SALZBURGO / Mahler, entre Thielemann y Nelsons

SALZBURGO / Mahler, entre Thielemann y Nelsons

Salzburgo. Grosses Festspielhaus. 7-VIII-2021. 100º Festival de Salzburgo. Mahler: Tercera sinfonía. Violeta Urmana. Coro infantil del Teatro y Festival de Salzburgo. Coro de la Radio de Baviera. Orquesta Filarmónica de Viena. Director: Andris Nelsons.

Había lógica expectación en Salzburgo por escuchar a Andris Nelsons (Riga, 1978) dirigir la Tercera de Mahler a la Filarmónica de Viena. Más aún tras el formidable regusto mahleriano dejado días antes en el mismo escenario por Christian Thielemann y Elina Garanča, quienes junto a la misma orquesta interpretaron unos Rückert-Lieder que, cuentan quienes estuvieron, fueron ‘de otro mundo’. Nelsons rozó el cielo en su cuidada, pulida, parsimoniosa y detallista versión del gran monumento mahleriano, pero faltó locura, caos y, sobre todo, esos momentos de total desbordamiento, de frenesí y desgarro, que tan bien entendían, cada uno a su manera, mahlerianos inolvidables como Bernstein, Abbado, Kubelík, Maazel, o, sí, Svetlanov.

Y en una sinfonía tan colosalista, ‘soleada’ y extravertida, este punto último de exceso y desbordamiento es esencial. En esta ocasión, las grandes masas y evoluciones sonoras nunca desbordaron lo razonable, en una versión sí excepcional por sus calidades instrumentales, y por el mimo con que Nelsons y los filarmónicos vieneses cuidaron y subrayaron cada detalle y detallito. Que emocionó por tal abundancia de gestos y matices, en una visión templada y regustada, pero que no sobrecogió en los episodios de más extremas intensidades, en los momentos más elocuentes y decibélicos. El mismo final, coronado con esos golpes de timbal que sugieren todo, lo mejor y lo peor, no alcanzó ese clímax ardiente de locura, desesperación o esperanza tan característico del universo sin límites del sinfonismo mahleriano. No es baladí que Mahler anotara en los refulgentes pentagramas finales del primer movimiento, que la orquesta ‘tronara’ mit höchster Kraft (con la máxima fuerza posible).

Nelsons, sin embargo, sí ha escuchado con atención y reproducido con leal fidelidad y lucidez los reflejos de la naturaleza, de sus sonidos, con los que Mahler embadurna una partitura en la que el elemento popular está, como siempre, poderosamente presente. Y como el compositor, el director letón no se queda en la onomatopeya, sino que traslada los sonidos y sensaciones del ‘tumulto mundano’ y de la naturaleza —llamadas de pájaros, bailes rústicos, marchas militares…— al contexto de un entramado sinfónico y emocional cargado de extremos y altibajos, de una sinfonía que es la más extensa de su autor. Quizá también, con la Cuarta, la más ilusionada.

En la Filarmónica de Viena se lucieron todos sus profesores, con especial relieve el flugelhorn, que cantó con extrema precisión y sutileza sus célebres solos. Como el oboe en el segundo movimiento, y todos y cada uno de los solistas y secciones, que respondieron con precisión y complicidad absoluta a los minuciosos gestos de la batuta, expresiva y siempre natural, de Nelsons. El muy mahleriano coro de la Radio de Baviera y el Coro Infantil del propio Festival (Bimm, bamm…) contribuyeron sustancialmente a la redondez de la versión. Como solista en el inquietamente Oh Mensch! Gieb Acht! que extrae Mahler del Zaratustra de Nietzsche para el cuarto movimiento, intervino Violeta Urmana (1961), gran y veterana artista, pero de voz carente de la frondosidad, carnosidad y presencia que requiere el grave registro de contralto en el que pensó y escribió Mahler. Los aplausos y bravos, tan calurosos e interminables como siempre que se escucha una gran versión de la Tercera de Mahler. Esta, con sus peros y objeciones, lo fue.

(Foto: Marco Borrelli)