cautivador. Y también a pesar de un desagradable, insistente y fuerte ruido de algo así como una cacerolada que se coló del exterior. El último tiempo, otro Largo supone un retorno a ese inicio contrapuntístico pero de carácter más amable y melancólico, que primero va trenzando a los instrumentos y poco a poco va simplificándose hasta convertirse en unos acordes que, interpretados con poquísimo vibrato o sin él y con la intensidad justa en cada momento, una vez más no sabemos si avanzan o paran el tiempo en ese final sin tercera, vacío y sin esperanza. Una versión que deja al oyente al borde del abismo.
La segunda parte estuvo ocupada íntegramente por sendas obras de Beethoven: el Cuarteto nº 13 en Si bemol mayor op. 130 y la Gran Fuga op. 133. Nada más y nada menos. Asociar ambas obras proviene de una realidad y es que la Gran Fuga constituía en principio en el momento de su composición en 1825 el último movimiento del Cuarteto op. 130. Sin embargo, tras el desconcierto del público, Beethoven decidió componer un nuevo final. La Gran Fuga, dedicada al archiduque Rodolfo, fue terminada en 1825 (quién diría que esta obra alucinante y casi alucinada tiene 200 años) y publicada el mismo año de su muerte pero de forma póstuma. Esta doble fuga monumental va precedida de una obertura en la que ya podemos encontrar el material temático que explotará en esa mezcla de contrapunto y variación constante.
Me resulta casi imposible describir lo que pudimos escuchar en este concierto, porque a lo abstracto de las obras y su inefabilidad por complejo y por sublime, se une la interpretación clarividente (disculpen que me repita, pero me parece el término más apropiado) de los Casals, que nos dejó literalmente sin palabras. Ni que decir tiene que ese primer movimiento, que alterna Adagios con Allegros y que técnicamente es de una dificultad endiablada tanto a nivel individual como de conjunto, con todas esas escalas non legato en todos los instrumentos a la vez, sonó con una claridad meridiana; es que cada una de las indicaciones de Beethoven se cumplió con una perfecta fidelidad al texto, desde esos efectos tan exigentes de piano subito como la más mínima articulación. El efecto constante de que cada uno está a punto de marcharse por su lado pero cuando todo está a punto de explotar, la fuerza centrípeta parece reunirlos para, de nuevo, reencontrarse en algo armónico y perfectamente organizado fue logrado a través de la más perfecta construcción del movimiento, de una comprensión total de esta estructura fractal.
Según parece, el Presto fue uno de los dos movimientos que Beethoven añadió como concesión, pero realmente es una genialidad incluir este brevísimo movimiento de carácter claramente popular que recuerda a algunos de los ländler de Schubert y que, en su brevedad fulgurante mezcla lo dramático y lo terrible con lo ligero. Maravillosa la realización de esos contrastes dinámicos escritos por Beethoven que dan todo el sabor a este inusualmente corto movimiento. El Andante con moto que sigue fue una ocasión más de disfrutar de cómo los Casals juegan a pasarse la pelota de temas y protagonismos y gozan tanto de lo que cada uno está tocando como de lo que hace sus compañeros, en el que, una vez más, mostraron hasta qué punto a Beethoven ningún sentimiento le es ajeno y pasa del lirismo más elevado al humor más fino. La segunda de las concesiones es la Danza alla tedesca, bellísima página que los Casals interpretaron con toda la sutilidad y delicadeza que requieren estas a modo de variaciones donde la complejidad de encaje de bolillos está disfrazada de simplicidad.
El cuarteto se cierra con una sublime Cavatina. Adagio molto espressivo en el que toda la primera sección es un continuo pasarse el tema o breves células de uno a otro de modo que se genera un efecto de serena circularidad. Impresionante el sonido de los intérpretes, porque era casi imposible distinguir quién hacía qué en cada momento, salvando la cuestión del registro, naturalmente. Maravillosa esa segunda sección en la que el primer violín (de nuevo Vera Martínez) canta una especie de súplica sobre un acompañamiento armónico en tresillos de sus compañeros que genera un desasosiego rítmico absolutamente contrastante con lo anterior. Pero la calma retorna para cerrar este monumento del género en un ambiente casi beatífico y esa elevación espiritual de la que sólo Beethoven tenía el secreto.
La Gran Fuga no hizo sino coronar el concierto que acabábamos de escuchar. Impresionante esa entrada homofónica con el sonido tan pleno y magnífico de los Casals, que llenaron de decisión para contrastar con esa primera intervención dubitativa del primer violín, casi como desvalida en la que cada nota del tema se dobla, y que inmediatamente se transforma en una fuga en la que no se sabe si unos huyen de otros o acaso se buscan desesperadamente. De nuevo la precisión, el conocimiento y comprensión perfectos de la partitura y de lo que cada uno hace y cómo lo lleva a cabo en cada momento fueron los aspectos dominantes para obtener una versión del nivel que ofrecieron. Bellísima de ambiente, carácter y matices la sección contrastante intermedia Meno mosso e moderato para desembocar en el Allegro molto e con brio cuyo carácter inicialmente casi galante va tornándose dramático a medida que las armonías y el contrapunto se densifican. Y hasta el final todo resultó un puro disfrute de la alquimia perfecta entre claridad expositiva, juego de voces, exactitud en las articulaciones, medida perfecta de las dinámicas y coherencia interpretativa. Algo casi sobrehumano.
Tras los calurosísimos aplausos del público, absolutamente subyugado, tuvieron a bien “aligerar” las dos horas de concierto con un contrapunto de El Arte de la Fuga. Desde estas líneas sólo me queda por repetir a los Casals lo que les alcancé a decir a la salida: Gracias.
Ana García Urcola


