SABADELL / Carmen: Mucho talento joven impulsado por el foso y la escena

Sabadell. Teatro La Farándula. 27-IV-2025. 37º ciclo Ópera en Cataluña. 42ª temporada Ópera en Sabadell. Olga Syniakova, Nacho Guzmán, Pau Armengol, Tina Gorina, Rosa Maria Abella, Helena Ressurreição, Leonardo Domínguez, Pau Camero, Cristòfol Romaguera, Jorge Juan Morata. Orquesta Sinfónica del Vallés, Coro AAOS. Director musical: Andrés Salado. Directora de escena: Rita Cosentino. Georges Bizet: Carmen.
Gran expectación había en esta nueva producción de Carmen de la Fundación Ópera a Catalunya por ser el debut operístico en este título de Andrés Salado, recién nombrado director titular de la orquesta sinfónica del Vallés, y con el compromiso de dirigir una ópera en cada temporada lírica.
Esta Carmen sabadellense de 2025 ha sido en cierta manera un regreso a los orígenes, desde el empleo de la edición Giraud-Choudens, con los recitativos cantados, asociada tradicionalmente a la difusión internacional de la ópera, hasta la inserción en medio de la preludio inicial de una potente imagen visual de Don José a punto de ser ajusticiado, tal y como comienza la novela de Prosper Mérimée. En sí mismo un contundente acierto escénico, aunque se optara por una ahistórica horca, pues la aportación española a la pena capital de delitos comunes ha sido el garrote vil, pero como muy bien comentó la directora escénica, la horca tiene un impacto visual al alcance de cualquier tipo de público.
La puesta en escena, con la acción trasladada a los años 40 del pasado siglo XX, con un vestuario diseñado por Gabriela Hilario y una iluminación a cargo de David Bofarull, mostró ideas muy bien logradas. Las graderías del fondo concentraban a diversas alturas al coro, los numerosos solistas, los niños y los bailarines, a la vez que delimitaban un espacio donde se disponía un atrezo sencillo y móvil (mesas, fardos, baúles, sillas). Rita Cosentino ha mostrado una Carmen visualmente remozada e interesante, que huye del tópico y que va a la esencia del drama, con la bandera de la libertad hasta sus últimas consecuencias. Su propuesta tuvo algún eco bietiano en el último acto por la solución de juntar al público asistente a la corrida detrás de unos paneles rojos, que luego se convierten en los burladeros de la plaza, delimitando el trágico dúo final entre Don José y Carmen. Enfoque muy adecuado para un montaje que se ha de adaptar a once escenarios de otras tantas poblaciones catalanas en su gira.

La coreografía de Aarón Martín propició esa vivacidad con movimientos inspirados como los pases taurinos de Escamillo, chal mediante, a una de las bailarinas y la escena “Quant au douanier, c’est notre affaire” con Carmen, Frasquita, Mercédès, Dancaire y Remendado danzando en línea o los números en la taberna de Lillas Pastia, donde el trío de gitanas evolucionó con gracia sin competir con las expertas parejas de bailarines. Esa fusión de acción, canto y baile enriqueció el aspecto visual de la dirección escénica, además de algún otro detalle como la cabeza de un minotauro, alusión mítica sin necesidad de ir a lo explícito.
Musicalmente Andrés Salado desde el foso nos regaló un preludio casi impecable, por brío y control de las diversas familias orquestales en sus tres temas. Concertó con eficacia una ópera compleja y teniendo en cuenta que era su primera Carmen, hay que reconocerle un gran talento y criterio. En el preludio del tercer acto aplicó unos tiempos bastante lentos, pero en las vistosas escenas de los dos primeros actos y los concertantes estuvo vibrante y obtuvo de la sinfónica del Vallés un sonido flexible y con vuelo, con el solo reparo de un poco más de tensión dramática general, aunque impulsó bien el talento reunido sobre el escenario.
El coro de los Amigos de la Ópera de Sabadell, muy rejuvenecido, empastó muy bien las distintas cuerdas y dio otra lección de musicalidad y sentido teatral, sobre todo las mujeres, en la bellísima entrada de las cigarreras y la posterior pelea entre las dos gitanas, así como en los concertantes y en el paseíllo de la corrida. El coro infantil de la Escuela municipal de música y del conservatorio de Sabadell estuvo bien afinado y se movió con soltura.
El elenco de solistas reunió a jóvenes intérpretes con ganas de irse afirmando. Los barítonos que encarnaron respectivamente a Moralès y Zúñiga, Pau Camero y Leonardo Domínguez, consiguieron dominar sus roles con pocas frases, pero con precisas dotes actorales. El tenor Jorge Juan Morata (Remendado) aprovechó sus escenas a conciencia sobre todo en el quinteto y exhibió un centro y agudo suficientes para mantenerse a la altura de sus compañeros en dichas páginas, pues todos manifestaron “hambre” de lucimiento. El barítono mallorquín Cristòfol Romaguera (Dancaire) fue un ejemplo de trayectoria ascendente, gracias a una pulida dicción francesa, sobre todo en el apartado vocálico, y una reconfirmada elegancia en la línea canora, ejemplificada en el lucido quinteto “Nous avons en tête un affaire”, donde la competencia en potencia arriba fue mucha y variada. La mezzosoprano portuguesa Helena Ressurreição (Mercedès) mostró un color muy cálido y muy buen empaste con sus compañeras gitanas. La Frasquita de la soprano lírico-ligera Rosa María Abella mostró de nuevo la punta de un talento emergente que demanda mayor protagonismo, por un centro corpóreo que es la base de un deslumbrante y sonoro registro agudo que incluso en escenas de conjunto como el trío “Mêlons, coupons” o en el ya citado quinteto, se hacía notar, pues engrandece cualquier rol comprimario.
Otra soprano muy en su sitio fue la lírica Tina Gorina, cuya Micaëla fue otro ejemplo de clase en fraseo y técnica, apianando y aumentando el sonido sin problemas, además de componer un personaje que evoluciona de la timidez a la valerosa determinación, aunque pierda la partida amorosa.
El barítono sabadellense Pau Armengol debutaba Escamillo y compuso un torero algo perdonavidas cuando el rol tiene más matices. Ha de mejorar en fraseo por tanto y en seguridad y brillo arriba. El Don José del tenor lírico-spinto Nacho Guzmán fue muy convincente actoralmente y mostró indudable potencia, aunque arriba se notaba una emisión muy apretada sobre todo en el cuarto acto, pero en otros momentos ese instrumento broncíneo tuvo dificultades para apianar y hacer un Don José más enamorado, pues enfatizó más su pulsión obsesiva y pasional.
La mezzosoprano ucraniana Olga Syniakova fue una Carmen de perfecta adecuación vocal al rol por un agudo notable y bien timbrado, un centro denso y sombrío, algo ahumado, con un grave que aún ha de ganar en amplitud, pero más que suficiente para el rol de la gitana libérrima. Toda una grata sorpresa en una intérprete que aún ha de soltarse más escénicamente, pues se echó en falta mayor poderío interpretativo, quedando algo contenida sobre todo en las escenas corales, mientras que en sus tres arias se mostró más cómoda y consolidada.
Josep Subirá


