SAN SEBASTIÁN / ‘Amaya’ en el Kursaal: haciendo justicia a Guridi

San Sebastián. Auditorio Kursaal. 9-VIII-2025. Quincena Musical Donostiarra. Diego Martin-Etxeaerria (dirección), Arantza Ezenarro (Amaya), Marifé Nogales (Amagoya), Gillen Munguia (Teodosio), José Manuel Díaz (Miguel/mensajero), Juan Laboreria (Asier), Lucía Gómez (Plácida/Olalla), Luken Munguira (un criado, pastor, Utxin), Julen García (un escudero, pastor), Darío Maya (un anciano), Ainhoa López de Munáin (una voz). Coro Easo. Orquesta Sinfónica de Euskadi. Jesús Guridi: Amaya.
El pasado día 9 de agosto pudimos disfrutar de un evento muy especial en el marco de la 86ª Quincena Musical Donostiarra, como fue la interpretación en versión concierto de la ópera Amaya del compositor vitoriano Jesús Guridi. Se trataba de la primera vez que esta partitura sonaba en el festival, iniciativa que se vio truncada en 2020, fecha del centenario de su estreno bilbaíno, a causa de la pandemia. Felizmente, se retomó esta idea y no quedó en un limbo, como sucede tantas veces con los proyectos frustrados.
Llama la atención que, siendo una de las poquísimas óperas con libreto original en euskera, no haya habido mayor interés por promover anteriormente esta obra, al menos en la escena vasca, por parte de las instancias públicas, presuntamente tan interesadas por “lo nuestro”. Una tiene la impresión de que hay artes de las que es más difícil sacar rédito político directo, y la música es una de ellas, por mucho que tanto el libreto como la música no dejen lugar a dudas sobre su raigambre. Y en este caso concreto, no sólo es una pena, sino un claro error patrimonial, y hago extensiva la queja a nivel nacional: se trata de la mejor ópera vasca y de una de las mejores óperas españolas, como proclama el tenor Gillen Munguía en el vídeo explicativo disponible en su canal de YouTube, al que le debemos parte de la información aquí recogida. Pues oigan: ni caso le han hecho (le hemos hecho), que tampoco olvidemos que Guridi fue profesor de órgano y director del Real Conservatorio de Madrid y, entre una cosa y otra, estuvo ligado a dicha institución durante veinte años. Sin duda, tras lo escuchado en el Auditorio Kursaal, no puedo sino unirme tanto a sus palabras como al entusiasmo que mostró por Amaya el director de orquesta Diego Martín-Etxebarria en la estupenda entrevista que mi colega Stefano Russomano le hizo para nuestra revista.
Estrenada en el Coliseo Albia de Bilbao el 22 de mayo de 1920, se basa en la novela del mismo título de Francisco Navarro Villoslada y su libreto fue escrito por José María Arroita-Jáuregui. Tras el éxito de Mirentxu en 1910 y seguramente algo insatisfecho por la premura con que hubo de componer esta primera ópera, Guridi se lanza a escribir una obra que refleje una epopeya vasca con una música de inspiración wagneriana en la que todo se estructure a partir de leitmotivs cuyo origen sean canciones populares del folclore vasco. Hay que recordar que Guridi había estudiado en la Schola Cantorum de París con Vincent D´Indy (alumno a su vez de César Franck), uno de los raros compositores franceses que defendía el sinfonismo germánico, y que después siguió formándose en Bruselas, Colonia y Múnich, donde el contacto con la corriente wagneriana fue directo.
A pesar de contar con un elenco muy importante en su estreno, entre quienes se encontraban nada menos que Isidoro de Fagoaga, Aga Lahowska, Ofelia Nieto o Gabriel Olaizola, la obra no obtuvo la acogida que el compositor esperaba, lo cual le sumió en cierto mutismo compositivo, que terminó, escénicamente hablando, con El caserío en 1926. Por cierto, que, como cuenta Munguía, si había invertido diez años de su vida en Amaya, esta obra maestra de la zarzuela le llevó sólo dos meses. El pobre Guridi se lamentaba en una carta a un amigo por la ironía del destino: la segunda le produjo un rédito grande e inmediato, mientras que la primera “apenas me dio para comprarme un chaleco”. Sic transit gloria mundi.
Probablemente, esta gran ópera de Guridi fue víctima de un cambio de gusto: aunque el wagnerianismo había sido enormemente influyente, no cabe duda de que la nueva estética vanguardista —de diversas vanguardias— iba por otros caminos; y además, el público también iba prefiriendo otro tipo de temática menos legendaria y con una música menos densa. Y a este respecto y refiriéndome al público actual, creo que el de la Quincena, que ha abarrotado el auditorio con otros títulos operísticos, no ha mejorado mucho respecto al de hace un siglo, porque allí estaban vacías entre un tercio y un cuarto de las butacas. Claro, lo de que sea una versión concierto quita mucho glamour y no se puede presumir de haber ido a la ópera-ópera, Vds. ya me entienden. Y en fin, un título de Guridi… Mucho presumir de pedigrí, pero a la hora de la verdad, no se defiende lo que hay que defender.
En cuanto a la obra en sí, en efecto es fácilmente comprobable hasta qué punto el leitmotiv se convierte en elemento nuclear y estructurador. Guridi lo maneja con una maestría admirable que, por un lado, no produce el más mínimo hartazgo o empacho (como tantas veces sucede con los epígonos de lo que sea) y que, por otro, a través de una rica y personal armonía y de una serie de sabias combinaciones tímbricas, producen una sensación de drama continuo sin momentos vacuos. Los motivos populares no se trabajan para “parecer” folclóricos, sino que se tratan como en cualquier otra partitura sin aspiraciones localistas o exotizantes, lo cual enraíza precisamente esa fuente de una manera mucho más honda en la composición. En cuanto al tratamiento de las voces, también el resabio wagneriano estaba ahí, resultando claramente instrumental por momentos, aunque con unas líneas más cantabile y amables también en muchas ocasiones. Sí, Parsifal y Lohengrin andan por ahí, pero atemperados.

El director Diego Martín-Etxeberria ha llevado a cabo un profundo y muy buen trabajo, consiguiendo una satisfactoria respuesta por parte de la Orquesta Sinfónica de Euskadi, que sonó poderosa y convincente. Quizá demasiado poderosa por momentos y en ese sentido quizá debió cuidar un poco más a los cantantes, pero con un efectivo así (me pareció contar unos 85 músicos) sobre el escenario, es difícil conseguir que un tutti en dinámicas forte no los cubra. Es la desventaja indudable de este formato.
La trama es de índole amoroso-política (vamos, como en tantísimas óperas) y mezcla pueblo, religión, identidad y moral (vaya por dónde, va a resultar mucho más actual de lo que creíamos) con una intriga sentimental triangular: el famoso asunto de que la soprano al final se consigue ir con su amado tenor porque el barítono que la pretende es malo malísimo, pero, en este caso, aderezado con una lucha ambientada en el siglo VIII, entre los vascos guardianes de las “esencias” y los que pretenden abandonar el paganismo y formar un reino al uso en la parte cristiana de la península en la Alta Edad Media.
Los cantantes encargados de dar vida a los protagonistas fueron tan vascos —y concretamente guipuzcoanos, salvo el barítono José Manuel Díaz— como sus propios personajes. Antes de desgranar sus intervenciones, hay que decir que todos ellos estuvieron a gran altura y consiguieron una lectura realmente brillante de una partitura que, a pesar de su belleza, no les proporciona mucho lucimiento individual y en la que tienen que vérselas con una masa orquestal realmente grande, como hemos señalado.
La soprano lírico-ligera Arantza Ezenarro encarnó a Amaya, logrando imponerse con autoridad en un papel un poco demasiado pesado en principio para su voz, pero que consiguió dominar y en el que se fue sintiendo cada vez más cómoda. Brilló especialmente en el acto de la boda y en todo el final, en el que pudo desplegar sus hermosos agudos a pesar de una escritura nada convencional que no deja mucha posibilidad para explayarse. El ya citado tenor lírico Gillen Munguía fue un estupendo Teodosio, personaje al que dotó no sólo de una muy bella voz clara, bien proyectada y muy homogénea con unos magníficos agudos, sino también de carisma y carga dramática en una interpretación que tuvo momentos muy intensos como en el dúo con Asier, y otros de gran emoción, en especial en el último acto, en el que ha de ser ermitaño, héroe y enamorado. No estamos para desperdiciar tenores así y no alcanzo a comprender por qué no lo escuchamos más en los teatros españoles.
La mezzosoprano Marifé Nogales construyó una magnífica Amagoya, la mala de la película, con dejes de Azucena. Y digo “construyó” porque no le quedó otro remedio que llevarse a su terreno un papel que en principio demanda una voz de contralto. Esa insistencia en el registro grave para dotar de una autoridad entre mágica y autoproclamada al personaje es de una incomodidad grande y sin embargo, se supo administrar muy bien y utilizar con tino el registro de pecho. Se trata de una cantante que siempre se implica a fondo en sus papeles y logra unas interpretaciones realmente notables, como fue el caso.
El barítono Juan Laborería fue un Asier enormemente elegante en la línea vocal. Como el resto de sus compañeros, se enfrentó a un papel que probablemente pedía un registro un poco más grave que el suyo, pero lo solventó con inteligencia y dominio técnico, además de ahondar en el aspecto dramático-malvado de su personaje a medida que avanzaba la obra. Estupendo en el aludido dúo con el tenor y muy convincente en su escena con Amaya.
El cuarteto protagonista contó con unos compañeros secundarios de verdadero lujo, comenzando por el barítono José Manuel Díaz como Miguel y mensajero, fabuloso de proyección, con voz redonda en el timbre y rotunda en la expresión. Fenomenal también la mezzosoprano Lucía Gómez en el doble cometido de Plácida y de Olalla, personaje relevante en el último acto y con el que pudo dar cuenta de su potencia, buena línea y hermoso timbre. Muy destacable la actuación del tenor Luken Munguira en sus breves intervenciones y muy bien Darío Maya, Ainhoa López de Munáin y Julen García. Y en cuanto al Coro Easo, llevaron a cabo más que correctamente sus no demasiadas pero importantes intervenciones.
Esperemos que haya ocasión de volver a escuchar esta Amaya y crucemos los dedos para que los astros se alineen (habrá que poner velas a los santos y a la Luna, como haría Amagoya) y se consiga dejar una nueva grabación de esta singular e interesantísima ópera que nos sorprendió y entusiasmó a partes iguales.
Ana García Urcola


