SAN SEBASTIÁN / La música ante todo: Andris Nelsons y la arrolladora Gewandhaus de Leipzig

San Sebastián. Auditorio Kursaal. 28 y 29-VIII-2025. Quincena Musical Donostiarra. Julia Kleiter, soprano. Christian Gerhaher, barítono. Orfeón Donostiarra. Gewandhausorchester Leipzig. Director: Andris Nelsons. Obras de Arvo Pärt, Antonin Dvorak y Jean Sibelius (día 28). Obras de Felix Mendelssohn y Johannes Brahms (día 29)
Con el final de agosto llega también el de la Quincena Musical, que en este caso se cerró con doblete de conciertos de la Gewandhaus de Leipzig y su director titular, Andris Nelsons. Un verdadero lujo.
Antes de dar cuenta de sendas veladas, quisiera agradecer desde estas líneas a todo el equipo de la Quincena Musical su afabilidad, paciencia y profesionalidad en un momento en el que su director, Patrick Alfaya, ya ha anunciado que, tras muchos años llevando la mentira en el nombre, el festival se ajustará más al título por el que se le conoce. Como pueden suponer, esto no se debe a una búsqueda de honestidad onomástica, sino a los sucesivos recortes por parte de instituciones públicas y también a menor implicación de promotores. San Sebastián florece de hoteles; los precios de la vivienda llegan a cotas pasmosas y, sin embargo, alcanzables para muchos; se lleva construyendo un metro perfectamente prescindible desde bastante antes de la pandemia y sin visos de que se termine —ni presupuesto conocido a estas alturas—; los bares aledaños al Kursaal —donde pagan a doblón el pintxo “losdeaquí”— están a rebosar. Pero no hay dinero para uno de los mejores embajadores culturales de la ciudad.
Nada que extrañe pero que sí apena. Y no todo es culpa de los turistas, oigan, no. Que a nuestros políticos y empresarios la cultura les importe lo mismo que a mí el fútbol no es cosa de los foráneos quienes, por cierto, tuvieron una presencia más que relevante en la actuación de la Orquesta de la Ópera de París y Thomas Adès. Este fabuloso concierto consiguió sólo una venta de entre un 70% y un 75% del aforo, a ojo de buen cubero, cosa que sucedió en todos los casos en los que no hubo intérpretes locales. Así está la cosa: el ñoñostiarrismo más conspicuo no se interesa por lo que no sea propio. Normal también, dado el catetismo creciente basado en un fenomenal ombliguismo inculcado ya desde la primaria. Y claro, dados los precios de los hoteles, poca visita pueden hacernos los nacionales en pleno verano. Total, que para cultura no hay –la Quincena es elitista, dice algún grupo político– y para hidroaviones, tampoco. Dejémonos de jardines y vayamos a los dos fantásticos conciertos de la Gewandhaus.
Sin duda supone un hito para la Quincena que la orquesta civil más antigua del mundo haya clausurado esta edición en lo que supone su primera visita al festival. Fundada por un grupo de comerciantes en 1743, su recorrido es en sí mismo parte de la historia de la música alemana. Felix Mendelssohn, Wilhelm Furtwängler, Bruno Walter o Riccardo Chailly se cuentan entre sus directores y actualmente su titular es, como hemos dicho, Andris Nelsons, que ocupó el puesto en 2018. El letón —alumno aventajado de Mariss Jansons— compagina la dirección esta orquesta con la de la Sinfónica de Boston y es invitado habitual de las mejores orquestas y casas de ópera del mundo. También es cinturón negro de taekwondo, y si lo señalo es porque ambos días pudimos verlo un tanto disminuido físicamente, apoyándose recurrentemente en la barra del podio e incluso sentándose para dirigir el Requiem alemán en el segundo concierto. Su gesto de dolor y su andar cauto al salir a escena el primer día resultó llamativo dada su edad (47 años), aunque se fue recuperando. ¿Algún mal gesto o golpetazo inoportuno entrenando? En cualquier caso, la interpretación no se resintió y es la razón por la que lo comento. Un profesional como la copa de un pino.
Una olvidable obra del aclamado compositor estonio Arvo Pärt, el Cantus in Memoriam Benjamin Britten para campana y cuerda, en la que todo se reduce a ir sumando las notas de la escala de la menor melódica descendente de manera irregular hasta unirse en el registro grave en un dramático acorde perfecto, todo ello con una brevedad digna de encomio. Eso sí, fantástica manera de mostrar el poderío de la sección de cuerdas de la Gewandhaus y su capacidad para responder a la más mínima indicación dinámica por parte de Nelsons.
La que iba a ser la otra estrella de la noche, Hilary Hahn tuvo que cancelar su participación por el repunte de esa lesión que ya la aquejó la temporada pasada y debido a la cual ha tenido que cancelar sus compromisos de los tres próximos meses. Esperemos que esta vez sí logre un restablecimiento definitivo una de las mejores violinistas del panorama. Por suerte, tuvimos una sustituta a la altura, como es Isabelle Faust. La alemana compagina constantemente los conciertos como solista con la música de cámara, cosa que hace de ella una intérprete de una gran versatilidad.

El Concierto para violín en La menor de Dvorak fue compuesto en 1879 tras una entrevista con Joseph Joachim quien, sin embargo, no quedó satisfecho con el resultado. De hecho, nunca llegó a tocarlo. Y la verdad es que, aunque sea una bonita obra con momentos bastante inspirados, no llega ni mucho menos al nivel de su Concierto para violonchelo en Si menor, casi quince años posterior. Aunque Faust grabó en 2008 este concierto, quizá no ha sido uno de los que más ha frecuentado en los últimos tiempos. Sea por esto o por la inevitable premura de los ensayos, tocó con partitura, lo cual no restó expresividad o intensidad a su interpretación. Realizó una entrada realmente espectacular en la que dejó patente la amplitud y calidad de su sonido, con un vibrato siempre ajustado y naturalmente expresivo. El segundo movimiento Adagio ma non troppo fue casi una labor camerística de magnífico fraseo entre Faust y Nelsons, siempre atento al perfecto balance. Pero quizá fue el tercer movimiento en el que se sintió más cómoda y también en el que logró los mejores momentos, en total complicidad con el concertino, cantando ese grácil tema de carácter popular con todas las variaciones dinámicas que son posibles y un acompañamiento estupendamente dibujado por Nelsons. Estupendo el juego de Faust con los solistas de madera y su infalible afinación en ese terrible fragmento de octavas en la coda en la que estuvo realmente insuperable. Con una muy apropiada propina de Louis-Gabriel Guillemin, el tercer Capricho del Amusement pour le violon seul op. 18, lleno de elegancia y frescura, agradeció el entregado aplauso del público.
La segunda parte estuvo íntegramente consagrada a la Sinfonía nº 2 en Re mayor op. 43 de Sibelius, obra compuesta entre 1901 y 1902, comenzada en Italia y terminada en Finlandia. Parece que a su autor le costó encontrar la inspiración para rematarla e incluso pensó en iniciar otros proyectos. No es por hacer el chiste fácil, pero dado que el último movimiento tiene unos quince intentos de terminar, la verdad es que sí debió costarle al pobre Sibelius. En cualquier caso, no cabe duda de que la más exitosa de las sinfonías del finlandés es perfecta para algo que le gusta mucho hacer a Nelsons, a pesar de su discreción personal incluso en el gesto al dirigir, que es enseñar la mercancía y pavonearse de su orquesta porque da lugar al lucimiento de todas las secciones y todos los solistas. No hay sección que flaquee en la Gewandhaus, desde unas cuerdas de sonido personal, profundo y de enorme proyección hasta una fabulosa sección de metales, pasando por unas maderas de perfecto empaste.
Para alguien como yo, que no siente mucha inclinación por esta partitura, fue estupendo disfrutar de semejante instrumento, cuya interpretación acaparó totalmente mi atención. Evidentemente liberado de la molestia que lo aquejó en la primera parte, Nelsons se mostró expresivo en el gesto, y dispuesto a exprimir la última inflexión dinámica y discursiva de la obra. E impresionante fue la respuesta de la orquesta a cada requerimiento del letón en ese primer movimiento que siempre parece introducir algo nuevo y que demanda una solidez imperturbable a todas las secciones. Fantásticos trombones y trompas y maravilloso el fraseo de la cuerda. El exactísimo comienzo en pizzicati de las cuerdas del segundo movimiento asentó esa siniestra entrada de los fagotes a la octava con un eco en las trompas que resultó realmente subyugante. Nelsons es un gran estructurador de las partituras y eso hizo con este movimiento que pasa de lo más lúgubre a una especie de diatriba entre cuerda y metal para llegar a una especie de lirismo casi campestre que se rompe en pedazos y volver a empezar. Fantásticos los solistas de trompeta y flauta. El Vivacissimo, una especie de frenético Scherzo que alterna con un tema pastoral deliciosamente dibujado pro los solistas de oboe, corno, flauta y violonchelo fue trasladado por Nelsons con ese ímpetu que le hace llegar hasta el fondo de cada intención musical. La apoteosis final fue conducida con la contención justa para no desbordar pero con toda la pasión que requiere este movimiento en el que parece que Sibelius decidió aquello de que “más es más”. Nelsons supo dar a cada uno su lugar en este magma en el que, si no se cuida, puede resultar de una densidad realmente confusa. Magistral la gradación de esos finales interminables manteniendo perfectamente la tensión hasta ese culmen en el que ya no cabe un decibelio más. ¡Vaya sección de metales! Nelsons quiso triunfar con Sibelius y lo hizo, con toda justicia.
Al día siguiente otra gran sinfonía, más recatada por tiempo y estilo pero también de las que sirve para dejar claro el poderío de la orquesta: la 5ª Sinfonía en Re menor op. 107 “Reforma” de Mendelssohn. Nelsons no se anduvo con chiquitas y mantuvo los mismos enormes efectivos de cuerda que la víspera para Sibelius: disciseis primeros violines, quince segundos, doce violas, diez violonchelos y ocho contrabajos. Ni historicismos ni terceras vías: la suya propia que, por cierto, funciona estupendamente y nos pasea de maravilla por los diferentes repertorios. En cuanto a la Sinfonía, cronológicamente es la segunda del compositor, que la escribió entre 1829 y 1830, en principio para formar parte de las celebraciones por el tricentenario de la Confesiones de Augsburgo (1530), pero la mala salud que aquejaba a Mendelssohn le impidió terminarla a tiempo. Aunque no fue estrenada por la Gewandhaus, era lógico que esta agrupación homenajeara a quien fue su más insigne director.
Nelsons supo instaurar desde el comienzo un ambiente de solemnidad y exaltación al mismo tiempo con esas secciones de cuerda y viento que se responden en perfecto diálogo hasta culminar en esa fanfarria que anuncia el tema del Amén de Dresde en un impresionante pianissimo en las cuerdas –así lo retomaría Wagner en su Parsifal– que partió prácticamente de la nada. El Allegro con fuoco fue, por parte de Nelsons y los suyos, un prodigio de contrastes, de detalle en las articulaciones y en los fraseos así como en los levísimos pero necesarios rubatos. Qué claridad expositiva en los fugatos y en las respuestas entre secciones. Desde luego, Nelsons es un maestro a la hora de gestionar y mantener la tensión expresiva en las formas largas. Magnífico el Allegro vivace precisamente de eso, de vivacidad, de gracia y de ese espíritu que sólo Mendelssohn sabía lograr, mezclando tan bien lo popular con la mayor elegancia. Fantásticos los solistas de madera, estupendamente sostenidos y respondidos por las cuerdas, con mención especial para la sección de violonchelos que estuvo magnífica. La solemnidad, el lirismo y el dramatismo del Andante fueron perfectamente comprendidos por Nelsons, que fraseo de forma sobresaliente esa especie de arioso que es el tema de los violines. El último movimiento, que sirve a todas las salsas el coral Ein fester Burg ist unser Gott combinado con temas propios, resultó de nuevo un gigantesco despliegue de las capacidades técnicas y expresivas de la Gewandhaus, un verdadero festín de claridad constructiva e interpretativa con un final de esos que hace temblar el misterio, con todo el potencial sonoro de la orquesta a pleno rendimiento y Nelsons aguantando los acordes lo más posible. Sólo me permitiré poner un “pero” y es que la fabulosa sección de metales ahogó la tónica con la tercera del acorde. Igual es que el pasado de trompetista del director le puede… En cualquier caso, una “Reforma” para el recuerdo.

El Requiem alemán de Brahms (el Requiem nuestro de cada Quincena) puso el broche de oro al concierto y al festival, con la participación del Orfeón Donostiarra y como solistas el barítono Christian Gerhaher y la soprano Julia Kleiter. No deja de sorprender que esta obra fuera compuesta cuando el genio de Hamburgo aún no había escrito ninguna de sus sinfonías, entre 1861 y 1866. Lógica religiosa la de este programa al unir dos obras marcadamente luteranas, a pesar del cierto aire de cantata de este Requiem.
Tengo que decir que ésta ha sido la mejor prestación que he escuchado al Orfeón en años, con quien el director invitado Esteban Urzelai (que ya fue subdirector de esta agrupación previamente, tras lo cual ha sido director del Coro de la Ópera de Oviedo, Subdirector del Coro Nacional y acaba de ser nombrado director del Coro de la Ópera de Bilbao) ha llevado a cabo un excelente trabajo en esta monumental obra que exige una participación casi constante de la masa coral.
Si la preparación previa tuvo que ser excelente dados los resultados, Andris Nelsons llevó a la agrupación local a otro nivel desde el comienzo. Su conocimiento y dominio del repertorio, su claridad de ideas, su implicación en la búsqueda del sonido y balance óptimos y la claridad de su gesto tuvo como resultado una ejecución sobresaliente. Tras ese inicio emocionante y sobrecogedor de las cuerdas, el letón consiguió un pianissimo realmente fantástico del coro (“Selig sind…”), que siguió en esa tónica de inmenso cuidado con las dinámicas y al que por fin escuchamos un forte de verdad pleno en todas las cuerdas. Delicadísimo trabajo de empaste, y equilibrio entre coro y orquesta. El segundo movimiento, la tremenda y extrañamente sensual marcha fúnebre “Denn alles Fleisch…”, fue interpretado por Nelsons reteniendo los tempi en que los músicos podrían querer avanzar pero sin perder el pulso dramático ni el vuelo lírico cuando es necesario. Realmente impresionante el crescendo hasta el clímax con la entrada del coro. Maravillosos los solistas de la orquesta dibujando esos contrasujetos de enorme belleza. Las dos intervenciones de Gerhaher en los movimientos tercero y sexto fueron, como siempre que un maestro como él actúa en escena, una auténtica lección de dicción y expresividad, con ese estilo suyo que roza lo expresionista y en el que por momentos cuesta distinguir el canto de lo hablado. Una experiencia casi mística escucharle cantar un texto como éste. Magistral estuvo Julia Kleiter en el quinto movimiento “Ihr habt nun traurigkeit”, que es una prueba para la cantante desde el primer compás. Maravilloso fraseo, estupendo control del vibrato, y exquisita de expresividad. Un grandísimo momento. Muy bien el Orfeón al final del tercer movimiento, en ese terrible cuarto “Wie lieblichen sind…”, tan delicado en matices y afinación y en ese sexto tan épico con todas esas progresiones que demandan un control muy grande dentro de la dinámica forte y un registro realmente tenso que, para colmo, desembocan en la inevitable e incómoda fuga. Estupendo cierre ese “Selig sind die Toten”, en el que las larguísimas frases de Brahms pasaban de unas voces a otras y del coro a la orquesta con una aparente naturalidad propiciada por la soberbia dirección de Nelsons. Emocionante final en el que el director consiguió lo imposible: suspender el tiempo durante un largo silencio sin toses, ni teléfonos, ni un asesino del aplauso narcisista antes de tiempo. Cuando todos recuperamos las constantes, la ovación fue la que se pueden imaginar.
Un inmenso momento de música para el recuerdo.
Ana García Urcola


