ROMA / Ovación para la Mimì de Carolina López Moreno

Roma. Teatro dell’Opera. 13-I-2026. Samir Pirgu, Alessio Arduini, Carolina López Moreno, Nicola Alaimo, William Thomas, Desirée Rancatore, Matteo Peirone, Giordano Massaro, Alessandro Fabbri, Andrea Jin Shen, Luis Armando Fuertes Bustos. Direttore: Jader Bignamini. Regia: Davide Livermore. Video: D-Wok. Giacomo Puccini: La Bohème.
Programar La Bohème es una apuesta segura para un teatro, ya que es una obra muy querida. La música es preciosa. El argumento es lo suficientemente conmovedor como para satisfacer ese deseo constante de romanticismo. Por lo tanto, será con toda seguridad un éxito de taquilla. El teatro ha hecho bien en programar 12 funciones (con tres elencos), que se suceden a diario.
La producción del Teatro dell’Opera di Roma, en colaboración con el Palau de les Arts Reina Sofía de Valencia, tiene su punto fuerte en el elenco vocal. Mimì es interpretada por Carolina López Moreno, la voz pucciniana del momento. Considerada como una de las mejores intérpretes actuales del repertorio del compositor de Torre del Lago, posee una voz muy cautivadora y firme, con excelentes filati y mezzevoci, de una belleza conmovedora. Expresiva. Lástima que su dicción italiana no sea perfecta. De haber sido mejor, sus dotes interpretativas se habrían impuesto plenamente. Saimir Pirgu (Rodolfo) tiene una voz atronadora (¡incluso demasiado!), una ola que te golpea. Te abruma. Pero tanta… “violencia” no despierta emoción. No conmueve. Nicola Alaimo (Marcello) estuvo muy bien, combinando la perfecta inteligibilidad del texto con un timbre hermoso y oscuro y un volumen realmente sorprendente. La Musetta de Desirée Rancatore fue floja, especialmente en el vibrato. Todos los demás lo hicieron bien.
El punto débil fue la dirección escénica de Davide Livermore, decididamente didáctica. Cabe decir que con el libreto del dúo Illica-Giacosa los vuelos de la imaginación son muy limitados. El montaje ilustra servilmente el libreto. Cuenta la historia. En el primer y el último acto, imagine ese humilde ático, probablemente un chambre de bonne, como un vasto espacio con un artesonado de un esplendor que ya no existe. Torcido, descansa sobre una rejilla de pantallas (único destello de creatividad) que recuerda a esos grandes ventanales de los estudios de los artistas. Aquí enmarcan varias pinturas icónicas de los grandes impresionistas: una metáfora de las aspiraciones de los protagonistas.

En el segundo acto, el abarrotado bistró Momus se ve envuelto por la alegre charla de los clientes y una inusual pared verde de exuberantes plantas (¡un bosque tropical!), que choca con la inminente nevada, ¿o un jardín de invierno? En cualquier caso, el fondo que se vislumbra tras los retoños es muy bello: nerviosas pinceladas blancas y azules que recuerdan a Van Gogh con la silueta de la Torre Eiffel. No falta nada. Ni siquiera un puñado de bailarinas con tutú que dan vueltas con gracia en la escena, tan abarrotada como el metro en hora punta. La escena en la Barra d’Enfer, en cambio, es muy hermosa, con las constantes entradas y salidas de los protagonistas en una escena virtual, que va desde un bosque nevado de pálidos colores pastel, inextricablemente ligado a la escuela naíf yugoslava de los años 70, hasta un par de casas con tejados inclinados como en una maqueta de tren por donde circulan trenes de juguete.
La dirección musical de Jader Bergamini tuvo un ritmo irregular, a veces demasiado rápido. La velocidad, como sabemos, puede poner en apuros a los cantantes. La orquesta lo hizo bien: es un repertorio que conce bien, al igual que el coro, excelente tanto dentro como fuera del escenario.
Mimì fue ovacionada. El público estaba entusiasmado al final del espectáculo porque habia escuchado lo que conoce bien. Lo que ama. Lo que quería escuchar.
Franco Soda
(fotos: Fabrizio Sansoni)


