SAN CIPRIÁN / Músicos con futuro (y con presente)

SAN CIPRIÁN / Músicos con futuro (y con presente)

San Ciprián. Casa de la Cultura de San Cibrán. 18-VIII-2020. Festival Bal y Gay. Cuarteto Cosmos. Luis Cámara, clarinete. Haydn, Cuarteto op. 76 nº 4, “El Amanecer”. Brahms, Quinteto con clarinete op. 115.

Queremos hablar aquí, más en extenso, del concierto que el 18 de agosto interpretaron en este Festival gallego el Cuarteto Cosmos y el clarinetista Luis Cámara y al que se refería brevemente en estas mismas páginas nuestro amigo y compañero Luis Suñén. El que suscribe tuvo ocasión de asistir in situ a la velada y considera justificada esta más amplia nota que trata de explicar las razones de la buena impresión que a ambos causó la actuación de tan jóvenes instrumentistas.

Ante la prohibición de la alcaldía de Viveiro de celebrar el acto en la iglesia de San Francisco de esa hermosa villa, este hubo de trasladarse deprisa y corriendo al Centro de Cultura de San Cibrán cuya sala, bien instalada, posee una acústica extremadamente seca; a la que, sin embargo, se adaptaron los músicos con aparente facilidad hasta alcanzar un meritorio éxito  digno del gran nivel que ha alcanzado en estos últimos tiempos un Festival al que, gracias al buen orden y a la capacitación de sus organizadores, con Alba Rodríguez a la cabeza, se le plantea un muy prometedor futuro en el que han de intervenir algunos importantes apoyos económicos privados y públicos.

El Cosmos es un conjunto no hace mucho premiado en el Concurso de Heidelberg y que, con tan solo siete años de existencia, revela cualidades musicales y técnicas de notable valía: prontitud y justeza en el ataque, conjunción, finura en la delineación, manejo de dinámicas, transparencia de voces y acentuación muy natural. Suenan afinados y, sin perder el norte, se dejan llevar por la emoción, como demostraron sobradamente en una recreación soberana, estilísticamente irreprochable, que sondeó las fibras más sensibles, del Quinteto con clarinete de Brahms, que desde su mismo inicio, con esa sucesión de siete notas –una negra y seis semicorcheas-, nos anuncia el devenir de la composición.

La entrada del clarinete, como venida de la nada, fue muy bien acometida por Cámara, un instrumentista de exquisita sensibilidad, de quien recordamos hace bien poco unas hermosas y evocadoras frases en su solo del segundo acto de las recientes representaciones de La traviata en el Teatro Real. Observamos en todo instante la fusión de las voces, la diferenciación de planos y los líricos diálogos. Momento importante también aquel en el que aparece en la voz del instrumento de viento el segundo tema en un balanceante 6/8.

Esperábamos lo mejor en esa especie de lied ternario que es el Adagio,”un verdadero canto de amor”, como dijo alguien y que Cámara expuso con cuidado y finura sostenido por las cuerdas con sordina. Fueron arrobados momentos de ensimismamiento. Los caracoleos zíngaros del episodio central, con sus arabescos y sus tremolandi, fueron dichos de manera muy elegante. De la misma manera que el diálogo subsiguiente entre clarinete y primer violín y la coda, aquí excepcionalmente libre. Una interpretación cuajada de atractivos claroscuros en la que solista y cuarteto, que tocaban juntos por primera vez la obra, encontraron el ensamblaje perfecto.

Los contrastes rítmicos del Andantino-Presto, de cambiante rítmica, se expusieron con brío y  con su necesario sabor danzable y sus esperados toques fantasmagóricos, mientras que el tema con variaciones del final discurrió con la animación requerida desde las mismas entradas en canon. Las cuerdas cantaron casi con avidez pero con la requerida simplicidad. Aplaudimos la bien torneada frase del chelo en la primera variación, las espeluznantes fusas sincopadas del clarinete en la segunda… En la quinta, en compás de 3/8, los cinco músicos recuperaron ese eco deformado del leitmotiv inicial que ha de exponerse tal cual en la coda como una última reminiscencia.

Con todo ello, se nos proporcionó la deseada imagen de un compositor que, como dice William Youngren, fue capaz de “levantar construcciones  asimétricas, otorgar complejidad a los desarrollos, ambigüedad armónica y rítmica” y, sobre todo, decimos nosotros, ir más allá de los límites formales aceptados. Todo había venido precedido por una refinada y cristalina recreación del Cuarteto op. 76 nº 4 de Haydn, “Amanecer”, que la primer violín, Helena Satué, abrió fidedignamente con ese característico motivo ascendente de dos corcheas y cuatro semicorcheas con apoyatura, una figura que sirve de basamento al Allegro con spirito inicial. Toda la obra transcurrió por líneas claras y luminosas, ágilmente transcritas. Muy hermoso el segundo movimiento, Adagio, bien cantado y “pensado”. Palaciego y danzable el Menuetto, con ese tan característico bordón en el Trío, y espirituoso el Allegro ma non troppo, con un fugato final, Più allegro, resplandeciente y dotado de la suficiente vertiginosidad.

El numeroso público respondió con entusiastas aplausos a los cinco instrumentistas. Los tres no nombrados hasta ahora son Bernat Prat, segundo violín, Lara Fernández, viola, y Oriol Prat, violonchelo (siempre expresivo en sus gestos).

(Foto: Alberte Peiteavel – Festival Bal y Gay)