SALZBURGO / Barrie Kosky, Cecilia Bartoli y Philippe Jaroussky, al frente de un fascinante ‘pasticcio’ vivaldiano

Salzburgo. Witsun Festival 2025. 16.VI.2025. Cecilia Bartoli, Lea Desandre, Nadezhda Karyazina, Philippe Jaroussky, Angela Winkler. Il Canto di Orfeo. Les Musiciens du Prince. Dirección musical: Gianluca Capuano. Concepto y dirección escénica: Barrie Kosky. Decorados: Michael Levine. Vestuario: Klaus Bruns. Iluminación: Franck Evin. Coreografía: Otto Pichler. Video: rocafilm. La Follia–Vivaldi–Ovid Pasticcio: Hotel Metamorphosis
Cuatro horas de magia poética y musical, cuarenta joyas del maestro veneciano Antonio Vivaldi, demasiado a menudo reducido a Las cuatro estaciones, pero cuya inagotable variedad de ideas cobra aquí una vibrante vida. El director de escena Barrie Kosky y su escenógrafo Olaf A. Schmitt trasladan el teatro ilusorio barroco a nuestro mundo contemporáneo, creando un cóctel audaz, barroco y mortalmente bello que se despliega con donaire y magnificencia sobre el escenario de la Haus für Mozart.
El mundo parece enloquecer en este manicomio llamado Hotel Metamorfosis. Salvaje, colorido, bizarro y fantásticamente oscuro. Una vez que te has registrado y te sientes seguro, comienza un sutil espectáculo de transformaciones. Ninfas, dioses y mortales recorren los pasillos. Todos son figuras mitológicas surgidas de las Metamorfosis de Ovidio, que viven y reviven sus historias y sus destinos.

Orfeo reflexiona mientras escribe en su diario, citando las Metamorfosis de Ovidio, que dieron voz a su héroe trágico. Los poemas de Rainer Maria Rilke encienden la imaginación del amante. Varado en un hotel estéril, desaparece en los mitos. Angela Winkler interpreta a este Orfeo vestido de negro, que -con alegría infantil y un espíritu parecido al de Puck en El sueño de una noche de verano– cuenta cinco historias de las Metamorfosis de Ovidio, que cobran vida en el escenario. Las secuencias de vídeo de Rocafilm, de estética salvaje, distorsionan el límpido espacio, al igual que el diseño de iluminación de Frank Evin.
El director Gianluca Capuano y el exquisito conjunto especializado en música antigua Les Musiciens du Prince-Monaco transforman musicalmente la escena con sutileza camerística. Sonidos exóticos de un chalumeau, un salterio y maderas terrosas proyectan virtuosísticos pasajes solistas en un chispeante espectáculo de color que revela a Vivaldi como un auténtico mago del sonido.
En el hotel/teatro del mundo donde se desarrolla el pasticcio La Follia-Vivaldi-Ovid, nos encontramos con el tímido y excéntrico escultor Pigmalión, que se enamora de la estatua que ha creado. Philippe Jaroussky es un Narciso un tanto torpe, pero canta con refinada elegancia, con alma, gusto y emoción, haciendo gala de su arte supremo de contratenor. En una feroz batalla de divas, se enfrentan la corpulenta y descarada Minerva (Nadezhda Karyazina) y la igualmente virtuosa y hechizante Cecilia Bartoli en el papel de Aracne, diseñadora de telarañas, que, como sabemos, está condenada a vivir como una araña tras su derrota. La soprano Lea Desandre fascina como la risueña Eco y como Myrrha, enamorada de su padre y destrozada por ese amor. Su fresca, dulce, desgarradora y absolutamente cautivadora interpretación de Myrrha -que se desliza desde un frigorífico hasta su transformación en árbol- es un golpe de genio. Tan frenéticos como sensuales, los bailarines del coreógrafo Otto Pichler hacen estragos como lujuriosas figuras musicales inspiradas en Hair o como ménades vestidas de negro. Cuando retumban profundos truenos como en un escenario apocalíptico y descendemos al infernal inframundo del hotel, las imágenes evocan el Dies Irae del Requiem de Verdi. Cuando la gran diva trágica Bartoli inicia el lamento final de Eurídice de Il Farnace, y el coro -vestido con túnicas negras- canta el lúgubre Sileant zephyri, el aliento se detiene. Magnífico.
La directora artística Cecilia Bartoli ha transformado el Witsun Festival de Salzburgo, con inteligencia, instinto, sentido humor y visión, en uno de los lugares musicalmente más atractivos durante el periodo de Pentecostés. Momentos de brillantez poético-musical con potencial adictivo que elevan el alma, la mente y el corazón y les permiten elevarse libremente. Venecia reposa a orillas del Salzach. Bravo.
Barbara Röder
(foto: Monika Rittershaus / SF)


